PARABIÉN | Ritornelo

Rubén Wisotzki

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1.
Aún los últimos acordes resuenan en ellos. Es una verdad que comparten en silencio ya que nadie se atreve, pasada ya la noche y en amanecida, a reconocer que en los oídos todavía permanecen, intactos, brillosos, chisposos, los últimos suspiros del fuelle del acordeón. Poco importa qué era esa melodía, a quién pertenecía su autoría, si de un siglo u otro. Podrá otorgársele, y no faltará quien lo haga, que el poder hipnótico, presente en cuerpo y alma, es atribuible a las vivas llamas de la fogata que iluminaban la quietud de la noche.

A pesar de que la tentación es grande, no hace falta esa injusticia. Nos hace titubear, claro, lo dicen tantos, lo sabemos tantos, incluyéndolo a usted estimado lector, y pidiéndole que nos deje un espacito a su lado, porque sabemos cuán importante y trascendente es el fuego.

Vienen aquí las palabras de George Sand, -las imaginamos vehementes, impacientes, urgentes-, ante el genio del volcán Etnia: “En el seno del fuego, la muerte no es la muerte. La muerte no sabría estar en esta región etérea a donde tú me llevas… Mi cuerpo frágil puede ser consumido por el fuego; mi alma debe unirse a los sutiles elementos de que tú estás compuesto. ¡Pues bien!, dice el Espíritu, arrojando sobre el Soñador parte de su roja capa, di adiós a la vida de los hombres y sígueme a la de los fantasmas”.

2.
No, no va de llamas, aunque hayan sido las más vivas, las más incandescentes, las más flamígeras. No, esto va de música. De la música que sale de los instrumentales dedos de los músicos, de las teclas, boquillas, parches y cuerdas, Y más precisamente, al día siguiente, después de haber llegado, de haberte alcanzado, de haberte tocado, de haberte dicho, la música vuelve a ti. Aquello que se repite, aquello que regresa. Ritornelo, o ritornello.

Lo que queda en uno, se nos antoja, es lo resaltante de aquello que sucedió ayer y resuena todavía, no como una letanía, sino como una presencia viva, que te acompaña, que te apaña. Tan viva que, agachado sobre la tierra, eres llamado a levantarte de inmediato porque aquella melodía que escuchaste en la pasada noche la recibes en esta mañana como si sonase nuevamente, pero allá a lo lejos, y los vientos cumplen con el encargo de traértelas nuevamente porque saben que en ti han hecho nido.

3.
En el país suceden cosas de suma gravedad. No es novedad. Desde la perspectiva de quien observa la realidad, incontestable, nos resulta inaceptable, cuando no inmerecida. Situaciones que requieren de esfuerzos extraordinarios de parte del individuo, de parte de uno, para interpretarlas, digerirlas, interiorizarlas y asumirlas con el debido juicio que, por lo general, está ausente.

No hemos dejado de caminar, vivencialmente, por una cuesta empinada, tanto así que las cabras parecen seres extraterrestres, o seres imposibles, si se nos permite el parangón entre lo racional y lo meramente campo de las leyes de física. Lo que ciertos estados de conmoción requieren de parte de uno es difícil de hallar precisamente porque se lidia, muchas veces desde el fracaso, con el shock que nos embarga.

4.
Y, sin embargo, estamos obligados a buscar la tesitura adecuada, el registro más preciso, que conlleva este presente, para hacerlo más transitable aunque llevemos el corazón a una prueba extrema, a una subida de más de 45 grados de sensaciones y emociones. ¿Por qué?, preguntará alguno. Porque el concierto de la vida no termina donde uno quiere, podría intentarse una respuesta, sino cuando en lo escuchado empieza a desaparecer la armonía, o cuando empieza a sonar desafinado lo interpretado, más allá de los naturales errores humanos de la ejecución, como bien justificó un día el padre de quien esto escribe ante una falla de Maurizio Pollini en la ejecución de un “Nocturno” de Chopin.

Ante los oídos escandalizados de algunos, propios y ajenos, suena incomprensible que se celebre el día del rock nacional. Desentona, dicen, ante el batifondo de barbaridades que se suceden en el patio, que se escuche semejante noticia.

Atrás quedan, muy atrás, allá por los años setenta, las tardes del fin de semana en el pequeño auditorio del Cine Prensa, ubicado en la avenida Andrés Bello, cuando el estridente metal de los melenudos levantaba a los jóvenes de las butacas. No tenía sentido alguno para la sociedad de aquel entonces. Y tampoco, al parecer, la tiene para algunos de acuerdo a sus eléctricos comentarios.

5.
Adiós Resistencia en el Aula Magna, adiós Petete y la gente que nunca fue la misma (porque nunca se es lo mismo en nada), adiós a la sacudida música del mundo, adiós Escalante, adiós el toque de Erika Tucker, adiós a los esperados y necesarios festivales de las nuevas bandas de Félix Allueva, adiós a los toques valencianos de Paul, adiós Sentimiento Muerto, adiós Seguridad Nacional, adiós a tantos, adiós a todos. Al estuche las violas. El ritornelo del rock, “ese género extranjero”: siempre lo expulsan, siempre regresa.

Pero la cosa no pinta nada bien en estos días cuando hasta el propio joropo, celebrado, promovido y exaltado como lo que siempre fue, una de las grandes manifestaciones culturales del país, tampoco es muy celebrado por la agudeza auditiva de los críticos de la conciencia nacional y sus necesidades inmediatas.

Si uno se coloca en sintonía de esos cerebros se entiende la reacción. La música que es celebración impide que “celebremos” la tristeza que es, supuestamente, lo que nos merecemos como sociedad. El cálculo, ya se ha dicho hasta la saciedad, siempre ha sido errado desde su enunciado más simplista y mezquino: “si te reconozco el reconocimiento te reconozco a ti”.

Esto último algo impensable, pero en cierto sentido comprensible ya que es más fácil negar que procurar comprender. He aquí otro ritornelo.

6.
Porque aquí es donde lo leído en el filósofo Simon Borghi toma consistencia y coherencia ya que responde a su condición pensante ampliando, estirando, expandiendo, el concepto de ritornelo:

“Desde la célula más pequeña hasta el organismo más complejo el ritornelo imprime o “produce” una ritmicidad, un esquema espacial trascendental para su desarrollo llamado regular. Pero, al mismo tiempo, a causa de su dinamismo interno, todo organismo siempre puede ser constreñido a emprender un movimiento expresivo, a rever los propios esquemas espacio-temporales, es decir, a crear nuevos. El ritornelo no es una estructura, no tiene una forma, pues es una fuerza o un complicado movimiento que al repetirse ofrece en cada caso resultados diferentes. Saldrán a la luz efectivamente dos polos o dos modos de pensarlo: el pequeño y el gran ritornelo”.

Entonces, que aquello que se repita o que regrese, si lo hace, traiga consigo la posibilidad de ser re-recreado, re-interpretado, re-conectado, con aquello que nos suene a todos bien. Para bien.

(Coda: Del acordeón alemán, además de melodías alemanas y eslavas, nace inesperadamente y como genial sorpresa, cuando las pavesas bailan y buscan las estrellas en la montaña, las notas de una vaca mariposa que tuvo un terné…)

Rubén Wisotzki