HISTORIA VIVA | Bolívar de niño a ser mitológico

Aldemaro Barrios Romero

0

No seré de extremos como a veces lo es Eduardo Rothe en algunos de sus escritos, pero alguien me preguntará: ¿Para qué escribir sobre el nacimiento de Bolívar o sobre el Bolívar mitológico del imaginario popular si la gente está más pendiente de buscar una bolsa de comida para llevarla a la casa?. Bueno, porque a pesar del bloqueo y todas las ofensas hechas contra el pueblo venezolano y los pueblos nuestroamericanos que no se arrodillan ante las presiones e intenciones de los “potentados” del norte, todavía tenemos coraje para reivindicar nuestra memoria histórica y explicarnos porqué a pesar de todo, nos levantamos rebeldes ante la adversidad como lo hizo Bolívar y el ejército libertador en su tiempo.

Simón Bolívar nació en cuna rica, eso lo sabemos, que el trágico destino de su niñez al quedar huérfano de padre y madre en edades tempranas, no amilanó su espíritu travieso y ese afán por el hacer indomable que le acompañó hasta sus últimos días. ¿Fue su componente genético un núcleo centrífugo de acciones y pensamientos liberadores por orden natural? No, nadie nace Libertador, ni predestinado por la Providencia, a Bolívar lo formaron y se hizo en medio de las dificultades, pero sobre todo por quienes marcaron su personalidad primera.

El niño Simón fue amamantado por Hipólita, la negra esclavizada que orgullosa fue su nodriza y quien recibió durante toda su vida el cariño de Bolívar y a quien el Libertador calificó como padre y madre. Había bebido su leche, le había cargado en sus brazos, le brindó aquella mirada que dan las madres cuando alzan al niño por sobre sus ojos y se produce la mágica conexión de los afectos más entrañables. Hipólita lo protegió como si fuera suyo y llegó a amarlo como un hijo, no fue su hijo biológico como Dionisio pero lo quiso como tal, ese amor recibió la gratitud devuelta del ya hombre Simón Bolívar.

¿Qué significaba vivir entre los esclavizados y esclavizadas que cuidaban de él como lo hizo en la hoy Cuadra de Bolívar? Aquí se disolvieron las razones de odio de clases, no porque se desvanecieran las condiciones de clase, se trata de un niño que vivió de cerca el sufrimiento de los iguales a su Hipólita e incubó en su conciencia lo que luego fue un compromiso mil veces reprobado por los propietarios que abogaban por sus intereses en las salas legislativas del siglo XIX.

Bolívar levantó como estandarte la abolición de la esclavitud. ¿Porqué? Algunos dirán: fue por compromisos con Petión, fue por una conveniencia política para sumar los esclavizados a la guerra, o fue porque desde niño lo negro de la piel no le era extraño y la narrativa afro e insurgente que recibió del sitio, tanto en su casa natal como en la hoy Cuadra de Bolívar, como en los paseos junto a Dionisio (hijo de Hipólita) de Matea, y por supuesto de su madre nodriza la Negra Hipólita le dieron las razones para pensar en una felicidad postergada.

El joven Bolívar tuvo como maestros al licenciado Sanz, al padre Andújar, Guillermo Pelgrón, Carrasco y Vides, el padre José Antonio Negrete, Andrés Bello, pero fue Simón Rodríguez su gran mentor e inspirador, quien a lo largo de sus años mozos y luego como adulto buscó, ayudó y recurrió ante los propósitos políticos educativos que la República se propuso. Cada uno de sus maestros le dio materias propias de la época, aritmética, catecismo político, doctrina cristiana, geografía, cortesía y urbanidad. A Rodríguez le tocó dar las materias de ciudadanía, lectura, escritura, que fueron determinando la forma en que el joven destacó sus habilidades filosóficas, políticas, diplomáticas y jurídicas.

En la casa de los Bolívar, destinada a las faenas de acopio de productos y de los menesteres propios de las cargas de carretas y caballerizas, activada por esclavizados y esclavizadas cerca del río Guaire, hoy conocida como Cuadra de Bolívar, el joven recibió sus primeras enseñanzas de quien luego sería su mejor amigo y mentor: Simón Rodríguez. El método de instrucción y los razonamientos del maestro Rodríguez eran distintos a los que tradicionalmente se aplicaban, eran clases con paseos, con observación de los fenómenos naturales hechos relatos pedagógicos, con una narrativa lúdica y recreativa, por supuesto los conocimientos eran fácilmente aprendidos por aquel breve adolescente, en pleno desarrollo de sus facultades cognitivas. Ese mismo maestro ya pensaba en el valor de las “maestranzas o escuelas técnicas en los campos remotos que las más pontificias universidades de las grandes urbes” donde según él se enseñaba “la vanidad de los doctores” contrario al espíritu republicano.

