PUNTO Y SEGUIMOS | El veneno de la cultura del petróleo

Mariel Carrillo

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Parte crucial del gran problema político, económico y social al que se enfrenta Venezuela, radica en la cultura. En su excelente obra, Historia sociocultural de la economía venezolana, Mario Sanoja nos describe -citando a Rodolfo Quinteros- cómo la llamada “cultura del petróleo”, implantada por el imperialismo a través de sus grandes compañías petroleras en el país, significó el daño de las culturas propias en favor de este monstruo alienante, diseñado para conquistar y dominar a la población dueña de la reserva de energía fósil más grande de la Tierra; sustituyendo sus creencias y valores por el ideario del american way of life , una forma de vida que privilegia el bienestar individual sobre el colectivo y que valora por sobre todas las cosas, el consumo y el derroche.

En el año 1971, escribió Eduardo Galeano en el capítulo dedicado a Venezuela en Las venas abiertas de América Latina: “a Caracas le cuesta dormir, porque no puede apagar la ansiedad de comprar, consumir, obtener, gastar, usar, apoderarse de todo. En las laderas de los cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de basura, el derroche ajeno” , describiendo sin duda el éxito de la implantación de la cultura petrolera en una población que se convirtió en esclava de la falsa sensación de felicidad, que generan el dinero fácil y el consumo. Los venezolanos se convirtieron en “referentes” del progreso al estilo yanquilandia en todo el continente, destacando por sus ciudades ruidosas y estrepitosas, y por sus expresiones -también ruidosas- como “ta’ barato dame dos”, más un grosero despilfarro y chabacanería.

Valores tan propios como la solidaridad y la generosidad, se deformaron al punto de entenderse como “poner donde haiga” y dar limosna. La sociedad se reestructuró en nuevas clases: proletariado petrolero, burguesía importadora, pequeña burguesía urbana, población urbana marginada y rural enfeudada y población indígena periférica. (Sanoja, 2011). Nos convertimos en el caso perfecto de éxito en la estrategia imperial de acumulación y expansión. Nos creímos lo que nos dijeron y nos olvidamos de que solo éramos mano de obra barata y anestesiada, con una burguesía deplorable que se “contentó” con una ínfima parte de uno de los robos más grandes de la historia; pues el petróleo de Venezuela, en apenas cien años, dejó al imperialismo riquezas superiores a las que consiguieron en regímenes coloniales, como el de los ingleses en la India. Pagamos gran parte de la segunda revolución industrial y a ellos les costó chicles, carros y whisky. Así de baratos les salimos.

Con la llegada de Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana, que rescata la memoria histórica y se planta ante el imperialismo levantando la bandera de la soberanía con acciones y no solo palabras (nueva Constitución, Leyes Habilitantes, Ley de Hidrocarburos, Ley de Comunas, etc.) las alarmas se encendieron en el imperio. La Venezuela del petróleo complaciente ya no quiso ser tan complaciente. Y ya se sabe cómo alecciona. Luego de mil ataques, la muerte de Chávez y la aplicación de sanciones y bloqueos (ya en 1902 se usó esa estrategia contra el gobierno liberal nacionalista de Cipriano Castro), la Revolución Bolivariana se enfrenta a uno de sus mayores retos: pararse firme como Castro o ir “negociando” imbuidos en la cultura del petróleo, es decir, dispuestos a hacer concesiones que nos devuelvan al estado del “dinero fácil” de la renta petrolera, creyendo que eso va a costarnos menos que todo lo que con tanto esfuerzo hemos conquistado desde 1998.

Mariel Carrillo