LA CARAQUEÑIDAD | ¿Dónde están los cines de la avenida Sucre de Catia?

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Debería pervivir este emblemático lugar.

Así como se desvanecieron el marchante turco, el amolador italiano, la vendedora de conservas y majaretes, el tintorero chino, la señora del san, el pociclero oriental, la partera, el raspadero maracucho, la señora del ponche andino, el vendedor de dupletas o el zapatero árabe, oficios ambulantes todos, así mismo, producto de la evolución –algunos la llaman dinámica– y la metamorfosis de la ciudad, desaparecieron todas las salas de cine que una vez engalanaron y le dieron fama a la avenida Sucre de Catia desde hace casi un siglo.

El crecimiento poblacional demandaba muchos servicios y sitios de distracción y esparcimiento, entre otros, los cines resultaron respuesta efectiva. De los que hubo apenas sobrevive el remozado Teatro Catia –reactivado porque funcionó un tiempo como depósito de lo que sea–, diagonal con la plaza epónima del Abel de América.

Pero qué es de la vida del Miraflores, del Para ti –entre Monte Piedad y Caño Amarillo–, del Lídice –en Lídice–, del Bolívar, del Teatro Venezuela, Los Flores –en Los Flores– y del Variedades, todos en la avenida Sucre o su adyacencia. Eso sin nombrar el Cristo Rey –en el 23 de Enero–, el México y España –ubicados en la desaparecida av España ahora bulevar de Catia–, Esmeralda, Pérez Bonalde, Propatria y mucho más tarde Cinemalago –Cinemalandro para los jodedores–, otras emblemáticas salas de cine del resto de Catia.

Fueron todos prósperos escenarios no solo para la industria cinematográfica sino para espectáculos en vivo, donde por cierto el público caraqueño pudo deleitarse en más de una oportunidad de presentaciones en vivo de las nacientes o ya consagradas estrellas internacionales procedentes básicamente desde Cuba, México o Argentina.

Desde el 11 de julio de 1896 cuando el empresario Luis Manuel Méndez introdujo el vitoscopio a Maracaibo y Antonio Pimentel –compadre de Juan Vicente Gómez– le dieron vida al cine en Venezuela, las salas de proyección fueron proliferando… Caracas y Catia tienen un antecedente particular con algunos colegios privados que adecuaban espacios como salas de proyección privadas con cuyos recaudos cubrían los costos de las matrículas escolares. Es parte de otro cuento.

Miraflores Para ti

De este a oeste quien recorriera la avenida Sucre se topaba en la esquina de Agua Salud –al lado del cuartel de la Casa de Honor– con el cine Miraflores. Muy cerca de él, pero entre Caño Amarillo y la calle Colombia de Monte Piedad, estaba el Para ti.

En las inmediaciones tenía vida propia –herencia de su cercanía con la estación de Ferrocarril de Caño Amarillo– una famosa zona de tolerancia con varios abrevaderos etílicos entre los que destacaba La Cueva del Humo. Sitios, muchas veces improvisados, donde las almas solas hallaban compañía, compresión y desahogo a muy bajo costo, incluida la estéril lucha por evadir las molestosas jeringas de penicilina que restauraban las huellas de ese amor comprado. Valía aquello de que “después de un buen gusto, un buen susto” porque se trataba de “carne importada” en alusión a la plurinacionalidad de las afanadas trabajadoras del sector.

Las proyecciones eran similares a las del resto, con preminencia de documentales, películas de luchadores mexicanos, de charros, acción de indios y vaqueros hasta que llegaron los western espagueti, con las escasas producciones nacionales, en horarios vermout (11 am), matinés (3 pm), vespertinos (5:15), intermediario (7:15) y nocturno (9:15). Aunque luego nació el cine continuado que garantizaba al usuario ver la misma película en todos los horarios…

De cine a Bazar

El Teatro Bolívar está inscrito en la historia porque debutó con el cine sonoro en el país y de los de Catia era el referente como sala de estrenos. En esos días era un cine basado en producciones silentes, en blanco y negro y con escasa tecnología hasta que llegó el color y se perfeccionaron detalles técnicos.
Contaba con una zona de descanso para las damas, estacionamiento que incluía servicio de valet parking, según varios cronistas que no dudan en calificarlo como uno de los mejores cines del país por su lujo y el confort.

Funcionó desde 1929 hasta 1973 cuando cerró sus puertas y luego de una remodelación interna se convirtió en el famoso Bazar Caracas, una tienda por departamentos, competencia del Bazar Bolívar.

De cine a Bazar, a refugio de damnificados y luego una serie de invasores que debido a su comportamiento inusual y anárquico dividieron internamente los espacios en una suerte de parcelas donde habitaban, divididos con cartón piedra, en medio de una innegable insalubridad, que se le dio justificadamente el nombre de Ciudad Perdida. Hoy, aquel histórico cine Bolívar es sede de mini locales sin sentido ni orden. Ahí está residencias Sucre de la Gran Misión Vivienda Venezuela.

Cenizas y mueblerías

El Variedades, en la esquina de la calle La Industrial a la altura de Los Frailes, quizás el último en la cronología de las otrora modernas salas de cine de la avenida Sucre de Catia, tuvo un poco más de un año de funcionamiento, ya que fue quemado y vandalizado por el público.

Cuentan los cronistas, aunque faltan detalles más específicos, que la moderna sala con aforo para 700 espectadores en modernas butacas y con espacios para exposiciones artísticas, inaugurada en 1957, fue víctima de un costoso error del encargado de montar los rollos enlatados en el potente proyector. La pantalla gigante reflejó un micro en el que aparecía en recién derrocado Marcos Pérez Jiménez en promoción de su gobierno. Ello enardeció al público y literalmente encendió la mecha de la anarquía con el lamentable saldo.

Nada quedó de la parte interna. Hoy un azul marino opaco orna la fachada de una gran sala de exposición de muebles –de regular calidad, baja estética e incomprables ante el diezmado poder adquisitivo del catiense–, similar a la que exhibe también desde hace bastante tiempo el famoso vecino de enfrente o diagonal Teatro Venezuela.

Solo, como se dijo, queda el Teatro Catia. Veremos…

Luis Martín / Ciudad CCS