MICROMENTARIOS | Comidas locas

Armando José Sequera

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Me han invitado muchas veces a comer y en demasiadas ocasiones el menú o parte de él ha sido espantoso. Aunque he anticipado que soy vegetariano, me han convidado a más de una parrillada. Y es que, aunque parezca increíble, hay quienes piensan que se puede ser vegetariano aun comiendo cualquier tipo carne, en tanto esta no sea de res.

Por si fuera poco, la falta o exceso de imaginación y lógica de muchas personas las lleva a obviar que los vegetarianos comemos casi cualquier cosa, en tanto no contenga alimentos de origen animal y, nos reducen la minuta a dos o tres platos. Siempre los mismos. Eso, cuando no piensan que amamos los platos a lo doctor Frankenstein, híbridos entre la locura y el mal gusto.

Unas amigas, pretendiendo agasajarme, tras yo obtener un premio literario, me invitaron a comer un sancocho de chivo con arvejas, ensalada de pavo y piña y, de postre, un quesillo cubierto con jalea de mango y jengibre rayado. Como bebida, un batido de guama con cúrcuma y anís estrellado. Demás está decir que ese día murió nuestra amistad.

No olvido la cena navideña con un par de hallacas vegetarianas. Las mismas contenían una mezcla abominable de brócoli, alcaparras, aceitunas negras, papas y zanahorias cortadas en juliana, huevos sancochados en rodajas, trozos de coco, piña y mango, y tanto ajo como el que puede haber en una feria gastronómica gallega.

Otro día me convidaron a las consabidas berenjenas a la parmesana que, en la mente de muchas personas, parece ser el único alimento de los vegetarianos. Solo que a estas las habían cocido en el caldo de un cruzado de chigüire, gallina y jurel. Luego, en el horno, las cubrieron con bechamel y salsa bologna.

A veces me he eximido de comer postres, luego de ver los que me ofrecen: torta de auyama con trocitos de chocolate oscuro en su interior, cubierta de mermelada de guayaba y confeti; quesillo de menta y yerbabuena; dulce de tamarindo con palmito, clavos de olor y baño de leche condensada; el dulce de lechosa con crema pastelera y un pastel de acelga y espárragos con base de puré de plátano, perejil y papelón.

Pero nada como el helado de ajo, cebolla, cebollín y ajoporro con topping de arequipe y chocolate o el arroz caramelizado con galletas oreo espolvoreadas.

Lo anterior es un recuento de platillos relativamente bien hechos. También he padecido otros servidos sin estar a término, semiquemados, quemados, chamuscados, ahumados y crudos.

Comerse un arroz semicrudo y plátanos fritos carbonizados es lo más parecido a una tortura ideada por un chef criminal. Beberse un jugo de moras al que en vez de azúcar le han echado sal es casi una declaración de guerra.

Y ni hablar del batido de aguacate con pulpa de tamarindo y cambur, endulzado con aspartame; la pizza vegetariana con mango, piña y queso azul; una tortilla de papas con gotas de chocolate y frutas confitadas por arriba; y una ensalada de algas Sargassum sp y Gracilariopsis sp, a la que agregaron queso cheddar. Fue hace más de una década y aún me produce agruras.

Armando José Sequera