PUNTO Y SEGUIMOS | La deuda de solidaridad con Venezuela

Mariel Carrillo García

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Es vergonzoso, pero se volvió normal que hasta quienes se catalogan a sí mismos de progres o de “izquierda” constantemente acudan al silencio o a la crítica basada en los argumentos de la derecha cuando se habla de la Revolución Bolivariana. Parece que Venezuela no les calza como guante en sus estudios de manual o en sus análisis que no contemplan ni la historia ni la identidad venezolana o peor aún, que les recuerda un pasado rojo demasiado llamativo para los tiempos actuales. Esto es especialmente cierto y preocupante en la mayoría de la “intelectualidad” latinoamericana que se ha negado a estudiar con seriedad y profundidad el proceso venezolano de los últimos 22 años. Y si nos referimos a políticos, ni hablar del peluquín.

Si bien durante la era Chávez los apoyos llovían, movidos por aquella locomotora humana que hacía que nadie quisiera quedarse fuera de la historia en movimiento, lo cierto es que fueron más los aprovechados de la generosidad del Gobierno de Venezuela que los que realmente se dedicaron a producir teoría y análisis de calidad, a la altura del momento histórico que vivía el continente, impulsado claramente por la Venezuela chavista, esa a la que fueron abandonando paulatinamente después de la muerte del Comandante. Los temores y miserias de la izquierda cómoda y pacata se hicieron visibles casi de manera inmediata, ya no aparecían con tanta frecuencia, aumentaron los alegatos acerca de la necesidad de “concentrarse” en las respectivas situaciones internas y así fueron casi desapareciendo del mapa de la solidaridad con Venezuela hasta llegar algunos al punto de declarar en círculos privados y públicos, que eso estaba acabado.

Mentes “lúcidas” y dirigentes de toda Hispanoamérica (sí, no olvidemos a los españoles) que pujaban por dos minutos con Chávez, o que perseguían a nuestros embajadores, iniciaron el plan desmarque. No se olviden de personajes como Pablo Iglesias, cuyo partido se ufanaba de su relación con Venezuela, hasta que, muerto Chávez y él hecho una estrella del star system político del progresismo mundial y galáctico, decidió no sólo hacerse el loco sino hablar mal, y así reforzar el discurso e ideario que la derecha y el imperialismo marcan sobre el país. Y como él, muchos otros.

No necesita la Venezuela Bolivariana aduladores, pero sí solidaridad. Y también merece, por lo extraordinario de su proceso político social, ser estudiada con dedicación y seriedad. Cuando hablamos de solidaridad no hablamos de fanatismos, sino de unidad básica, de plantarse ante la injusticia que se comete contra uno de los propios, de ser capaz de separar la paja del trigo y, aún cuando existan diferencias de criterio, entender que el silencio es complicidad, y que cada intelectual de izquierda o progresista que no denuncie el bloqueo de las potencias contra el pueblo de Venezuela, es copartícipe del mismo, porque ayuda a invisibilizar el robo de nuestros recursos, la dificultad para acceder a medicamentos, equipamiento, alimentos y cientos de insumos necesarios para el desarrollo normal de un país.

Lamentablemente, Venezuela no ha contado con una defensa internacionalista a la altura del ataque que recibe, mucho menos a la de la solidaridad que siempre ha practicado con otros, salvo las contadas y honrosas excepciones que todos conocemos. El miedo a las represalias, al qué dirán, en fin, el doblegarse a las políticas de sanción moral, física o económica de Estados Unidos y Europa ha sido la moneda corriente entre quienes se suponen eran aliados naturales.

De cualquier forma, esos, los que callan o se pronuncian con “peros”, al no querer salpicarse de chavismo, se sumergen en el fango de la mediocridad y la injusticia de los poderosos; y nadie los absolverá.

Mariel Carrillo García