EstoyAlmado | Nosotros, los románticos

Manuel Palma

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Para algunos hablar bien del país es un sacrilegio. Ser romántico con lo nuestro es merecedor de una mentada de madre de marca mayor. La cosa funciona así: el prejuicio inquisidor indica que siempre, siempre, debes hablar mal, muy mal, de tu país, Venezuela. Se cree que la narrativa maldiciente contra nuestra propia tierra le hace daño a la revolución, y no a nosotros mismos como pueblo. ¿Quién se atreve a hablar mal de lo suyo, de sus orígenes y de su terruño? Quienes lo hacen ahora se autoproclaman en redes sociales dizque “ciudadanos del mundo”. Se presentan como ‘figuras públicas’ con un estatus superior de anime, casi nacidos por error o infortunio en Venezuela.

Esta mala práctica viene a ser la etapa superior de aquella idea maniquea de que lo nuestro “no vale, no sirve”, lo cual refleja un desprecio innato por haber nacido aquí. Conocí a alguien con esa condición: se sentía incómodo y molesto por ser venezolano. Y no ahora que estamos en crisis, hablo desde mucho antes, incluso en época de bonanza. No le gustaba la comida, la música, las tradiciones ni nada que nos identificara como pueblo. Se definía a sí mismo como un ser transculturizado, ajeno a este país aunque nació en él. Por supuesto, ya no vive acá. Era de esperarse.

Aunque ese antivenezolano transculturizado fue tal vez una excepción, ahora desde afuera intentan que nos sintamos como él. Es una campaña subrepticia atizada con xenofobia profundamente antivenezolana. Se trata de una profusa propaganda de odio y racismo que nos presenta como “como una enfermedad”, tal como nos llamó el infausto Julio Borges. En algunas latitudes se ha creado un prejuicio malsano que impide que venezolanos expresen abierta y públicamente su amor al país. No son tan libres como les prometieron.

En tanto, acá en el país se entremezcla con alevosía cierto desprecio hacia lo nuestro con la severa crisis que estamos afrontando. Es como si andar molesto por la actual coyuntura nos hace menos venezolanos y, en un arrebato de miseria, deseáramos que al país le pase lo peor, “porque es la única salida”. Es una matriz azuzada desde el norte por nuestros propios ¿compatriotas?, que fomentan este tipo de intervención moral, teledirigida por redes y medios electrónicos. En época electoral se suele notar más.

En ese contexto de frenesí ponzoñoso, es de esperarse que Venezuela sea deformada salvajemente en el exterior. Para cierta prensa amarilla somos la sangre que alimenta el morbo de una audiencia adicta a saber más de la ´desgraciada Venezuela´. También somos potencia para cambiar resultados electorales y sembrar miedo en otros pueblos, más del que debieran sentir por sus gobernantes y clases políticas. Todos coinciden en algo: nada que sea positivo nos puede caracterizar como venezolanos, a menos que sea algo irremediablemente inevitable o vinculado al valor transnacional.

Lo peor es que acá adentro hay quienes avalan esa deformación construida, aunque sepan -según sus propias vivencias- que ese árbol caído que describen no engloba el bosque en su totalidad. Es cierto que algunas cosas no son como hace cinco años atrás, pero ¿quién dice que no estamos mal? Hay fallas en los servicios de suministro de gasolina, luz, agua y gas. Los salarios no dignifican a los trabajadores como debe ser en revolución. El aumento criminal de los precios asfixia el precario ingreso de la mayoría, que a diario intenta burlar la incertidumbre económica. ¿Eso acaso no existe? Claro que sí, eso está ahí, y obedece a causas multifactoriales, unas más graves que otras. Hoy pocos dudan que el bloqueo no sea una de ellas.

Pero reducir nuestros problemas, padecimientos y sufrimientos como lo único que somos capaces de ser como país, es no querernos. El odio no es nuestro cristal para mostrarnos al mundo, ni tampoco nos define. Venezuela es ingenio, creatividad, chalequeo, maravillas naturales, orgullo nacional, superación, resistencia, estudio, inclusión, consciencia, solidaridad, justicia social, perseverancia, combate y patria.

Es inconcebible, por ejemplo, que al país venga un youtuber mexicano (Alex Tienda creo que se llama) y, en medio de la adversidad y tempestad, dé una lección de cómo se debe valorar más al país a muchos que se hacen llamar venezolanos. No permitamos que el antivenezolanismo de autoexiliados que trafican con nuestra situación, nos haga dudar u omitir de donde venimos y lo que somos como nación caribe. Es digno seguir siendo verdaderamente venezolanos, aunque nos acusen de querer romantizar nuestros problemas y virtudes nacionales, y no adoptar falsos abismos de identidad transculturizada.

Manuel Palma | @mpalmac