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Mariel Carrillo García

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Sabemos que las burguesías u oligarquías de los países latinoamericanos se parecen. Todas son malas, aunque hay, eso sí, unas más “cultas” que otras. La venezolana no se encuentra entre las últimas, pues si en algo destaca es en chabacanería. Construye poco y nada y los dineros de la nación -que asumen propios- gustan de gastarlos en cosas perecederas y preferiblemente fuera del país. Contados y exiguos los casos de familias industriales, productoras y desarrollistas que inviertan en Venezuela, que sean mecenas de artistas, que costeen obras destinadas a perdurar, en fin, que tengan algún tinte de aristocracia, como bien explicaba en un lúcido artículo Luis Britto García. No. La clase oligárquica nacional, heredera de dineros mal habidos a lo largo de nuestra corta y republicana existencia es -sobre todo hoy- muy pobre intelectualmente; lo cual explica, entre otras cosas, que en 20 años no hayan estado ni cerca de ganarle al chavismo en buena lid.

Curiosamente, han levantado siempre la bandera de la superioridad intelectual, moral y educativa, llamándose a si mismos la “clase decente y preparada” del país, en contraposición a las bestias chavistas, a ese lumpen seguidor de brutos, dócil y adepto a los bozales de arepa y a las carteritas de licores baratos, culpables absolutos de la desgracia de creerse capaces de existir y gobernar, cuando ese trabajo era su destino manifiesto. “Solo nosotros somos capaces de hacerlo bien”. Poco importa si ese “hacer bien” costaba la pobreza del 20% o más de la población, de la misma manera que a los imperios no les importa destruir países si es la manera de conseguir dinero y recursos, la misma lógica, pero en chiquito, claro está.

El país soñado, recordado, anhelado e idealizado es el de la cuarta república, donde te ponen donde “haiga”, donde los sifrinos caraqueños de hablar mandibuleado aún no deseaban irse demasiado, donde una doña llamada Sofía Imber tenía (sic) un museo arrechísimo al que iban a beber cocteles más que a ver obras, donde el Teresa era para gente bien y no para la chusma, donde a los pobres se les trataba “como iguales” aunque eso sí, al final del día cada quien en la parte de la ciudad o el pueblo que le corresponde, el país donde había mano dura con los ñángaras y se exhibía una perfecta “democracia” mientras que en el resto del continente a los militares se les pasaba la mano, aquella justa repartición de la torta -solo entre adecos y copeyanos- en fin, aquel paraíso ideal del guiso entre la misma gente, destinado a ser el ejemplo neoliberal de la región, todo truncado porque un militar “ignorante” vino a hablar de los loquitos de Bolívar, Zamora y de Simón Rodríguez al lumpen para embochinchar la cosa y fregar este país.

Así, la gente pensante y decente perdió el coroto y un poco la cabeza. Sus más renombradas lumbreras cayeron en una ola de pasión y odio descontrolado que les impidió plantear con seriedad cualquier alternativa política a la opción bolivariana. Sacar la casta fue tomado como expresión literal y no figurativa, llevándoles a defender sin vergüenza ni disimulo a una clase social y no a la supuesta superioridad de sus ideas. El ridículo llegó a niveles insospechados. Clases de teoría política y económica han dado personajes como María Machado con su capitalismo popular, o Daniel Lara Farías con su plan de usar la Constitución del 61 (y si hay que ir más atrás en la legislación, pues se va) para bajarse a la actual y vigente, o sin ir muy lejos, a cualquiera que haya aplaudido la proclamación de Juan Guaidó como “presidente”. Porque esas son las ideas que aportan, ese es el talante de sus planes. Ni alentados por recuperar el poder usan el cerebro. Se remiten a seguir órdenes de quienes consideran más inteligentes que ellos y así les va. Y lamentablemente, nos salpica a todos, porque aunque no hacen nada bien, son útiles a quienes nos hacen mal y además cercenan el derecho ciudadano de tener alternativas.

Patético es el retrato de nuestra mediocre oligarquía. Y aún así se jactan de ser lo más granado de la sociedad. Se les olvida que sabemos quienes son y de dónde vienen. No son los Medici muchachos, son los Ramos, los Machado, los Guaidó, los López (¡alcurnia!), Ahh mundo.

Mariel Carrillo García