HORIZONTE DE SUCESOS | El black metal llegó al llano (III)

Heathcliff Cedeño

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No teníamos un rumbo definido. Ninguno quería llegar a su casa, pero tampoco seguir bajo el sol calcinante del mediodía. En ese momento se nos ocurrió que podíamos ir a casa de Héctor, a quien todos llamaban Gusan, porque a principio de los 90 se obsesionó tanto con la banda Guns N’ Roses que lo apodaron así. Incluso llegó a vestirse con unas licras blancas, pañoleta roja y otro vainero colgando, pinta inaceptable en cualquier época.

Cuando faltaba una cuadra deliberamos quién sería el que iba a pegar el grito con la esperanza de que nos escuchara. Obviamente la primera en asomarse por una ventana fue la mamá. Nos vio feo y la escuchamos rezongar mientras llamaba a Héctor, que por la hora seguramente estaba en el solar.

Quitó las trabas que producían un sonido metálico y abrió la puerta. Como era costumbre, sabíamos que ya el gesto de abrirnos era suficiente. Evitamos el contacto visual para esquivar el insulto implícito y esperamos detrás mientras le aplicaba presión a la puerta carcomida y metía un pedazo de cabilla para sujetarla.

-¿Ustedes no hacen nada en todo el día?, preguntó mientras seguíamos por el pasillo angosto de tierra. Todas las alternativas que mencionó dejaban claro que se refería a lo productivo. Llegamos a un corredor techado donde había unas sillas de cuero y hasta ahí la acompañamos, nos echó una última mirada desdeñosa y se sentó de espalda a nosotros en un taburetico. Nadie dijo nada, pero todos nos quedamos pasmados viendo cómo la mamá del pana violaba algunas leyes de la física. Después de que nos fuimos Máquina dijo que se parecía una barquilla por cómo se desparramaba por los lados. Dejó de hacer comparaciones cuando no le seguimos la corriente.

Detrás de unos matorrales apareció Héctor haciéndonos señas para que nos llegáramos. Cuando nos acercamos nos dimos cuenta de que estaba con el pecho pelado porque hacía ejercicios con unas pesas de cemento. Nos miraba con indiferencia mientras escuchaba el relato de los discos nuevos. Entre serie y serie marcaba unas rayitas en la pared con un ladrillo y se llevaba las manos a la cintura. Ahora que han pasado muchos años y he hecho ejercicio en espacios callejeros y gimnasios me doy cuenta de que es una pose universal de los que se ejercitan. No he visto a mucha gente con las manos en la cintura en otros contextos.

-¿Y si hacemos una fiesta?, dijo bruscamente después de soltar las pesas. Todos asentimos un poco iluminados.

Heathcliff Cedeño

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