CARACAS EN ALTA | Otra Caracas de Bolívar

Nathali Gómez

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Si bien es cierto que esta columna hace honor a Caracas, mi ciudad, hoy no quise hablar del aniversario de su fundación porque sentí que podría repetirme y terminar diciendo lo mismo de los últimos meses.

Con esta muy breve exposición de motivos no busco dar un giro original a este escrito, en tiempos donde el acceso a internet hace que cualquier intento de novedad termine siendo una sucesión de textos en nado sincronizado.

Tiempo atrás me topé con la Elegía de Cuzco, una carta que le escribió Simón Bolívar a su tío Esteban Palacios y Blanco, a propósito de su vuelta a Venezuela, 40 años después de su partida. En el fragmento que comparto, de este documento del 10 de julio de 1825, el Libertador le explica a su tío lo que encontrará, tras años de guerra y devastación, que incluyen el terremoto de 1812 y la casi década del Decreto de Guerra Muerte.

El panorama de esa Caracas de 1825 no es el mismo de ahora, aunque muchos insistan en ver solo ruinas donde también hay enormes esfuerzos para seguir. Como demostró la historia, incluso en esa situación calamitosa, nos levantamos y nuestra existencia es prueba de ello. Hemos enfrentado (y enfrentamos) otro tipo de guerra donde, como sabemos, el enemigo no solo viene de afuera. Sin embargo, y como escribe Bolívar, hoy podemos decir que tenemos una ciudad resplandeciente de libertad.

“Mi querido tío: Vd. habrá sentido el sueño de Epiménides; Vd. ha vuelto de entre los muertos a ver los estragos del tiempo inexorable, de la guerra cruel, de los hombres feroces. Vd. se encontrará en Caracas como un duende, que viene de la otra vida y observa que nada es de lo que fue. Vd. dejó una dilatada y hermosa familia; ella ha sido segada por una hoz sanguinaria: Vd. dejó una patria naciente que desenvolvía los primeros gérmenes de la creación y los primeros elementos de la sociedad; y Vd. lo encuentra todo en escombros. . . todo en memorias. Los vivientes han desaparecido: las obras de los hombres, las casas de Dios, y hasta los campos han sentido el estrago formidable del estremecimiento de la naturaleza. Vd. se preguntará a sí mismo ¿dónde están mis padres… dónde mis hermanos… dónde mis sobrinos? Los más felices fueron sepultados dentro del asilo de sus mansiones domésticas, y los más desgraciados han cubierto los campos de Venezuela con sus huesos, después de haberlos regado con su sangre por el solo delito de haber amado la justicia. Los campos regados por el sudor de trescientos años, han sido agostados por una fatal combinación de los meteoros y de los crímenes. ¿Dónde está Caracas? Se preguntará Vd. Caracas no existe; pero sus cenizas, sus monumentos, la tierra que la tuvo, han quedado resplandecientes de Libertad, y están cubiertos de la gloria del martirio. Este consuelo repara todas las pérdidas, a lo menos, este es el mío, y deseo que sea el de Vd”.

Nathali Gómez