VITRINA DE NIMIEDADES | La conquista del orgullo negado

Rosa Pellegrino

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La unidad de cultura, pues, se ha lesionado
y con ella se ha lesionado, igualmente,
nuestra psicología, nuestro carácter.
César Rengifo, 1973

¿Cuánta voluntad necesita un ser humano para practicar consistentemente un deporte? ¿Cuánto más requiere para pasar del pasatiempo a la actividad profesional? Y, aún más, ¿cuántos años se pueden invertir en vencer, vencer y seguir venciendo para llegar a unos Juegos Olímpicos? Cada cuatro años escuchamos historias fabulosas de atletas que han hecho cosas increíbles para llegar a los Juegos Olímpicos, descubrimos talentos inimaginables y emergen nombres que quedarán en nuestra memoria popular. Pero, cuando se trata de nosotros mismos, los venezolanos, sentir un orgullo casi unánime es una meta que se alcanza de forma accidentada. Algunas piedras se atraviesan en el camino para estropearnos el momento de regocijo.

No faltó quien quisiera manchar, al pasar de la euforia al ataque político, la hazaña de Julio Mayora, el quinto venezolano en ganar una medalla de plata en unos Juegos Olímpicos, como si no hubiera sido cuestión de técnica, entrenamiento, compromiso y trabajo continuo llegar a Tokio. Otros más se dedicaron a desmeritar la actuación de la judoca Anriquelis Barrios y la pesista Yusleidy Figueroa, que obtuvieron diploma olímpico. Los 43 nuestros en la capital japonesa llegaron a punta de trabajo y empeño porque, simplemente demostraron estar entre los mejores.

Quienes insisten en negar esos méritos aún se cobijan en el estigma del orgullo negado, aquel que por años nos hizo creer que nuestra valía dependía de nuestra condición de “país rico” y no de todo lo que somos capaces de hacer. Por años, se nos llamó a mirar lo que debíamos ser fuera de nosotros, como si el progreso era algo que estaba negado para nuestro pueblo, porque lo que mejor no estaba aquí.

Todavía nos falta mucho para la ruptura de un modelo que por décadas nos enseñó a dudar de nosotros como gentilicio, y sus efectos siguen vivos, en especial por la mezcla política que algunos sectores hacen interesadamente para mostrarnos débiles y dependientes. Así, la migración, el criminal bloqueo contra nuestra nación y la coyuntura económica que atravesamos son situaciones puestas en la perspectiva de lo insalvable, donde lo mejor casi pasa por negarnos a nosotros mismos, porque la solución siempre está afuera.

Así parece funcionar el esquema de dominación neocolonial que se nos pretende imponer, y que no es nuevo, solo mutó. Voces de alerta hemos tenido: basta leer a Luis Antonio Bigott o a César Rengifo para darnos cuenta del origen histórico que tiene esa práctica que pretende borrar nuestras raíces, nuestras características y nuestras fortalezas.

Antes, se nos pretendía someter vendiéndonos un sistema ideal al que no llegaríamos, porque no éramos lo suficientemente buenos; ahora, el truco es decirnos que nuestro esfuerzo no vale, que somos un país fallido. Algunos, osadamente radicales, casi niegan a su patria y rechazan la militancia y el compromiso político, sea de un atleta, un artista o un obrero. Otros, afortunadamente, están dispuestos a romper ese modelo.

Los esfuerzos para descolonizarnos son notables, pero no llegarán a buen puerto si no nos imponemos la disciplina, el compromiso y el empeño de esos atletas sobre los que se vierte esa visión fatalista, casi colindante con el desprecio a un pueblo entero. Ojalá sumemos más a la causa de valorarnos como pueblo y alcancemos la entereza de quienes nos representan en Tokio para ir a conquistar nuestro orgullo negado.

Rosa Pellegrino