HISTORIA VIVA | Fortalezcamos nuestras naves de Carabobo

Aldemaro Barrios Romero

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Cuánta analogía encontramos al revisar las trazas históricas de hace doscientos años cuando al pueblo suramericano le tocó liberarse de la dependencia monárquica española y los tiempos actuales cuando de nuevo retomamos las luchas por la independencia ante las circunstancias inconclusas y el maniqueísmo que la oligarquía implantó desde el siglo XIX, desde que dejó de pensar el genio de Carabobo el 17 de diciembre de 1830.

Es seguro que Luis Onis (1), el embajador español en Estados Unidos, debió leer la Carta de Jamaica (1815), donde Simón Bolívar hizo público su proyecto liberador, porque para 1816, temía que se formara en el Caribe una flota de corsarios a favor de los independentistas suramericanos, y así lo sugiere a las autoridades españolas en Cuba en 1816:

… en algún punto de la isla de Cuba o en la Florida donde abundan las más exquisitas maderas de construcción, algún astillero o astilleros particulares, sería conveniente establecer algún molino, o molino de serrar tablas y admitir carpinteros y constructores hábiles de este país. los cuales irán de muy buena gana y podrán trabajar con conocida utilidad y economía al fomento de una Marina de Guerra y Mercante que tan necesaria es en estas circunstancias… (2)

Así como las autoridades españolas pensaron en fortalecer su flota marítima de corsarios en el Caribe, en la otra acera política lo pensó Brión al fomentar el traslado de carpinteros y maestros astilleros holandeses hasta las costas de Curazao para construir una grada para fabricar o reparar barcos de la flota patriota o de los corsarios asociados a las banderas republicanas.

Durante y luego de la campaña de Guayana (1817) el triunfo de las fuerzas terrestres y navales patriotas bajo la dirección del Libertador y conducidas en los escenarios de guerra por Piar, Arismendi y Brión tomaron los astilleros de los españoles ubicados en la entonces San Miguel, hoy San Félix, para ponerlos al servicio de la independencia, según la información que nos reporta la profesora María Zambrano de la Red de Historia, Memoria y Patrimonio de Guayana, citando a Vicente Lecuna (3):

El Libertador era de la opinión de que Guayana no se podía liberar sin una flotilla respetable, así se lo había hecho saber a Piar por intermedio de Arismendi, en ocasión de que éste, por instrucciones del Libertador, hizo un recorrido por los llanos y Guayana para convocar a todos los jefes de las guerrillas cercanas a Barcelona. De manera que, de regreso a Guayana, como Jefe Supremo asume el mando de la Campaña de Guayana, establece su Cuartel General en San Félix, nombra a Carlos Soublette subjefe del Estado Mayor y despliega su estrategia principal orientada a lograr el dominio del río Orinoco, por donde circulaban normalmente los realistas llevando las provisiones necesarias a Angostura y a la Guayana Vieja. Entre las primeras acciones, para continuar la campaña, encargó a Arismendi de la fabricación de embarcaciones y de la construcción de un fuerte para la protección de los buques del Almirante Luis Brión, quien recibe instrucciones de venir a (4).

El Congreso Constituyente de Angostura le dio ley a esa idea y de allí las legislaciones correspondientes a la creación de las Cortes de Almirantazgo y las ordenanzas de corsarios que ponían orden y disciplina al asunto marítimo de la República desde 1819. A partir de marzo de 1820, el traslado de barcos españoles o portugueses capturados, ya no podían ser llevados a Baltimore, bajo el amparo de autoridades locales, como el juez federal Teodorico Bland, la presión diplomática de Luis Onis sobre Quincy Adams y el Gobierno de EE.UU., obligó a los corsarios norteamericanos a mirar hacia el sur con la oportunidad de canjear sus capturas en las Cortes del Almirantazgo, en Juan Griego (Margarita) o en Angostura.