Probablemente mientras el muchacho Simón Bolívar estuvo recibiendo lecciones de parte de Simón Rodríguez, este maestro y pensador presentó a las autoridades del Ayuntamiento de Caracas en 1794 sus propuestas críticas al sistema educativo de entonces, titulado “Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y el medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento”. Un fragmento de este texto lo analizamos para evocar el sentido popular de la educación que proponía Rodríguez en una sociedad de privilegios para una élite:

Es la ciudad extensa y populosa. No puede en una sola casa, ni por un solo maestro, enseñarse el número tan considerable de niños que contiene. Lo primero porque la distancia no permite la asistencia. Lo segundo porque aunque lo permitiera no cabrían en ella. Y lo tercero porque aunque cupieran, no se entenderían. Es, pues, necesario distribuir en varias partes… Hallándose dividido el pueblo en cuatro feligresías para más pronta administración de los sacramentos e instrucción de la doctrina cristiana: no es menos importante que haya en cada una, una escuela que ayude en parte al párroco, y en todo a los feligreses para la perfecta educación de los niños” (1).

Esta propuesta de Rodríguez hecha al Ayuntamiento de Caracas fue elevada hasta la autoridad de la Real Audiencia, que lo rechazó. Bolívar, de 11 años de edad, estaba recibiendo clases particulares de este maestro “apóstata” que tres años después, salió a migrar por el mundo con el nombre de Samuel Robinson, justo cuando a Gual y España se les colgaba en la Plaza Mayor de Caracas y a otros se les persiguió como a Juan Bautista Picornell, a propósito de los vientos insurgentes revolucionarias que llegaron a las costas de Suramérica a raíz de la Independencia de Estados Unidos y de la Francia republicana y rebelde de finales del siglo XVIII.

Rodríguez fue un lector y seguidor de Juan Jacobo Rousseau y de allí la pasión de Bolívar por los autores franceses, sin lugar a dudas la semilla insurgente fue sembrada y su fruto trajo consecuencias que aún hoy son los resultados de una educación primera cuando depositó en un niño los componentes básicos para formar a un republicano, a una nueva sociedad pero que además dejó para la historia las posibilidades de una transformación social que hasta hoy sigue impactando a millones de seres humanos en el continente americano y en el mundo.

Pero volvamos al nacimiento de Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. Si Bolívar hubiera sido un niño rico más, que creció y se cansó de explotar a sus esclavizados como propietario colonial mantuano, viajando por el mundo, a costa del sudor de sus empleados, cosa que hizo durante un tiempo hasta que se encontró con el maestro “apóstata” Simón Rodríguez, no estuviéramos ocupados escribiendo sobre él. Hubiera sido uno más. Ni tampoco los negros y negras de Capaya lo hubieran hecho suyo al decir que ese niño nació allá en Barlovento, ni la suerte de este continente hubiera andado los derroteros que hoy hacen esperanzar a millones de habitantes en el mundo.

Tampoco intentamos endiosar a un ser humano que tuvo la dicha de ser él quien recibiera las dotes de un liderazgo que supo construirse a sí mismo, ordenar y administrar para unir a un pueblo en torno a un enemigo común. Un hombre que fue capaz, a pesar de su pequeña estatura física, de convencer a unos gladiadores como Bermúdez o Páez, aplicando las destrezas políticas de su equipo más allegado, que logró la unidad de mando y la unidad del pueblo en una guerra multitudinaria de dimensión geográfica continental y que no fue una estrella fugaz que lo iluminó sino que se hizo por ensayo y error, así como hizo un gigantesco Estado Nación que fue Colombia con su INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeourum) en el pecho, traicionada por la ambición pequeña y los pensamientos diminutos.

Aldemaro Barrios Romero – Red de Historia Caracas | venezuelared@gmail.com

(1) Peñalver Bermúdez, Luis Rafael. Historia de la educación venezolana, documentos 1687 1870. Publicado el 14 de junio de 2014. Disponible en: https://issuu.com/luispenalver3/docs/historia_de_la_educacion_venezolana