Celia, 18 años después, sigue montando la rumba

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La escena ocurre a finales de los 90, en un hotel de Cali. Celia Cruz acaba de regresar de un concierto y recibe la llamada de una aliviada Lil Rodríguez, quien le dice que en Venezuela corría el rumor que había fallecido en Nueva York. Celia saca el vozarrón y le grita a su esposo, el músico Pedro Knight: “¡Oye, Pedro, por tu vida, me acaban de matar otra vez!”.

En ese tiempo todavía no se hablaba de fake news ni había redes sociales, pero no hizo falta porque el cuento se regó nada menos que en el Estadio Universitario, repleto por un Caracas-Magallanes. El chisme, entonces, se volvió viral y se hizo tendencia, como se dice ahora.

Celia no acostumbraba atender a nadie después de los conciertos. Extremadamente cuidadosa de su instrumento de trabajo, trataba de hablar solo lo necesario luego de haberse empleado a fondo (y conste que no conocía otra manera de hacerlo) en el escenario. En este caso lo hizo porque le tenía un afecto especial a Lil Rodríguez, a quien llamaba “la Trasnochadora de la Salsa”, debido a su programa para noctámbulos en Radio Capital.

Al día siguiente, cuando otros medios la entrevistaron y pretendieron decir que era el primer contacto de Celia con el público, luego del infundado rumor, ella los puso a uno por uno en su sitio: “¡Déjate de cosas, que la primera que me ubicó fue la Trasnochadora!”.

“Con Celia sostuve una fraterna relación, una particular amistad. Ella sabía que yo iba mucho a Cuba. Cada una con su manera de ver el mundo, pero nada empañó el cariño mutuo. Una vez un periodista cubano, Omar Vásquez, del diario Granma, me dijo que cuando murió la mamá de Celia y ella solicitó permiso para ir a Cuba, el Gobierno cubano se lo concedió, pero el telefax que llegó a Miami nunca le fue entregado, y ella se quedó con el resentimiento de una negativa que no fue nunca tal. Yo se lo conté. No me dijo nada, solo tomó mi mano, con tristeza, como cansada, recuerda Lil.

El dolor de Celia por no haber podido estar en el funeral de su mamá era doble. Catalina Alfonso, que también tenía una voz hermosa, había sido, además, su descubridora y la principal impulsora de sus pasos iniciales. Animaba a la pequeña Celia a cantarles a sus tres hermanos –Dolores, Gladys y Barbarito– y a una chorrera de primos que se la pasaban en la casa familiar, en el barrio “Santos Suárez”, de La Habana.

La madre acompañó a la futura “Guarachera de América” desde que, a los 12 años, cantó para un turista y este quedó tan impresionado que le obsequió un par de zapatos. El método resultó efectivo para dotar de calzado a los demás niños de la casa.

Al padre, Simón Cruz, obrero de ferrocarriles, no le gustaba la idea de que su nena fuera cantante. Quería que estudiara para ser maestra y Celia casi logró complacerlo. “Cuando estaba a punto de terminar la carrera, la abandonó para ingresar en el Conservatorio Nacional de Música. Ya por entonces cantaba y bailaba en las corralas habaneras y participaba en programas radiofónicos para aficionados, como La hora del té o La corte suprema del aire, en los que obtenía primeros premios, tales como un pastel o una cadena de plata, hasta que por su interpretación del tango Nostalgias recibió un pago de quince dólares en “Radio García Cerrá”, reseñan los autores Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004), en su trabajo Biografía de Celia Cruz.

Después de aquellos inicios como aficionada, Celia saltó sin demasiados intermedios al estrellato. Así lo cuentan los citados biógrafos: “Más tarde cantó en las orquestas Gloria Matancera y Sonora Caracas y formó parte del espectáculo Las mulatas de fuego, que recorrió Venezuela y México. En 1950, cuando ya había intervenido en varias emisoras, pasó a integrar el elenco del célebre cabaret Tropicana, donde la descubrió el director de la Sonora Matancera (…) Celia acabaría siendo el alma del grupo, la orquesta viviría su edad de oro”.

Corrían los años 50, es decir, que Celia estaba apenas en sus 30 y era una negra con una presencia tan espectacular como su voz, una voz que –tomando prestada la letra de una de sus canciones emblemáticas, Tu voz, de Ramón Cabrera Argote– era ya “tañer de campanas, al morir la tarde, gemir de violines en las madrugadas, susurro de palmas, ternura de brisas, trinar de sinsontes en la enramada, cristalina corriente, cual una cascada / un divino poder para enternecer”.

La fuerza de la historia –más allá de lo musical– obligó a Celia (y a la Sonora en su totalidad) a dar un giro luego de la Revolución Cubana. En los primeros años, ella no se guardaba sus opiniones contra el nuevo gobierno. Con el paso del tiempo habría de moderarse, al menos públicamente.

En 1962 se casó con el trompetista Pedro Knight y tres años más tarde ambos dejaron a la legendaria orquesta. Desde entonces peregrinarían por las mejores agrupaciones del Caribe. “Nunca formaron una orquesta propia, pero viajaban con las partituras, buscaban una en cada país y Pedro la dirigía”, cuenta, de nuevo, Lil.

Setenta álbumes y ochocientas canciones, cosechó veintitrés discos de oro y recibió cinco premios Grammy. Siempre encomendada a Yemayá, luchó varias veces contra el cáncer y logró vencerlo, hasta que el terrible mal se apoderó de su cerebro.

Hoy, a los 18 años de su partida, se cumple la profecía que ella entonó (un tema compuesto a guisa de despedida por Dino Fekaris, Freddie Perren y Oscar Gómez Díaz ):

“Mientras pase una comparsa con mi rumba cantaré / Seré siempre lo que fui con mi azúcar para ti / Y oye mi son, mi viejo son / Tiene la clave de cualquier generación / En el alma de mi gente, en el cuero del tambor / En las manos del conguero, en los pies del bailador / Yo viviré, allí estaré”.

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La dicha de ella

Hacer el perfil de Celia Cruz se facilita mucho si uno oye su tema autobiográfico La dicha mía, en el que va contando y cantando su carrera.

“La verdad es que he sido muy dichosa / la suerte mía no se puede comparar / imagínense, empecé con La Sonora Matancera / allá en mi Cuba la más popular (…) Salí de Cuba rumbo a Nueva York / en busca de otro ambiente / y al llegar, tuve la dicha de grabar con Tito Puente / (…) Esto no se queda así / lo bueno viene, mi hermano / después conocí a Johnny Pacheco / ese gran dominicano / La verdad es que con Pacheco causamos gran sensación / y después vino Abusó / con el gran Willy Colón (…) Santa Bárbara bendita / de mi suerte tú eres dueña / después vino Papo Lucca / con su Sonora Ponceña (…) La suerte mía señores / la verdad, la verdad no tiene nombre / este número grabé con mi amigo Pete el Conde (…)”

En su recuento rumbero menciona también a Charly Palmieri, René Hernández, la Sonora Caracas y hace referencia a varios de sus grandes hits como Caramelo, Quimbara y Usted abusó.

Por supuesto que si hubiera incluido todos sus éxitos, el tema habría resultado demasiado largo. Y siempre habrá quien eche de menos alguna de sus maravillosas interpretaciones, incluyendo el bolero Dile que por mí no tema y la rumberísima Bemba colorá. Si me preguntan a mí, no dejaría fuera Gracia divina de la ópera-salsa Hommy. ¿Usted qué dice?

Clodovaldo Hernández