Cuentos para leer en la casa | Última luna en la piel

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Desde allá arriba lo he venido a buscar, Padre, porque nos dijeron que su vida está hecha un desastre. He dejado el musgo apelusando la piedra y la humedad entre la hojarasca renegrida. Dejé los rincones ahumados, las figuras gelatinosas de Madre y los otros, en la penumbra de los cuartos que Usted conoce. Me he bebido la niebla por un solo canal, aquella humareda amasada desde las tejas cariadas por el sol y la lluvia de enero. Hice de mí la angustia del camino en despeño, la voz de Madre en la boca oscura, mientras apuñaba las cabecitas contra su cuerpo.

Desde allá arriba he venido en su busca, Viejo, porque Usted parece haber olvidado el canto del Titirijí sobre la cerca, el olor a animal sudado, las cuerdas vegetales abotonadas en rojo.

En otro tiempo Usted fue Usted, almidonado y blanco en el lino, protegido en el ala ancha y tejida, montado sobre el animal, dócil bajo su mano. Antes Usted tuvo un nombre y una voz, Padre, sin importar los santos de la abuela flotando en la alberca. Eran cosas del río de fuego inclemente que iba cociendo sus palabras en el suelo, hasta dejarlo macerado en noche y lodo.

Usted despotricaba en la melaza, aturdido sin remedio en las pencas cocidas bajo el reino de Heres.

Ya estábamos acostumbrados a esto, a su voz nasal, de cuando llegaba tomado y comenzaba a insultar los muñequitos presos tras los vidrios. El otro sol lo alejaba entre las copas morroñosas de las piñas, soñoliento y ensedecido, la noche anterior devorándole como una pira increíble las vísceras reblandecidas. Ahora era Totón, Padre, El Viejo, manso y callado entre el olor a barras derretidas de chocolate, tranquilo en la sala, hasta donde llegaba el incienso ardiendo en el cuarto de los santos. Era entonces Usted, con la piel magullada, enrojecida… Gaide escarbando entre su pelo, triturando entre las uñas los pequeños globos grisáceos, llenos de sangre suya:

—Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando el Sol y la Luna y la Tierra eran todos lo mismo…

Tras Usted he venido, Totón, aunque haya sido preciso echarme a cuestas todo el susto de la ciudad, la mucha luz de las superficies lisas, en las pupilas ardidas de calles angostas y de tejados milenarios. La soledad me ha roto todo el moho del bronce, aquellas masas acampanadas chorreando trinos en negro y blanco, el roble labrado y seco, los macasares agriando el viento nacido en La Vela.
—Por aquí pasa, dicen, coge la Zamora hacia arriba y se va arañando el barro teñido, la cara se le va desmoronando como si fuera un terrón…

“Por aquí pasa…”, dicen, sin saber su raíz, ni su piel verdadera y pura, sin saber que antes Usted fue Padre, con la piedra de la vida misma en el pecho, con las manos talladas en las rugosidades de las rocas de Pitirrí, hombre que se atrevió a mirar cara a cara al hijo de Bengala.

He venido porque es preciso que la sangre vaya buscando el cauce final, porque se acabó Nostradamus y Pigmalión en la casa, porque se nos volvió una pura agua amarga la espiga en la boca, la noche se hizo un solo caos en la boñiga revuelta en el solar…las patas se arremolinan y dan golpes aguados en la yerba mojada…

Se nos disolvió el aro cálido y las noches derretidas en la cera taponada de cobre manoseado, un palpitar angustioso cobija los pequeños, y Madre no se resigna a olisquear solo en sueños su olor a cajeras y abejas.

“Por aquí pasa…”, dicen, y señalan sus rutas nocturnas, sus caminos de San Gabriel arriba, cuando Usted se va todo cocuyo, ardido en el líquido generoso y fuerte.

El dedo me ha llevado a quebrar la plata en las aguas distantes, he flechado Chimpire con el cuerpo de canto, evitando el hierro ensombrecido o la voz envejecida del fraile de Catedral. Conozco los espantos de Cruz Verde, los zeretones del Pantano, las sombras de la Aurora, no tiemblo ante el cují moliendo a vidrio en los ramales gruesos, ni evito el grito que lame los portones de San Clemente.

Me dijeron “Por allí…”, y por allí tiré los pies, tras la esperanza llena de miedo y temor.

Olí la lluvia lejana que venía trepidando sobre Santa Rosa y Mataruca, podía soñar las palmas erizadas de espinas, desgajadas sobre las tetas arenosas, el san Antonio asaltando la teja más alta, y quizá beberme de un sobresalto acre el encuentro de la savia olvidada y primitiva.

Me fui tras el índice y la voz, persiguiendo sus años estropeados y duros. Cuando empezó a llover, ya estaba hacia Bobare, las gotas venían arreciando en los frontones, y el bulto estaba allí, Padre, como un montón de ropas mal tiradas, empapado, los cueros sobre el puño de dedos. Su rostro mugriento, manchas de grasa tatuándolo lastimosamente. Vestigios de un casimir decente, los bolsos llenos de naderías. Padre.

Después amainó el agua, hasta convertirse en un aliento tibio y sinuoso buscando los altos de las casas. Las piernas absorbían las luces allá abajo, mientras la Luna se adueñaba de su casa, Padre. Las voces preguntaban la ligazón vital, su sangre y la mía, buscaban la huella perdida allá arriba, Totón, donde los otros se quedarán esperándole por los siglos de los siglos, borrados en las veredas de la lluvia, camino de Santa Cruz o de El Banqueo. Los ojos se le irán rodando sobre Uria, hasta amarillarles las pupilas y quemárseles con el sol de Santa María.

Hasta aquí he venido a buscarlo, Viejo, hasta el más nunca, con toda la tristeza del mundo en su piel última de luna, sin querer comprender su cuerpo endurecido y quieto

EL AUTOR

Orlando Chirinos (Los días mayores). Narrador y docente universitario en la Universidad de Carabobo. La obra cuentística reciente de Orlando Chirinos significa un punto notable de inflexión en su escritura narrativa, sobre todo en el caso de los volúmenes titulados Mercurio y otros metales (1997) y Los días mayores (2005). Última luna en la piel (1979) es un relato conmovedor.

Publicó las colecciones de relatos Oculta memoria del ángel (1985) y Pájaros de mayo, su trueno verde (1989), y las novelas En virtud de los favores recibidos (1987), Adiós gente del sur (1991), Imagen de la bestia (1994), Parte de guerra (1998) y Beso de lengua (2007). La muerte le sorprende mientras preparaba una nueva novela. Obtuvo los siguientes galardones: I Bienal de Literatura Alfredo Armas Alfonzo (1982), Concurso de Cuentos del diario El Nacional (1983), el Premio Municipal de Literatura del Concejo Municipal del Distrito Federal (Caracas, 1984 y 1997) y mención en el Concurso de Cuentos Juan Rulfo (1987).