MICROMENTARIOS | Pseudotitiriteros y payasos de pacotilla

Armando José Sequera

0

No soporto a los titiriteros ni a los payasos que siempre comienzan sus presentaciones de este modo:

–¡Buenos días, niñitos!

–¡Buenos días! –contestan a coro los aludidos.

–¿Cómo están ustedes?

–¡Bien!

–¡No se oye!

–¡Bien!

–¡No se oye!

–¡Bien! –responden los niños con resignación. No tienen dudas de que quienes preguntan son atropelladamente estúpidos o sordos. O ambas cosas.

–¿Cómo se sienten? –insisten los pseudotitiriteros y payasos de pacotilla.

–¡Bien! –siguen contestando los niños.

–¡No se oye! –repiten los desalmados.

–¡Bien! –responden los pequeños, ya al borde del paroxismo y con deseos de abandonar a su suerte a los padres o adultos que los han llevado al espectáculo, a quienes parece no molestarle el vendaval de necedades.

–¿Ustedes no han desayunado?

–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!

–¡A ver, no se oye!

–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!

–¡No se escucha nadita!

–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiii!

En semejante bobería pasan cuatro o cinco minutos del supuesto espectáculo que luego deviene, si se trata de títeres, en un muñeco que con un palo golpea a otro. Entre los payasos, en un intercambio de bofetadas, aunque lo más común es que el payaso alfa golpee a otro u otros, sin que estos le respondan.

Por cierto, estos payasos alfa, si son tan machos como se presentan, ¿por qué siempre tienen voces agudas y chillan tanto?

Después las cosas no mejoran. Todos los actos de las obras de títeres se resuelven con uno de estos golpeando a los otros y poniéndolos en fuga. En el caso de los payasos, con caídas truculentas, sonidos de cuchufleta y patadas en los respectivos traseros, que tendrían gracia si dejaran que el público hiciera una fila para propinárselas.

Cuando termina el espectáculo, la impresión que queda es que éste se ha perpetrado sin imaginación y apelando solamente a sus dos últimas sílabas.

Quienes actúan así jamás respetan al público, especialmente, a los niños. Los consideran insuficientes mentales y supongo que por eso actúan como tales. Esta consideración, por cierto, es un reflejo de cómo la sociedad percibe a los niños. No como seres humanos en desarrollo, sino como individuos más próximos a las amebas que a la humanidad, que aceptan y se conforman con cualquier cosa.

Ésta es también la premisa de los anuncios publicitarios en televisión, incluso los de perfumes en lenguas ajenas al español.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El público más exigente y espontáneo suele ser el constituido por niños. Ellos te dicen cara a cara y no en los pasillos o en artículos o comentarios firmados con pseudónimo, si les ha gustado o no lo que has hecho.

Dicho irrespeto es la principal causa por la que fracasa la mayoría de los espectáculos para niños.

Armando José Sequera