PUNTO Y SEGUIMOS | La doble moral de la gente de bien

Mariel Carrillo García

0

No se avergüence de ser una vergüenza, asuma su barranco, leí en un meme. Iba dedicado a los antiderechos, ese tipo de personas disociado por la industria cultural, la política y/o el fanatismo religioso, autodefinidos como “pro vida”: amantes de la paz, el amor al prójimo y el respeto a la opinión de todos, pero que en realidad suelen amar y respetar solo a quienes son iguales a ellos. Si el prójimo es de otra tendencia política (generalmente de izquierda), pobre o asalariado de los que no guisan o, peor aún, alguien que apoye el aborto, el feminismo, a los grupos LGBTIQ+ y cualquier otra “perversión” de esas prohibidas por el Señor; los amantes de la vida y la reconciliación se vuelven ángeles vengadores del cielo, dispuestos a dejar caer su fuego sobre todas las criaturas descarriadas que se atreven a mostrar algo de pensamiento crítico.

Zurdos, comunistas, chavistas, marginales, putas, feminazis, maricones, todos merecen el desprecio de la sociedad de bien, de la gente decente del siglo XXI que lo único que desea es vivir en paz, bajo los mandamientos del libre mercado y haciendo caso omiso de la explotación del hombre por el hombre. Vamos, que todo tiempo pasado fue mejor. Orden y progreso, mano dura, temor de Dios, castigos ejemplares para todos menos para mí y los míos, que ya nacimos a imagen y semejanza. La vieja y rancia doble moral judeo cristiana, resurge con fuerza a dos décadas del segundo milenio, demostrando que más sabe el diablo por viejo que por diablo, especialmente en el asunto ese de mantener adormecido a un sector amplio de la población, mientras unos pocos viven como reyes, sin cumplir ninguna de las leyes que tanto pregonan.

En el esquema de funcionamiento del capitalismo de hoy, que ha mutado para adaptarse a los cambios de una manera que haría estremecer de emoción a Darwin, los valores y las normas del funcionamiento social se distorsionan de manera masiva a través de las nuevas formas de comunicación -también en poder del capital- , que utiliza la tecnología (big data, algoritmos) para crear la sensación, -en muchos casos convencimiento- de que esos valores que aceptas como propios, también son propios para la mayoría. Se crea una falsa noción de consenso. Falsa porque omite deliberadamente a otras mayorías, que, al no figurar en el mundo virtual individual se asume que no existen con criterios de masividad. El otro es siempre otro en singular, nunca en colectivo, porque así es más fácil de aniquilar, teórica y físicamente. Así, el primo comunista, la excompañera de colegio chavista, la examiga que “se metió” a feminazi o el vecino activista gay, constituyen excepciones deplorables a la regla. A lo que se entiende como “normal” y “bueno”; a lo que “todos” sabemos que está bien porque lo dice la Biblia, el cura o la cadena de WhatsApp de autoría desconocida.

La disociación y la doble moral se evidencian cuando, por ejemplo, quien se hace rico robando a la nación (corrupto) es declaradamente opositor o empresario capitalista, porque este último “valor” exime de culpas por delitos que en “el otro” son deleznables. Lo mismo ocurre, pongamos, si es un activista gay de derecha. Para el capitalismo está bien visto defender esta causa, porque quizá la persona sea gay, pero probablemente también sea blanca, con estudios, recursos y defensora de un derecho civil (matrimonio) que no altera la estructura del sistema; si no, miremos la campaña gay friendly de Biden-Harris. No pasa lo mismo cuando es una persona homosexual que viene de un contexto de violencia, pobreza y dificultades, porque en esos casos vuelve a ser el otro, el anormal, la amenaza a la supuesta sociedad ideal en la que está prohibido pensar y discutir acerca del mundo real en el que vivimos, lleno de gente diversa y con millones en condiciones de injusticia, condenados a la miseria para que unos pocos puedan disfrutar de la opulencia que tantos antiderechos solo pueden soñar y admirar desde lejos; porque, lo acepten o no, están más de acá que de allá.

La gente “de bien”, rica o desclasada, siempre tan del lado de los que más tienen, de los privilegiados, aceptando o no su doble moral, puede creerse que cumple con las normas del buen samaritano, porque da limosna o porque contrata a un chofer chavista mientras los defenestra cuando exigen derechos, cambios y justicia, pero deben recordar aquello de que con la vara que midas, serás medido.

Mariel Carrillo García