PARABIÉN | Aquellas “antiguas formas de vida”

Rubén Wisotzki

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1.

No nos lo contaron, no lo leímos. Lo vimos, lo escuchamos. El científico dijo ante las cámaras de televisión: “Debe pasar mucho tiempo para que retomemos algunas antiguas formas de vida…”. Posiblemente lo expresó apresado por el nerviosismo que despierta el momento televisivo, las luces encandiladoras del set, el saberse visto por muchos, en fin, todo eso que engloba el miedo escénico, pero no pudo el pobre enunciar idea más infeliz.

Sin caer en consideraciones de la expresión “antiguas formas de vida”, como si se abrigase en la humanidad un deseo irrefrenable de retroceder siglos atrás en sus costumbres y conductas, o como si todo lo vivido sea siempre mejor de lo que se vive o se puede vivir. Pudiera entenderse que en esta coyuntura pandémica a más de uno le suene atractivo vivir en tiempos pasados. Sí, pudiera entenderse, pero no podemos compartirlo.

Por otra parte, y como si fueran enlazadas a propósito con la expresión del científico, serios estudios están determinando que algunas juventudes de las sociedades del mal llamado primer mundo aspiran en el presente a alcanzar los estándares de vida de sus predecesores. Ante el panorama nefasto que se les presenta, anhelan, como si fuera un legítimo consuelo, poder vivir como lo han hecho sus padres.

¿Esa “utopía” sí les parecerá realizable a los que se oponen a los sueños de lo (ir)realizable?

Aspirar repetir el modelo de sus antecesores, sin auscultar en sus errores, sin proponerse mejorarlo, reposicionarlo, moverlo, enfocarlo desde otras perspectivas, desde otros legítimos y hasta necesarios anhelos, es lo más parecido a querer vivir pero lanzarte desde un acantilado hacia las grandes piedras que conforman el suelo marino de la costa.

La historia de la humanidad está siempre escrita desde la búsqueda de las superaciones, desde el inconformismo, desde el ánimo de ir tras lo inalcanzable, la búsqueda implacable de lo imposible, el ir siempre en pro del horizonte que se aleja con cada paso dado hacia su encuentro.

2.

Le ha costado al sistema planetario que gobierna mayoritariamente en el planeta, le ha costado pero lo está logrando, hábil e inteligente se aprovecha del quiebre pandémico para imponer su mirada: ya es contable, es decir, constatable, una minoría (ellos dirán que son más, desde que eran apenas unos cuantos, lo decían, he ahí su mejor estrategia), con algunas voces destacadas se sugiere que la utopía es un discurso vacío de significado, de sentido. El soñar, que es propio de la especie, solamente está permitido para dejarle cielo abierto a la imaginación. Pero nada más. Prohibido ir tras los sueños. Prohibido suponer que detrás de los sueños hay campo de lo posible.

3.

No les será tan fácil. Aquí estamos. El pragmatismo, esa potente corriente filosófica, propone en las palabras de uno de sus representantes más lúcidos, Charles Sanders Peirce, que “algo es real si una comunidad de investigadores terminan poniéndose de acuerdo en que existe”. Si fuera así, si es así, no la tenemos difícil, los investigadores y sus estudios existen, quizás falta que nos organicemos mejor como comunidad, en una sola comunidad, porque el acuerdo, aunque a veces se manifieste de manera desarticulada, existe.

Pero hay también, dentro del pragmatismo, quienes defienden otras posiciones como James o Dewey. Este par de filósofos sugiere que lo que pase al final poco importa, y sí importa, y es lo importante, colocar el énfasis en lo que creemos, sea vivido o por vivir, y que nos otorga bienestar, satisfacción, placer.

Colocar el énfasis en lo que creemos. ¿Eso es utopía? ¿Es eso ser utópico? ¿Son realmente días de distopía, de “desutopía” (término que conocimos gracias a Antonio Negri)?

4.

Leamos a ver qué dice Francisco Fernández-Buey, profesor de ética, uno de los catedráticos que saben encandilar con sus brillos, en apenas tres párrafos:

“Cuando en 1967, en plena eclosión del movimiento estudiantil berlinés, Herbert Marcuse pronunció la célebre conferencia titulada ‘El final de la utopía’, su tesis principal era esta: el socialismo deja de ser una utopía, como había sido hasta entonces, para convertirse en una realidad posible. La eclosión de los movimientos estudiantiles y juveniles, críticos a la vez con el capitalismo y con el llamado socialismo real, eran para Marcuse el síntoma más patente de que la utopía se estaba convirtiendo en realidad; el comienzo de la posibilidad de realización de aquello que la utopía social-comunista de la emancipación había anticipado.
Cuando ahora se cita el título de aquella conferencia de Marcuse, casi siempre sin haber leído el texto, se suele concluir que ya Marcuse anunció el final de las utopías, inaugurando así la época en la que estamos, una época en la que ya no tienen cabida las utopías. O sea, se atribuye a Marcuse una idea que es exactamente lo contrario de lo que él estaba argumentando en su diálogo con los estudiantes berlineses. Pues una cosa es defender la tesis de que la utopía se acaba porque lo que ella enuncia empieza a realizarse, y otra cosa, completamente distinta, defender la tesis de que nuestra realidad socioeconómica (la sociedad de la información, postindustrial, posmoderna, del espectáculo, “tardocapitalista”, o como quiera llamarse) ya no admite utopías”.

5.

Más allá de Marcuse y sus interpretaciones, no se trata de retomar “antiguas formas de vida”. Se trata de buscar, hallar, consolidar, reforzar, nuevas formas de vida. Tan nuevas como mejores para todos, tan nuevas como espléndidas para todos, tan nuevas como insuperables para todos. Para todos, sí. Pero especialmente para los que no han tenido en sus vidas ninguna, ni siquiera las “antiguas”. Para bien.

Rubén Wisotzki