Bolívar bailador (y II)

Humberto Márquez

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La afición por el baile iba más allá de las puras habilidades dancísticas, aparte del galanteo bailador le provocaba una especie de catarsis, llegando incluso a montar un sarao por donde iba pasando en plena guerra. En el Diario de Bucaramanga, Luis Perú Delacroix reseña: “Que en tiempo de sus campañas, cuando su cuartel general se hallaba en una ciudad, villa o pueblo, siempre se bailaba casi todas las noches, y que su gusto era hacer un vals, ir a dictar algunas órdenes u oficios, y volver a bailar y a trabajar; que sus ideas entonces eran más claras, más fuertes, y su estilo más elocuente; en fin, que el baile le inspiraba y excitaba su imaginación”.

Adolfo González Henríquez en La música del Caribe colombiano durante la Guerra de Independencia, señala que la historia le atribuye una habilidad especial para el baile sin mezquindades. “La pasión que Bolívar mantuvo por la música durante toda su vida, su destreza para el baile y su especial temperamento, convierten el rastreo de sus múltiples andanzas en una preciosa fuente de información sobre la cultura musical de las clases altas republicanas…”. Y hubo más de una que certificó esas destrezas.

En 1825 en el puerto de El Callao, Perú, en una recepción a bordo de la goleta insignia “United States”, conoció a Jeannette Hart, y estuvo a punto de batirse a duelo con un gringo celoso, Jack Percival, asistente del Comodoro Hull, cuñado de la joven que consentía la relación. En sus memorias Jeannette, la novia norteamericana de Simón, certificó sus dotes. “Cuando bailaba con el general Bolívar, pude notar que solamente los pies de un bailarín por naturaleza podían llevarme a través de aquellos intrincados pasos y figuras de aquellas danzas exóticas y poco familiares para mí… La última pieza que tocó la banda y que bailamos los dos, fue un vals. La multitud cesó de bailar dejándonos el centro del salón a nosotros solos y colocándose alrededor para vernos… La armonía de nuestros movimientos era tan bella, que ninguna otra pareja hubiese podido competir. El general se movía como si los acordes de aquel vals emanaran de su propio cuerpo, como una disposición heredada”.

Jeannette murió soltera, en 1861, en Nueva York.

Ciudad Ccs / Humberto Márquez