MONTE Y CULEBRA | Avanzar pa’ atrás

José Roberto Duque

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La campaña electoral ideal es una en la que los candidatos informan y agitan a partir de la promoción de virtudes y propuestas. En el mundo real, y en vista de que la palabra y la noción “política” se han visto erosionadas y perturbadas hasta el desprestigio, suele ocurrir que las campañas se convierten, automática y naturalmente, en un certamen para ver quién suelta la peor acusación, el más grave señalamiento o el más duro insulto contra el o los adversarios.

A todo el mundo se le da fácil el dictamen de que los políticos son un asco, y que la política en sí misma requiere para su ejercicio de procedimientos asquerosos. Es una sentencia que el común de la gente (y esto incluye a mucha gente que hace política pero no lo sabe, o cree que no) ha convertido en ley y verdad. Por esa razón ha sido tan exitosa la promesa estandarizada de “cambio”: el político eficaz, el que gana elecciones limpiamente, es por lo general aquel que ofrece cambiarlo todo, porque él es distinto, él es un político “nuevo” o directamente activador de una vaina esotérica llamada “antipolítica”.

En semejante escenario, donde gobierna el equívoco y relampaguea el disparate, al conservador (ese bicho que quiere que todo siga igual, pero no igual que ahora sino igual que hace 40 años) no le queda más remedio que proclamarse campeón en las artes de avanzar pa’ atrás: como de distinto no tiene nada y por lo tanto su única opción consiste en hacer propaganda con el pasado: con los adecos se vive mejor.

Muchos millones de venezolanos sabemos cómo se vivía y se moría con los adecos, pero hay una generación en proceso de construcción de su conciencia política que no lo sabe: a ese segmento de la población que tiene menos de 25 años, que no vivió el Caracazo ni el 4-F, que no padeció el estrellamiento brutal de los sueños neoliberales en los 90, se la está captando con media verdad y un par de mentiras: que el sueldo alcanzaba “para todo”, que el origen de los problemas de Venezuela es el haberle dado un parao a la rapiña de la empresa privada, y que en el resto del mundo la gente vive sabroso y chévere porque los buenos gerentes saben administrar la economía.

Del otro lado encuentra uno militantes tan extremos o tan ignorantes que siguen diciendo y creyendo que la solución es proscribir, matar o encarcelar a toda opción no chavista, pero seguir organizando elecciones para cuidar algunas apariencias. La idea sería bien buena, de no ser porque el discurso predominante entre nosotros sigue siendo la promesa de una economía capitalista sana, gestiones municipales o regionales que hagan todo el trabajo de construcción del país (cosa que no va a ocurrir nunca, porque los gobiernos no reconstruyen países: de eso se encargan los pueblos).

Personalmente, me sigue espantando que muchos hacedores de opinión sigan estableciendo el punto de comparación entre nosotros y la derecha en la capacidad para resolver problemas como el suministro de agua, el aseo, el alumbrado, el asfaltado y los servicios. Señor: cualquier adeco o irenista hace mejor mantenimiento de las áreas públicas que nosotros. Si su idea de la Revolución y del país es que hay que entregarlo todo en función del mejoramiento de aceras y brocales vaya y vote por los partidos de la derecha. Ahora, si usted entendió que la ciudad capitalista no se debe perfeccionar sino sustituir por otra, véngase, que usted al menos entendió de qué se trata una revolución: usted sabe que solo se puede avanzar “palante”, que pa’ atrás es solo para coger impulso.

José Roberto Duque