PUNTO Y SEGUIMOS | Simón, el hijo de la Matria

Mariel Carrillo García

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Simón Bolívar es, para varias naciones del continente, el Padre de la Patria. Así lo han presentado en la historiografía oficial de esas naciones hermanas, y también en la nuestra. Creador en pensamiento y obra de ese proyecto grandioso y tristemente efímero que fue la Gran Colombia, es claro que es un título bien ganado, aunque también uno que sirvió para que las oligarquías que le sucedieron lo relegaran a un lugar de fríos oropeles y estatuas de piedra. Ofrendado por fuera y renegado por dentro, el Libertador adquirió matices de héroe genérico, de padre distante en el tiempo y el espacio, y para las grandes multitudes y generaciones que fueron pasando en esas repúblicas (y en las vecinas) se fue diluyendo el “recuerdo” del Bolívar revolucionario, loco lindo, intenso, visionario, general, estratega, estadista, antiimperialista, galán y bailarín que nos liberó de los españoles con la intención de que nos convirtiéramos en una sola gran nación que pudiera jugar de igual a igual en el mundo por venir, uno que ya avizoraba complejo para quien fuera pequeño y anduviera solo.

Así, con el tiempo fueron proliferando las estatuas y disminuyendo quienes tenían consciencia de su pensamiento, legado y visión de futuro. Los gobiernos más nefastos de las cinco naciones liberadas llevaron flores a su tumba y cantaron himnos junto a su imagen de bronce, mientras entregaban a nuevos imperios la independencia que tanta sangre costó y hablaron impunemente de libertad mientras asfixiaban a sus pueblos, pero sobre todo, omitieron expresamente aquellas citas donde se decretaba la guerra a muerte a los enemigos de la patria, donde se hablaba de estas tierras como la más grande y poderosa de las naciones o aquella que nos advertía del peligro que significaban para el continente y el mundo los Estados Unidos de Norteamérica.

A pesar de este despojo sistemático del derecho a conocer su propia historia, el pueblo llano, heredero de esos miles de hombres y mujeres que conformaron las filas bolivarianas y patriotas, conservó en su memoria colectiva el amor y el orgullo por aquella gesta, y por aquel gigante de metro y pocos centímetros que los guió a la victoria, siempre tan escasa y esquiva para los de abajo. La mayoría de intentos de romper con el nuevo patrón imperial de explotación que se impuso luego de las independencias, expresados en revoluciones, intentonas, partidos, guerrillas o comunas se calificaron a sí mismas como bolivarianas, reivindicando al Bolívar de carne y hueso, al pensador y soldado que antes que piedra, fue fuego. Si bien casi todas esas experiencias fueron aplastadas con la fuerza del odio y el miedo que la oligarquía y los imperios aún tienen a la figura verdadera del Libertador, lo cierto es que otras como la Revolución que en su tierra natal lleva su nombre se sigue resistiendo, en el pueblo, con la firme determinación de no ser colonia de nadie.

En estos días de julio en que recordamos y celebramos su natalicio, por sobre la idea de Padre de la Patria, creador, responsable y severo; quizá debamos recordar que fue, antes que nada, hijo; parido por esta tierra venezolana, que se hizo latinoamericana y universal gracias a ese parto. Quererle y respetarle como a un padre es bello y honorable, pero no hay como el amor de una madre por aquellos que acunó en su vientre y ofrendó a otros para que pudieran ser libres, soberanos y dignos. Amémosle, con ese amor que trasciende el tiempo, las inclemencias y las dificultades; ese que permite que cada vez que vengan a maltratarnos, nos defendamos una y otra vez. Bolivarianamente.

Mariel Carrillo García