CARACAS EN ALTA | Caracas-La Guaira

Nathali Gómez

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Uno no sabe que pudiera ser el reverso hasta que está en el anverso y mira hacia su lugar. O tal vez sea al revés. Lo que es obvio necesita ser contemplado para tratar de entender su obviedad.

Hace unas semanas estuve en La Guaira por pocos días. Una madrugada, me levanté a ver el amanecer y tuve que girar la cabeza hacia un lado no habitual. El espectáculo del rojo incandescente que pareciera surgir del mar embruja a quienes solemos ver el sol en disputa con los ángulos rectos de los edificios en Caracas, que pareciera querer impedir su llegada a la ciudad.

Cuando estoy en el Ávila también espero la puesta de sol, que ocurre, como sabemos, en el oeste de la capital. En ese caso, una agónica luz va tratando de impregnar el ladrillo y el concreto para terminar desapareciendo en la montaña. Pareciera que el día no quisiera irse pero inevitablemente tuviera que hacerlo, para cumplir otros compromisos, en lugares distantes.

El hecho es que las observaciones del alba y el crepúsculo, así como lo habrán hecho hace miles de años quienes nos antecedieron, permite saber dónde estás y hacerte preguntas. La primera observación obvia es que sólo con atravesar una autopista y entrar al vientre de la montaña se pasa de estar en el norte de Caracas, donde vivo, al centro-norte del estado La Guaira, en Macuto, donde me quedé.

Esa pequeña modificación hace que el sol salga y se oculte por otros lados. El nuevo norte es el infinito del mar y la vida que ocurre más allá de nuestro territorio, y no del Ávila, siempre presente.

Desde Macuto uno mira hacia la montana y trata de descifrar a cuál parte de Caracas corresponde. Además, es asombroso el cambio de paisaje tan abrupto que ocurre solo por estar separados por esa elevación rocosa que crea la sensación de cobijo en el valle donde vivimos.

En Caracas suelo mirar al Waraira Repano para saber dónde estoy o para ubicar dónde está el norte; en Macuto solo miro la montaña para tratar de intuir dónde podría estar la ciudad que dejé atrás. Es curiosa esa búsqueda de lo que somos para sentirnos parte de algo, aún estando tan cerca.

Ya en el capítulo de la imaginación, también se piensa cómo sería Caracas sin la montaña y qué sería de nosotros teniendo un lejano mar como horizonte. ¿Habría la misma sensación de protección?, ¿sentiríamos nuestros límites más difusos?, ¿los conquistadores se hubieran hecho con la ciudad más rápidamente?, ¿cómo estaría distribuida tanta planicie?

No tengo la respuesta y me gustaría saber lo que piensa un guaireño de vivir en el anverso, o reverso, de una realidad. ¿O tal vez seamos nosotros, los caraqueños, los que estamos en la otra cara de la moneda?

Nathali Gómez