Perfil | Vladimir Padrino: las encrucijadas de un general

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La vida es una ruta con muchas encrucijadas y cada quien, con las decisiones que toma frente a ellas, se ubica en un lugar o en otro. Eso nos ocurre a todos, pero en algunas personalidades parecen ser más notorias las diferencias entre lo que fue y lo que pudo haber sido.

Valga esta extraña introducción para contar, a grandes rasgos, la historia de Vladimir Padrino López, un recorrido vital pleno de encrucijadas.

Comencemos por decir que como a muchos otros a Vladimir (y los Fidel, los Ernesto, los Camilo…) le pusieron ese nombre porque su papá era ñángara.

Tal vez fue por eso que no le gustó para nada que el segundo de su descendencia se metiera a militar.

Cuando el muchacho tomó esa decisión recién finalizaba la década de los 70 y la reputación que tenían las fuerzas armadas latinoamericanas, sobre todo a la vista de la gente de izquierda, no podía ser peor. Eran los tiempos de los “milicos” del Cono Sur y de Centroamérica y de los coletazos de la guerra antisubversiva acá mismo, en Venezuela.

¿Cómo hubiese sido su vida de haber cedido a la presión familiar? Nadie lo sabe porque Vladimir Padrino se inscribió en la Academia Militar y ¡vaya si hizo una carrera que llegó a general en jefe y lleva ya seis años como ministro de la Defensa!

El acercamiento al mundo castrense no fue el fruto de esas pasiones que nacen en la infancia. No era él de los que ya en la primaria saben hacia dónde van a encaminar sus pasos. No. Por el contrario, se animó a presentar las pruebas por acompañar a un amigo del liceo, quien sí era un entusiasta aspirante a seguir la carrera militar. La primera vez que el amigo le propuso ir juntos, Padrino reaccionó negativamente: “Tú lo que estás es loco, ¿qué voy a hacer yo ahí?”, dijo.

Por ironías del destino, el vehemente amigo no pasó los exámenes de admisión, y él, que fue por no dejar, sí lo logró.

Bueno, las encrucijadas de la vida son a veces desvíos que luego conectan de nuevo con el camino original, y resulta ser que en la Academia Militar Padrino se cruzó con un oficial llamado Hugo Chávez, que les hablaba a los cadetes de Simón Bolívar, de Miranda, de Sucre, de Maisanta. Ese temprano contacto (era 1981) sería el preludio del giro a la izquierda que daría luego el oficial y que lo tiene actualmente como un exponente fundamental de la geoestrategia del socialismo venezolano del siglo XXI.

En el trayecto entre ese primer contacto con Chávez y su presencia activa en el estamento militar revolucionario tendría que tomar Padrino muchas decisiones cruciales en las intersecciones, que pudieron llevarlo a lugares muy distintos, antípodas en muchos casos.

Por ejemplo, dado que era uno de los más destacados oficiales de la Academia, fue enviado a la archifamosa Escuela de las Américas, a estudiar nada menos que Operaciones psicológicas. Estuvo en Fort Benning, sede también de la Escuela de Infantería del Ejército de EEUU. Aprovechó su estancia allá para hacer un máster en Ciencias Gerenciales de la Troy University.

En condiciones normales, Padrino hubiese podido ser una típica ficha del imperialismo militar estadounidense, que usa la Escuela de las Américas para la colonización doctrinaria y como gran centro de formación de gorilas latinoamericanos (los milicos con los que no quería nada su padre). Sin embargo, siguió por la ruta que le marcaron sus principios.

A este caraqueño nacido en 1963 le han tocado también dos acontecimientos parteaguas que experimentaron todos los venezolanos de esos tiempos, y muy especialmente los militares: el 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992.

Durante el Sacudón, era parte de la Guardia de Honor. No se vio en el trance de disparar contra el pueblo en rebelión, como lo hicieron muchos de sus compañeros. “Fue un momento oscuro para la patria y para la Fuerza Armada”, le dijo a Ernesto Villegas en la entrevista que proveyó casi todos los datos de esta semblanza.

La insurrección del 92 lo tomó por sorpresa. No estaba entre los oficiales que Chávez y los otros comandantes habían reclutado para la conspiración. Pero una carta que el líder bolivariano le envió desde el cuartel San Carlos lo metió de lleno en la lista de sospechosos habituales. Incluso estuvo unos días preso en la Dirección de Inteligencia Militar.

Cuando Chávez llegó al gobierno por vía electoral sabía que el brillante y bien formado Padrino era uno de los oficiales en los que podía confiar. No es sorprendente, entonces, que el 11 de abril de 2002 se encontrara comandando el Batallón Bolívar, uno de los principales de Fuerte Tiuna; ni tampoco que el propio Chávez lo llamara, ya muy entrada la noche, y le pidiera que se cuidara y que hiciera lo que estuviera a su alcance para evitar una matanza entre hermanos.

Se mantuvo con extrema cautela, esperando el desarrollo de los acontecimientos hasta que llegó la hora de las definiciones. Los oficiales golpistas lo invitaban a unírseles con el argumento de que ya Chávez era pasado, que no retornaría. Pero los cuarteles ardían por dentro y en cuestión de horas el balance de las fuerzas latentes de la disputa se inclinó en favor del presidente derrocado.

El ascenso de Padrino hacia la cúpula militar comenzó en los últimos años del Comandante y alcanzó su cénit en los primeros de Nicolás Maduro, cuando pasó del Comando Estratégico Operacional al Ministerio de la Defensa, en octubre de 2014.

En estos turbulentos tiempos ha transitado por quién sabe cuántas encrucijadas. Públicamente se han conocido algunas, como la del 30 de abril de 2020, cuando, según el cuento de los golpistas, estaba comprometido en la tentativa, pero luego “no les contestó más el teléfono” a los titiriteros gringos.

Esa es una historieta de la que suele reírse.

Hoy Vladimir Padrino López sigue su ruta, convertido en una figura de primer orden del acontecer militar y de la política –qué duda cabe-. Esa ruta que comenzó en contra de la opinión de su padre, un día que fue a Fuerte Tiuna a acompañar a un amigo.

Un ministro académico

Padrino López es un oficial del Ejército, pero se ha especializado en talasocracia, que es el ejercicio del poder político mediante el control de los espacios marítimos.

Ese conocimiento es una de las razones por las cuales tiene entre sus prioridades la reclamación sobre el Esequibo, un escenario de geoestrategia en el que tiene tanta importancia la reivindicación del territorio continental como la soberanía sobre las áreas marinas y submarinas en la fachada atlántica.

El general ha estudiado también hipótesis de conflicto globales y ha publicado sus conclusiones en un libro titulado La escalada de Tucídides, hacia la tripolaridad. En esa obra vaticina que el mundo se encamina hacia una confrontación entre Estados Unidos, como potencia en declive, y China, como potencia en ascenso, con Rusia en un papel clave. Según su enfoque, si no se resuelve debidamente, ese conflicto podría derivar en una conflagración mundial. Y podríamos estar ya en una etapa más candente, pero la pandemia ha surtido el paradójico efecto de ralentizar las hostilidades.

Es significativo este cariz académico del ministro, mientras desde el lado opositor solo se observan los análisis de esos que él, en tono irónico, llama “los comandantes de café”, que hacen sus planes tácticos en una servilleta, en un restaurant de Miami, Bogotá o Las Mercedes y luego los publican en redes sociales.

Perfil Clodovaldo Hernández