LA CARAQUEÑIDAD | La Vega, indómita desde siempre

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Los indígenas Caracas habitaban el lugar.

Antes de oficializarse como asentamiento indio en aquella división político-territorial que anexaba a Santiago de León varios caseríos como mano de obra para garantizar aprovisionamiento al gran centro de poder, La Vega ya era indómita.

Tiene mucho que ver la sangre de sus originarios pobladores, los indios Caracas, que dejaron sus vidas contra invasores que aun hoy quizá como almas espectrales mantienen ansias de mando.

Curas franciscanos, cerca de 1578, llevaban las riendas de esas doctrinas (así llamaban a los reducidos asentamientos), de las cuales Antímano y La Vega tenían ciertos privilegios por ser las más cercanas al valle de San Francisco (esa zona).

La Vega gozaba de las bondades del clima, biodiversidad, potencial agrícola que las ricas aguas del Guaire le proveían a esas riberas del entonces sureste caraqueño, lo que sumaba interés en quienes estuviesen al frente de su administración para rendirle cuentas a la máxima autoridad capitalina.

Contaba el gobernador Juan de Pimentel de ese último tercio de ese siglo XVI que las frescas riberas del Guaire garantizaban tener “muchas estancias en que coger mucho maíz y legumbres, plátanos y algodón…”, razones que daban mayor valor a la zona.

Posiblemente por eso hubo un verdadero desfile de nombres que soltaban las riendas tan pronto las tomaban en la tarea de administrar y poner orden en La Vega. ¿Acaso ingobernabilidad?

Quizá haya sido don Blas de Landaeta el único regidor que logró mantener a raya la administración de los recursos y cubrir medianamente las necesidades internas del creciente caserío y los debidos suministros para Caracas.

La fábrica de cemento factor contaminante.

Inicia el desfile del poder

No obstante la ausencia de registros exactos, hasta 1670 aproximadamente, queda la huella de la construcción de la llamativa iglesia y las típicas casas que dieron a La Vega una imagen de orden bajo el esclavista mando eclesial donde el indio era la explotada mano de obra que si se alzaba o escapaba era perseguido como pieza de caza. Hasta que el cura Fray Antonio González de Acuña por medio de la Real Cédula del 20 de mayo de 1686 dio un giro humanitario al inhumano asunto.

Entonces se designaron los llamados corregidores. Pero era imposible la tarea de gobernar por errores de división territorial, quizás por inexperiencia de las máximas autoridades.
Un total de 22 aldeas de indios, entre ellas La Vega, le fueron asignadas al debutante capitán Gabriel Lovera y Otáñez, hijo de don Lucas, alcalde de Caracas. Labor más ineficaz que imposible: ¿cómo atender simultáneamente a las poblaciones de indios de Petare, Baruta, Guarenas, Valle de La Pascua, Caipuro, Charallave, La Guaira de Paracotos, Maiquetía, Macuto, Torrequemada, El Cojo, Caraballeda, Naiguatá, Mamo, Carayaca, Tarmas, Cagua, Chuao, Choroní, Cuyagua, Antímano y La Vega?

Se gobernaba bajo la figura de fianza otorgada por el gobierno de Caracas. Al año expiraron ambos: fianza y gobierno y fue así como llegó otro enchufado, el capitán Antonio Morgado, hijo del procurador. Solo duró seis meses.

Designan entonces a don Luis Gerónimo Osorio, aunque igual, con sus 22 problemitas por resolver. Fracasó. Había que modificar la estructura y desde 1691 el extenso territorio de pueblitos de indios se dividió en tres. La Vega pasó así al mando del corregidor Blas de Landaeta, quien además se ocuparía de administrar Antímano, Valle de La Pascua, Caipuro, La Guaira de Paracotos y Charallave.

Un número curioso

Además de continuar con la mano de obra india, las autoridades repartían entre sus allegados las tierras más productivas, garantizaban el abastecimiento al centro de poder caraqueño y se mantenían con la fianza central más los impuestos.

Consta en documentos que el número 24 tiene un significado especial para la gente de La Vega. Los 24 de junio y los 24 de diciembre debían erogar 28 reales al corregidor como pagos de impuestos.

Finalizada la gestión de Blas de Landaeta es asignado a los valles de Aragua. Lo sucedieron en el cargo don Juan Manuel de Luna, el alférez Esteban Mateo Ferrera, Juan Ponce de León y Juan Sebastián Mondragón.

Recomendaciones y experiencias de esos corregidores fueron tomadas en cuenta hasta que se reduce el territorio solo a La Vega y Antímano bajo un solo mando. Eran los días de Independencia. Asumió don Ramón Yanes, quien por violento carácter fue sustituido de inmediato por don Pedro Garrote (a pesar de su apellido). No se sabe cómo una decisión gubernamental aumentó nuevamente el territorio de la nueva jurisdicción bajo el mando de don Pedro José Ochoteco. Hasta que el reconquistador español Pablo Morillo designa como nueva autoridad de La Vega al Marqués de Mijares, casualmente un 24, pero de julio de 1815.

La Vega sigue su crecimiento interno como pueblo digno y aporta ideas y hombres libres y valientes en favor de los intereses de la patria. Se dan tantos cambios dignos de un libro de mil tomos. Se vuelve autosuficiente. Acrisola la diáspora interna. Crece y se industrializa con su cemento. Aporta en cultura y deporte. Pero no escapa del crecimiento anárquico de la ciudad de la que ya forma parte indisoluble.

“Con la población crece su sufrimiento. La vida exige una cuota de dolor de la que nadie está eximido. Hay mucha gente feliz en La Vega… pero en la noche de los callejones tortuosos, el desacompasado chasquido de los disparos siega la existencia de jóvenes…”, escribió en los 90 el cronista Juan Montenegro, inspiración de estas líneas. Y hoy se testifica esa ingobernabilidad interna de aquella exquisita zona de la que apenas queda parte de su nombre, Nuestra Señora de la Chiquinquirá de La Vega.

Por Luis Martín / Ciudad CCS