Correo de Carabobo | ¿Quiénes fueron algunos de los soldados desconocidos?

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Tal vez el teniente Pedro Camejo, “Negro Primero”, sin haber sido oficial superior, sea el guerrero más conocido de los participantes de la épica Batalla de Carabobo. Quien visita la tumba del soldado desconocido en el Campo de Carabobo, afirma que es el primero que le viene a la mente. No obstante, resulta interesante cuando se estudia este episodio de nuestra historia, conocer el perfil de otros combatientes de rangos bajos y medios: los vergatarios que estaban en la primera línea de fuego.

Estos gladiadores provenían de distintos pueblos de Venezuela, Nueva Granada, Quito, Perú y Europa. De los importados de esta última procedencia encontramos a Thomas Farriar, el valiente comandante de los Cazadores Británicos y a Daniel Florencio O´Leary, edecán del Libertador y cuyas memorias de la Guerra de Independencia constituyen uno de los documentos históricos más importantes relacionados a este hecho. Vino también mucho personal de tropa. Estos hombres demostraron gran compromiso con la libertad de nuestro pueblo y una sólida disciplina. Eran, en su mayoría, veteranos de las guerras napoleónicas con una formación militar bien aprendida y probada en los campos de batalla del viejo continente.

En contraposición, los soldados nativos de estas tierras tenían a su favor el conocimiento de todos los rincones de la particular geografía donde se desarrollaban los acontecimientos. Su ferocidad, patriotismo, magnífico manejo de la lanza y, en muchos casos, su estrecha simbiosis con el caballo los hacía dueños de la llanura y temibles adversarios.

¿Cómo no mencionar, cuando se habla de la Batalla de Carabobo, al teniente José Milano? Este valeroso luchador, nativo de Carúpano, pasó a la inmortalidad aquel Día de San Juan de 1821. Lo encontramos combatiendo desde 1813. Alcanzó el grado de teniente luego de su destacada actuación en la gloriosa acción de Las Queseras del Medio. Ya como teniente de caballería de la Guardia de Honor, en la Batalla de Carabobo participó en la carga que decidió el combate, donde una bala enemiga hizo estragos en su humanidad y no logró ver el triunfo de las armas patriotas.

Un incidente conocido de la Batalla de Carabobo es el sucedido con el general José Antonio Páez cuando sufrió un ataque de epilepsia en pleno fragor. Es sabido que fue auxiliado por un oficial español llamado Antonio Martínez, pero allí se encontraba también el soberbio teniente de caballería Alejandro Salazar, quien lo montó en su caballo y en ancas lo sacó del campo de batalla. Una vez recuperado lo acompañó a la carga final.

Salazar nació en los valles de Aragua, participó en la guerra desde muy joven y era conocido con el remoquete de “Guadalupe”. Se distinguió como un formidable y aguerrido jinete y por ser el primer voluntario en las acciones más temerarias, sobre todo en las que involucraban pasar un río a nado con el caballo.

Otro legendario guerrero que hace derroches de coraje en la batalla cumbre de nuestra Independencia fue el bravío teniente coronel Juan Ángel Bravo. El “Bravo”, luchó con tanta entrega, ferocidad y dominio del campo, que luego del combate se veían en su uniforme las señales de catorce lanzazos, sin que ninguno llegase a herirlo. Esto hizo al Libertador decir que este héroe merecía un “uniforme de oro”.

Bravo era oriundo de El Sombrero, estado Guárico. Hijo de un indio y de una zamba libre: José Laurencio Bravo y Francisca Aurelia García. Se incorporó al Ejército patriota en octubre de 1816 como soldado raso en la Toma de Achaguas, y apenas tres meses después, el 1 de enero de 1817, es ascendido a sargento primero, luego del encuentro de Palital. Su carrera militar fue brillante, participando de forma destacada en cientos de escaramuzas, acciones y batallas. Murió de 55 años a causa de elefantiasis.

Un caso curioso, pero más común de lo que se puede imaginar, fue el de Alejandro Flores, un combatiente que no ascendió de grado pese al valor que demostró. En Carabobo lo encontramos como soldado de la Segunda Compañía del Regimiento de Honor. De origen humilde y probablemente analfabeto, este centauro debe haber terminado sus días en algún lugar recóndito de Venezuela.

Otros combatientes que participaron en Carabobo fueron: el cabo primero Ramón Flores, plaza de la Primera Compañía del Regimiento de Honor. El lancero Ramón García, natural de Pamplona, Nueva Granada, a quien encontramos en el Tercer Escuadrón de los Lanceros de Honor. El sargento segundo Santos Palacios, quien formaba parte del Escuadrón de Dragones; veterano de Pantano de Vargas y Boyacá. El angostureño Francisco Lozada, quien participó en la batalla como sargento primero de la Primera Compañía del Regimiento de Honor. José Bravo, otro neogranadino, cabo primero del Primer  Escuadrón del Regimiento de Honor. El teniente Pablo Lovera, también oriundo de la Nueva Granada, luchó bajo las órdenes directas de Páez en la Primera División. El subteniente José Antonio Hurtado, nacido en los Valles del Tuy, se batió con arrojo en el Escuadrón de los Húsares de la Guardia.

La lista de “soldados desconocidos” es bastante amplia pero, lamentablemente, este papel no lo aguanta todo, y además tampoco existe el suficiente para hacerle honor a estos grandes héroes que regaron con su sangre el fecundo campo de batalla donde se sellaría la libertad de Venezuela.

Juan Uslar y los rifleros

Uno de los héroes importados de gran importancia para el logro de nuestra Independencia fue el coronel de origen alemán Juan Uslar, quien peleó en las guerras napoleónicas en las filas del Ejército inglés, y en la Batalla de Carabobo como comandante del Batallón de Granaderos de la Guardia.

Entre otros aportes a la causa independentista, es el responsable de haber creado el primer cuerpo de rifleros que participó en la guerra bajo las banderas patriotas en 1818. Dicha unidad estaba compuesta por voluntarios ingleses y alemanes, y es la génesis del gallardo Batallón Rifles, el mismo que se cubriría de gloria en el campo inmortal de Carabobo al mando del teniente coronel Arturo Sandes, en las filas de la Tercera División.

El Batallón Rifles es organizado oficialmente por el general José Antonio Anzoátegui en Angostura en 1818 y en principio lo comandaba el oficial británico Pigott. Constituido por indios de las Misiones de Guayana, llevaba ese nombre por el tipo de armamento del que estaba dotado: el rifle, que a diferencia de las armas de fuego comúnmente utilizadas en esa época, era de ánima estriada, es decir, la parte interna de su cañón tenía canales en forma helicoidal. Esto le otorgaba mayor alcance y precisión, pero su recarga era más lenta que la de los mosquetes convencionales de ánima lisa. Eso ocasionó que su bautizo de fuego fuese nefasto: ocurrió durante la acción de La Gamarra, en 1819. Los indios, poco prácticos aún en el manejo de su nueva arma, al no lograr hacer la segunda recarga, se desbandaron ante una vigorosa carga de bayoneta de la infantería española. Pese a este revés, el Rifles se reorganizó y en las campañas subsiguientes fue una unidad temible, resarciendo con creces este primer descalabro.

Ciudad Ccs / Kike Gavilán Equipo de Investigación