Cuentos para leer en casa | Las grandes batallas

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Las grandes batallas en casa fueron los enfrentamientos entre los hijos y el padre. La casa se estremecía como si un gigante la tomara para jugar a las maracas. La fuerza del padre contra la rebeldía del hijo. El Sí y el No. El padre se inflaba hasta explotar las paredes. El hijo crecía hasta reventar el techo. Rugían. Se mostraban feroces los dientes, y de los puños en garras brotaban uñas de acero que desgarraban a la madre arrodillada en medio de la selva, inhóspita de paz. Gigantizados desde la altura de la niña que tiembla. Los ojos de su mente nunca consintieron escenas de peleas de gallos que se entierran las espuelas y los picos en los ojos. Aullidos de perros desgarrados a mordiscos. Sonidos secos de puños de hombres jadeantes de furia.

Temo que todo sea violencia, temo el vestido de hierro candente cubierto con accesorios de chocolate. ¿Transitorio traje? Más allá, la piel accesible. Los adolescentes me buscan para empaparse de mi serenidad, y me admiran, quieren ser lo que soy, y no lo entiendo. Son el espejo que quise destruir en los tiempos de angustia en la mirada. Ahora, hay sonrisa y la respiración es un tanto más lenta. Sin embargo, todavía, luchas intestinas debaten los habitantes del cuerpo.

Cuando los conflictos, en casa, eran menos vehementes, me metía debajo de la mesa del comedor. Su largo mantel me aislaba en una semioscuridad mística. Un enorme pan, un mordisco, un sollozo. Era el sitio ideal para disertar sobre la desventura del ser humano.

Cuando había concordia (que eran las más) me sentaba debajo de la mata de mango. El olor de las hojas, brillantes y verde intenso, me hacía revivir un universo todo arbustos, sin rojos, ni púrpuras, ni negros, ni grises. Me reía a carcajadas con las hormigas y los bachacos. Con ellos hacía largos viajes a través de las hojas y los cuentos que se iban fraguando entre ramas.

En una de las trifulcas papá recogió toda su ropa y se fue. Al principio el día fue de júbilo, después, a la casa se le apagaron las velas de la conciliación. Al acostarme pedí que volviera aunque sus pasos fueran truenos y nos vistiéramos de ascuas cuando llegaba. El amanecer me sorprendió mirando una mancha en el techo. No pude levantarme, tenía entumecidas las piernas. Era más fuerte el deseo de quedarme quieta, sin respirar si era posible.

Desfilaron médicos. Ni un gesto. Si al menos llorara. Esta vez las lágrimas de madre no surtieron efecto. Después que papá terminó de acomodar su ropa en el armario, pude volver al colegio. Luego, cuando se volvía a poner bravo y decía: — Me voy… mirándome concluía: a dar una vuelta, y me hacía un guiño de ojo. Yo me quedaba pegada a la ventana hasta escuchar sus pisadas. Así deben retumbar los pasos de Dios en el cielo, pensaba. Papá entraba a mi cuarto, me daba un beso y me arropaba. Al día siguiente yo le guiñaba los dos ojos.

Una imagen en trazos, tu rostro, padre. ¿Sobresalto, miedo, respeto? Temblaban los hijos.

La voz del padre estalla como si viniera de lejos, de una caverna. Y la ternura se esconde en una minúscula esfera. Entonces, padre, queda un sabor de recuerdos malos y buenos.

Ahora en la distancia, cuando tus rasgos se han hecho de aire y tu voz ni siquiera es un susurro, se agiganta tu figura de héroe creador. Y un gran amor se va haciendo nube, para llegarte, padre.

En el último enfrentamiento, comenzaron a caer las palabras como lava. Se dieron cita en casa. Nos montamos en el auto como gente civilizada. Estaba oscureciendo. Era diciembre como de costumbre, para no variar. Vivíamos en las afueras, la carretera bordeaba un pequeño barranco. Como todos mis grandes actos, sin pensarlo dos veces, me lancé, rodé varios metros. Partes de la piel se fueron quedando entre las piedras y las púas. Abajo quedé extenuada, pero satisfecha del deber cumplido, esperando vinieran por mí. Entre los dos me llevaron a casa y curaron las minúsculas heridas. Mientras tanto me convertí en la princesa Tuna, de la comarca de los cactus sin espinas. Mi traje era de seda bordada de piedras preciosas con formas de cactus. Mis ojos eran dos esmeraldas incrustadas en un rostro inimaginable de bello. Me transformé en lagartija para subir el muro del cielo a reclamar las tantas espinas, pero me resbalé, el Dios lagarto lanzó una cuerda de hormigas para rescatarme.

Al despertar (no recuerdo de qué), no podría atestiguar la portezuela abierta, el despeñadero, ni acerca de los cactus; no me atreví a preguntar. Mi cabeza era un hervidero de princesas y lagartos, aunque el cuerpo me duela todavía…

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LA AUTORA 

María Luisa Lázzaro (Caracas, 1950). Escritora venezolana. Licenciada en bioanálisis y en letras.

En 1990 fue finalista del Premio de Novela Planeta Latinoamericana Miguel Otero Silva, con Tantos Juanes o la venganza de la sota. Además ha obtenido el premio Alfonsina Storni (Argentina, 1978), el Premio Canción Inédita del Festival Nacional de la Voz Universitaria con Atrincherada (Valencia, Carabobo, 2000), el Concurso Milena de Cartas de Amor y Desamor con Trastocando olvidos I y II (Galicia, España, 2003).

Entre sus publicaciones también están Poemas de agua ((1978), Escarcha o centella, bebe conmigo (2004), Habitantes de tiempo subterráneo (2006) y numerosos libros.