Cuentos para leer en casa | Pasa mi padre

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Ahí va mi padre pedaleando su bicicleta de jardinero.

Él lleva sin saberlo la poesía como una violeta en el sombrero.

Y a mi niñez le gustan entusiasmadamente sus zapatos que son como unos caballos viejos y cariñosos.

En aquellos tiempos estaban muy baratas las cosas.

Teníamos una casa de flores que solo nos había costado a razón de un sufrimiento insignificante el metro cuadrado.

Figúrense cómo estarían las cosas de tan baratísimas entonces, que yo tenía una hermana llamada Lilia a la que no llegué a conocer porque se murió aprovechando lo barata que se había puesto la muerte por aquellos días.

Mi padre pagó en cómodas cuotas la muerte de aquella niña:

Todos los días al llegar del trabajo, lloraba un poquito sobre el hombro de mi madre.

Y en cosa de cinco meses estuvo saldada la deuda con la muerte, cosa que no se puede hacer hoy día. ¡Todo está ahora tan caro! ¡Con decir que las lágrimas están reguladas por el departamento de control de precios!

Teniendo yo nueve años y él me imagino treinta, me pidió delicadamente esa mañana que me volviera de espaldas, mientras él se bañaba con sus inocentes calzoncillos, porque el mar le gustaba mucho y estaba amaneciendo.

No sé cómo aquel hombre se las arreglaba para que yo y mi hermana Elba recorriéramos el mundo pasajeros los tres en su bicicleta de flores; lo cierto es que el buen hombre tenía un exquisito olfato comercial, y los domingos nos llevaba (él puesto su bellísimo sombrero de violetas y sus conmovedores zapatos, y nosotros sus hijos la niñez como un vestido de estreno), a mágicos mercados donde los campos con sus correspondientes ríos y colinas se vendían a dos paisajes por centavo.

Y en aquellos lugares mi padre cumplía plenamente su vocación de ladrón irredento, pues regresábamos los tres a casa con un insólito botín de aromas.

Y todos nos queríamos mucho por eso.

Una vez nos sorprendió un inmenso aguacero durante uno de aquellos paseos.

Como teníamos miedo Elba y yo, pues había muchos relámpagos y el río iba creciendo bastante, mi dulce padre nos acogió a su pecho, un hijo a cada lado, y estábamos como debajo de un pan, bien que me acuerdo. Nos besaba con las violetas de su sombrero para consolarnos de nuestro miedo, y parece que lloraba también, no estoy seguro.

Y desde luego, porque en esa ocasión y lugar oímos mi hermana y yo latir el corazón de nuestro padre Rafael Nazoa bajo la tempestad, es por lo que desde entonces nos sentimos a ratos tan desdichados en esta vida.

Y sin embargo, si ahora mismo nos fuera dado elegir: entre aquella hora y el destino a que fuimos implacablemente condenados, yo y Elba elegiríamos el que nos señaló nuestro indefenso padre aquella tarde que no olvidaremos, pasajeros los tres en su poética bicicleta de jardinero.

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EL AUTOR 

Aquiles Nazoa
(Caracas, 1920-1976). Escritor, ensayista, periodista, poeta y humorista
venezolano. Entre sus obras más destacadas se cuentan El ruiseñor de Catuche
(1950), El burro flautista (1958), Los dibujos de Leo (1959), Caballo de manteca
(1960), Los poemas (1961, dedicado a Fidel Castro), Mientras el palo va y viene
(1962), Pan y circo (1965), Los humoristas de Caracas (1966), Caracas física y
espiritual (1967), Humor y amor de Aquiles Nazoa (1969), Vida privada de las
muñecas de trapo (1975), Genial e Ingenioso: La obra literaria y gráfica del gran
artista caraqueño Leoncio Martínez (1976) y Aquiles y la Navidad (1976)