En las subsiguientes victorias patrióticas en el sur de Venezuela, Bolívar siempre fue cauto con las patentes de corso emitidas por la República y al ordenar a Brión dar todas las autorizaciones posibles también recomendó que se cumplieran a cabalidad las ordenanzas que disciplinaban la gestión corsaria:

No obstante, los corsarios tuvieron algunas dificultades derivadas de la hostilidad del almirante Brión, jefe de la Marina de Guerra venezolana, quien pretendía que sólo él podía autorizar actividades corsarias en el Caribe (5).

Recordemos que en las relaciones diplomáticas de la República de Colombia con potenciales aliados, Bolívar siempre guardó la discreción correspondiente, igual que la firmeza más rigurosa en la defensa de la soberanía, como lo demostró ante la detención de las goletas norteamericanas Tigris y Liberty, cuyas presas nunca fueron entregadas a los negociadores de Estados Unidos, ni siquiera cuando Zea, vicepresidente, aprobó sus entregas, ante lo cual el presidente Bolívar montó en cólera y desaprobó esta resolución del vicepresidente, con el infortunio que el negociador norteamericano, Comodoro Perry, murió de fiebre amarilla en Trinidad en el curso de su viaje para la recuperación de estas embarcaciones y nunca se concretó la entrega de esas naves “neutrales” que fueron capturadas cuando llevaban insumos y pertrechos de guerra a los españoles en tierra firme, violando el bloqueo ordenado por Bolívar desde 1817.

Varias enseñanzas nos permiten reconocer estos episodios que hemos revisado en tiempo-espacio desde 1815 hasta 1823. Primero la disciplina y la ética que impuso el Libertador en los procesos que implicaba aliarse con los corsarios acostumbrados al libre albedrío de los asaltos marítimos. La industria cinematográfica ha fijado un imaginario negativo de los corsarios como piratas es decir hombres crueles, ladrones tuertos y cojos, borrachos, farsantes y violadores de mujeres, cuando muchos de estos marineros, aun siendo hombres rudos, luchaban a conciencia como republicanos, pudo haber mercenarios, pero los miles de hombres del pueblo norteamericano, o los del sur, como los Artiguistas de la provincia de Buenos Aires, se alistaron como soldados por la libertad republicana en Suramérica.

En segundo lugar el Libertador Simón Bolívar fue enfático en crear una fuerza naval poderosa y para ello ordenó el fortalecimiento y la construcción de astilleros para permitirles autonomía en la defensa de la soberanía marítima. Hoy aún esa aspiración está por consumarse porque seguimos dependiendo de astilleros extranjeros para el abastecimiento del parque marítimo militar y mercante, a pesar de que hoy tenemos una fortaleza productiva en ese sur donde Bolívar ancló el nacimiento del Estado independiente de la Colombia grande, fortalezas que deberán en un tiempo inmediato suplir los servicios de transporte marítimo, no solo de materias primas, sino de productos generados a partir del valor agregado que solicitan los mercados mundiales distintos a Estados Unidos y Europa.

En tercer lugar, esa autonomía que señaló Bolívar hoy la asociamos a nuestras fortalezas en la ingeniería de nuevas tecnologías con pleno control patrio que definitivamente nos conduzca a la independencia total, como lo están haciendo los trabajadores de nuestras empresas básicas en la Corporación Venezolana de Guayana. Ese es nuestro sur.

Aldemaro Barrios Romero | venezuelared@gmail.com

(1) El mismo que firmó con John Quincy Adams el tratado que “neutralizó” a las ex colonias norteamericanas en 1817 a cambio de la Florida.
(2) Gámez Duarte, Feliciano. El desafío insurgente. Análisis del corso hispanoamericano desde la perspectiva peninsular: 1812-1828. Tesis doctoral Universidad de la Rioja Biblioteca. España 2006.
(3) Lecuna Vicente. Crónica razonada de las guerras de Bolívar, Volumen 1. Ediciones de la Presidencia 1983. Caracas, Venezuela.
(4) Disponible en http://redangostura.org.ve/?s=maria+zambrano
(5) Aguirre Fernando. Sobre corsarios y causas de almirantazgo en nuestra historia común. Libro conmemorativo de los doscientos años de creación de la Corte de Almirantazgo en Venezuela. Asociación Venezolana de Derecho Marítimo. Caracas, Venezuela 2019.