Perfil | ¿Qué pensará Frida Kahlo de Frida Kahlo?

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¿Qué pensará Frida Kahlo en el otro mundo acerca de lo que en este significa hoy por hoy la figura de Frida Kahlo?

Claro que es una pregunta que parte de la premisa de que hay otro mundo y que las personas allí no tienen nada mejor que hacer que mirar para acá y estar pendientes del qué dirán.

Bueno, supongamos que es así y lucubremos que esta mujer debe estar experimentando en ese otro plano una vida tan intensa y controversial como la que tuvo por estos lares entre 1907 y 1954.

Ella fue una persona sufrida y una figura controvertida durante esos breves 47 años de existencia física. Pero lo que ha ocurrido con su imagen post mórtem ha potenciado todo a su alrededor. Actualmente, ella es una hipérbole con figura de mujer, ya sea que se le quiera o que se le odie.

La chica, a la que le encantaba dibujarse y pintarse a sí misma (hizo más de 50 autorretratos), es ahora más polémica todavía de lo que fue en su tiempo, gracias a un fenómeno de masificación de su imagen, impulsado por el cine, la televisión, el resto de los grandes medios de comunicación, las redes sociales y el marketing de los galeristas y marchantes de arte.

Como suele pasar, su popularidad global se extiende en dos sentidos opuestos. Por un lado, la fanaticada planetaria de Frida Kahlo la ha elevado a una categoría superhumana. La consideran una de las mejores pintoras contemporáneas y un ícono de la lucha por la igualdad de la mujer. En cambio, sus odiadores –que también están esparcidos por todo el orbe– opinan que fue una artista plástica muy mediocre y que, muy por el contrario, vivió en las antípodas del feminismo, girando en torno a un hombre abusivo y atormentada por la desdicha de no haber podido ser madre.

Si ella anda por ahí, observando lo que ha pasado luego de su partida de este mundo, tal vez –y para variar– esté sufriendo. O quizá se sienta por fin realizada en su enorme vanidad de creadora.

De que sufrió no queda la menor duda. Sus desgracias físicas fueron tan crueles que ni siquiera los guionistas de una telenovela mexicana habrían podido llegar tan lejos. A los siete años padeció poliomielitis y, como consecuencia, se le deformaron las piernas y quedó renca de por vida. Eso hubiese sido suficiente para cualquier muchacha, pero a Frida le esperaba algo peor: iba de pasajera en un autobús que fue embestido por un tranvía y sufrió unas lesiones tan graves en la columna vertebral, cadera, piernas y brazos que varios médicos pronosticaron que moriría en el hospital.

Sobrevivió con un cuerpo roto que, a lo largo de los siguientes treinta años, requirió de innumerables intervenciones quirúrgicas, tratamientos dolorosos y aparatos ortopédicos.

En esos días de su convalecencia del accidente de tránsito, los biógrafos ubican la génesis de su carrera artística. Dicen que su padre, el húngaro-alemán Guillermo Kahlo, se encargó de llevarle un caballete especialmente acondicionado para que pintara acostada.

Los tormentos físicos fueron uno de los ejes de su obra. A ellos se sumaron luego los suplicios emocionales, casi todos derivados de la tortuosa relación con el insigne muralista Diego Rivera, con quien se casó no una, sino dos veces.

Cuando juntaron sus agitadas vidas, ella tenía 22 y él 43, además de dos matrimonios previos y una condición de ídolo artístico, intelectual y político. La pareja daba mucho de qué hablar, no solo por la diferencia de edad, sino también por sus características físicas: ella, con todos los problemas ya reseñados; él obeso y poco agraciado. Los bromistas hablaban del Elefante y la Paloma.

A Rivera no le hacía falta buenmozura ni porte atlético para conquistar mujeres. Con su personalidad y prestigio era un Don Juan empedernido, así que le puso cuernos muchas veces a la joven esposa, incluso con la hermana menor, Cristina Kahlo. Fue esta infidelidad la que colmó la paciencia de Frida, ocasionando el divorcio. Aunque, como ya se dijo, luego volvieron a casarse.
La determinación que tuvo para tolerar los abusos de Rivera es el principal argumento de quienes le niegan la condición de luchadora feminista. Afirman que, muy por el contrario, fue un ejemplo de inaceptable sumisión.

En su defensa, otras personas ripostan que Frida se ocupó de pagarle con la misma moneda a su viejo y gordo marido, siéndole infiel con varios hombres (incluyendo a León Trotski) y también con mujeres.

Por haber tenido parejas de diverso género, Frida también ha derivado en ícono de la diversidad sexual, en su modalidad bi. Pero aquí igualmente aparecen los que le niegan méritos. Dicen que de haber sido por ella, habría tenido una vida monógama, pariéndole niñitos a Diego (lo intentó, contra el consejo médico y tuvo dos abortos espontáneos). Lo que hizo con otras personas, bajo la fachada de una relación abierta, habría sido por mero despecho.

Pero si es dura la polémica sobre su feminismo o patriarcalismo, no lo es menos la que protagonizan los críticos de arte y gente del ámbito de las artes plásticas. Allí la confrontación se da entre los que dicen que Kahlo fue una pintora genial, poseedora de un estilo único en la vertiente del surrealismo, y referencia inequívoca del arte contemporáneo mexicano y, por extensión, latinoamericano; y los que sostienen –con la misma vehemencia– que su técnica era deficiente, sus conceptos demasiado simples y sus temas repetitivos y egocéntricos.

Así que tal vez es mejor que Frida –esté donde esté, como suele decirse– no mire mucho hacia este mundo. Es decir, que haya cumplido con una de las últimas frases que escribió en su diario, en lo que para muchos fue la carta de una suicida: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Y se hizo mercancía

Frida Kahlo era una mujer revolucionaria. Militó, junto a Diego Rivera, en el Partido Comunista y llegó a decir que había nacido en 1910 (y no en 1907), no por quitarse la edad, sino por coincidir con el inicio de la Revolución Mexicana.

Luego de su muerte, y especialmente desde que una habilidosa campaña mercadotécnica la empezó a vender como un ícono pop, toda ella se transformó en mercancía.

De un tiempo para acá, Frida está en todos los formatos de souvenir que puedan imaginarse: camisetas, tazas, pines, llaveros, zarcillos, gorras, estatuillas, ceniceros, postales, libretas. Esto ha llegado al nivel de que si alguien va a México y no te trae algo de Frida Kahlo es porque no te quiere.
Más arriba del negocio de la memorabilia está el de la obra de la autora, que ha alcanzado precios exhorbitantes en grandes galerías del mundo, lo que hace rabiar a muchos críticos que han llegado a catalogarla como una de las artistas más sobreestimadas de todos los tiempos.

Convertida en una marca y, en ciertas etapas, en una moda, figuras de primer orden del show business como Madonna se han declarado sus fans y hasta la han imitado. Y ni hablar del impulso que adquirió el mito de la pintora maltrecha con la película Frida, protagonizada por la también mexicana Salma Hayek.

Volvemos así a la pregunta, ¿qué pensará Frida de todos estos negocios y de todas estas “Fridas”?

Ciudad Ccs / Clodovaldo Hernández