HORIZONTE DE SUCESOS | El black metal llegó al llano (I)

Heathcliff Cedeño

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En vacaciones éramos más vagos que el resto del año. Los que no nos entregábamos a los capítulos impactantes de la novela del momento en el canal 2, el único que se veía en el pueblo, solo teníamos la opción de quedarnos en la esquina con los hijos de Pancha, de Benito y del carnicero, supongo que arrastrados por la misma ladilla que nosotros. Siempre éramos como diez los que estábamos sentados en esa esquina de acera alta y vista privilegiada.

Sin la responsabilidad de tener que levantarse temprano para ir al liceo nos quedábamos más tiempo. Hasta que se iban asomando las doñas en bata para avisarnos que iban a cerrar la puerta. Ahora pienso que a veces esa actitud manganzona era aupada por los que nos dejaban dormir hasta cerca del mediodía. Pero ese día x de las vacaciones del 98 nos levantamos temprano.

Ese milagro se debía a un interés, se supone que ese día, según los cálculos, iban a llegar de Caracas Rafa y Daniel, que desde el jueves en la noche se habían ido a un concierto en la capital. Estos carajos eran igual de pobres que nosotros, pero trabajaban de cualquier cosa y ahorraban para ver las bandas que dominaban la escena metalera nacional. También fueron a ver a algunas bandas internacionales. Particularmente cuando llegaban de estos viajes eran más agrandados y echones que nunca, pero igual los que nunca salíamos nos calábamos su pavoneo por el hecho de saber los detalles del evento, que ahora no sé si exageraban, y las novedades que traían de las tiendas dedicadas el género.

No recuerdo exactamente qué bandas vieron, tampoco eso importó mucho porque el momento quedó eclipsado por el material que trajeron. Los que fuimos al terminal bien temprano a esperarlos vimos cómo, después del cuarto autobús que llegó, se bajaron con una risa cómplice de quien espera que los reciban en hombros.

-Ustedes no saben nada, prematuros, dijo Rafa, que se bajó cojeando, síntoma de que había estado en la olla. En ese momento pesaba como 50 kilos, no creo que haya estado mucho tiempo en esa coñaza salvaje. Después nuestra adulación señaló a Daniel con el pico y adoptó una actitud indiferente. Ya con la atención sobre el otro el suspenso fue menos. De un bolso cruzado sacó una pila de discos originales con letras inintelegibles.

-Es todo lo que van a ver por ahora. Esto es mucho para ustedes, dijo Daniel. Y tenía razón, pues éramos los más pollos de la patota que se la pasaba religiosamente en la plaza del pueblo, lugar fijo para los roqueros y los mudos del pueblo. Calculo que por la abertura de la mano y el grosor de las cajas originales eran unos diez CD. Lo que vino después fue una revolución que nos costó, casi, el financiamiento de nuestra vagancia.

Heathcliff Cedeño