Perfil | Caracas (des)pensándose y (re)pensándose

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Van dos personas por la misma autopista y resulta que una va por la Francisco Fajardo y la otra por la Gran Cacique Guaicaipuro. En algún momento mira una hacia el norte y ve el maravilloso e inigualable cerro Ávila. La otra hace lo mismo y ve al maravilloso e inigualable Waraira Repano. ¿Qué les pasa? Pues que están en Caracas, una ciudad realista-mágica que siempre está (des)pensándose y (re)pensándose, demoliéndose y rehaciéndose, reinventándose, resignificándose. Una urbe que hace ebullición en un caldo de amor-odio, de lujo-miseria, de progreso-atraso y de cuanta bipolaridad se nos ocurra.

Desde el comienzo, al parecer, hemos sido así. Solo que ahora todo se ve magnificado por las lentes globales empeñadas en observarnos día y noche por ser la capital de un país que se salió del redil a destiempo, cuando ya nadie se lo esperaba. Con esos grandes focos alumbrándonos, el hervidero natural que somos se pone todavía más caliente.

Fuimos así desde que los invasores españoles se empeñaron en fundar aquí una ciudad, siendo esta tierra de los indígenas que la habitaban, igual que el continente todo y sus islas. A diferencia de los nativos de otros lugares, la brava gente originaria de estos valles se resistió cuanto pudo frente a un enemigo mejor armado, muy sanguinario y que ni siquiera los consideraba seres humanos.

Les costó apoderarse del territorio, tuvieron que bañarlo en sangre y valerse de los servicios de mestizos que utilizaron su lado indio para imponer el yugo del conquistador europeo. Más de cuatro siglos después de aquel capítulo del gran etnocidio americano, en Caracas se libra una lucha simbólica: si bien los indígenas fueron despojados de este idílico espacio, nada nos obliga a seguir rindiéndole pleitesía a los genocidas. Pero no es una pelea contra los fantasmas del pasado, sino frente a caraqueños y caraqueñas tan de hoy como cualquiera, esos que siguen desplazándose por la autopista Francisco Fajardo y mirando hacia el Ávila.

Los hechos escenificados en Caracas siempre están sujetos a reinterpretación. Lo explicó el historiador Alexander Torres en su discurso del Día de la Independencia: una cosa fue el 19 de Abril de 1810 y otra, muy distinta, el 5 de Julio de 1811. En el lapso de 14 meses, lo que había sido una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII se había transmutado en rebelión pura contra el poder colonial.

Varios notables caraqueños, entre ellos los dos más grandes, Francisco de Miranda y Simón Bolívar, lograron darle un vuelco al primer movimiento emancipador, radicalizarlo. Sin embargo, los que solo querían un cambio cosmético siguieron pugnando y terminaron por ser enemigos de la Independencia.

Hoy, dos siglos y tanto después, esta controversia sustancial sigue vigente, con actores modernos, pero que en esencia representan lo mismo. Si Bolívar viviera hoy modificaría su pregunta de la Sociedad Patriótica: “¿Es que quinientos años de calma no bastan?”.

Fallecido el titán Bolívar, deshecho su sueño de Colombia la Grande, Caracas se consolidó como centro de poder para la élite de guerreros devenidos en políticos. La ciudad fue, durante todo el siglo XIX, una plaza a tomar para conquistar el poder y la gran mayoría de los que lo lograron habían nacido en otras regiones. Puede decirse que solo Antonio Guzmán Blanco fue profeta en su terruño durante un tiempo significativo.

En dos épocas, los gobernantes tuvieron cierto desdén por la capital. A Juan Crisóstomo Falcón, ganador oficial de la Guerra Federal, le encantaba irse a Coro, el estado que ahora lleva su apellido. No le fue muy bien con eso. A Juan Vicente Gómez, por su lado, le dio por mudar fácticamente la capital a Maracay, pues el puesto de mando estaba donde él estuviera, aunque aquí hubiese un presidente pelele.

Contra Gómez tuvo gran peso el movimiento estudiantil de Caracas, aunque su efecto fue solo simbólico, pues el dictador gobernó hasta su muerte, en 1935. La capital volvería por sus fueros el 14 de febrero de 1936, ya con Eleazar López Contreras en la Presidencia, con la primera gran manifestación del siglo, en la que se estima que participaron unas 50 mil personas. Entre sus lemas estaba el rechazo a un gomecismo sin Gómez. Fue una reacción cívica a la represión con la que se había inaugurado el sucesor ante los disturbios por la muerte del tirano.

Caracas fue epicentro de casi todos los grandes acontecimientos políticos desde entonces: el golpe contra Isaías Medina Angarita, la Constituyente de 1947, la elección y el derrocamiento de Rómulo Gallegos (otro caraqueño, que solo gobernó nueve meses), la dictadura y el concreto armado de Pérez Jiménez y el 23 de Enero de 1958.

A lo largo de los 40 años del puntofijismo, la ciudad siguió creciendo, tanto formal como informalmente. Se hizo este valle de contrastes que hoy tenemos en el que conviven la opulencia y los vestigios del primer mundo, con la pobreza desenfrenada y cruel. La expresión histórica de esas contradicciones profundas fue el 27 de febrero de 1989, el célebre Caracazo, que (para no perder la costumbre) ha sido siempre objeto de interpretaciones diametralmente opuestas. Se ha dicho que fue la primera gran rebelión popular contra el neoliberalismo a escala global; o que fue un acto delictivo en masa perpetrado por gentes obtusas y resentidos sociales.

La misma doble manera de analizar y contar se encuentra en el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 y en todos los eventos que desde entonces se desencadenaron, literalmente, hasta el sol de hoy. Así es nuestra Caracas, siempre (des)pensada y (re)pensada; siempre demolida y rehecha; siempre echando candela.

Ni lo uno ni lo otro (todo lo contrario)

La frase que se atribuye a Carlos Andrés Pérez (el último líder andino que conquistó Caracas) sirve para definirla, pues esta urbe no es el lugar idílico que algunos quieren que sea (la sucursal del cielo, la de los techos rojos, la de la eterna primavera) ni tampoco el lugar dantesco que otros se empeñan en describir (la ciudad más insegura del mundo, un sitio sin ley, el reino de los kokis y los wislexis). Es un poco de cada cosa y es todo lo contrario.

En las fotos tomadas con ese fin, la ciudad queda plasmada como una postal hermosísima. Un brote de urbanismo a las faldas de unas montañas portentosas; un cielo resplandeciente; una luz peculiar que cambia con el transcurso del año… en fin, una cantidad increíble de atributos.

En las gráficas y videos captados con el propósito de dañar, de desmoralizar, de golpear bajo, Caracas es una infinita suma de perversiones y fracasos. La maquinaria mediática enemiga se apoya en lo que pasa y lo aliña con lo que inventa. Si se cae el piso de una pasarela en Caracas, opinan hasta los presidentes de otros países. Si se cae un edificio entero en otra parte, es una infortunada tragedia.

Este año, en los días previos al cumpleaños, la noticia mundial eran las bandas criminales actuando impunemente. El Estado respondió y la mediática abandonó el tema, por ahora. “Tranquilos”, dicen los expertos, “ya esta ciudad loca dará otro asunto de qué hablar”.

Ciudad CCS / Clodovaldo Hernández