RETINA | El monstruo humanitario

Freddy Fernández

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El estado ideal y el objetivo real de lo “humanitario” es el campo de refugiados. No existe otro lugar donde se exprese de manera tan precisa el contenido ideológico de esta técnica moderna de conquista de los poderosos. Es allí donde se puede contabilizar, dividir, distribuir, concentrar, dosificar y, sobre todo, rentabilizar la “ayuda”.

El mecanismo, la técnica de lo “humanitario”, funciona bien porque usurpa valores que parecieran ser moralmente incuestionables. Se trata de una “ayuda” brindada a los más débiles.

Su funcionamiento requiere de la fabricación de ese sujeto colectivo inerme, carente de poder, que es abusado por los poderosos, a quien es deber global ayudar. Es decir, es necesaria la operación simbólica de convertir a una población en “víctima”.

Precisamente sobre las víctimas ha escrito un lúcido libro Daniele Giglioli, profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Bérgamo. Para ser más preciso, Crítica de la víctima, su obra publicada en 2017, aborda el tema de la colocación de la “víctima” como elemento central de nuestra cultura.

Giglioli nos muestra que en realidad se trata de la explotación de una supuesta moral universal, barata, pero muy rentable, porque parece intachable y no problemática. La resultante es que “el credo humanitario es más bien una técnica, un conjunto de dispositivos que disciplinan el tratamiento de las palabras, de imágenes sabiamente articuladas en iconos y glosas, de unas reacciones emotivas impuestas a los espectadores: una estetización kitsch, un sensacionalismo reductivo, una naturalización victimista de poblaciones enteras. Es evidente que ha suministrado la primera fuente de legitimidad a casi todas las últimas guerras, de Somalia a la antigua Yugoslavia, de Afganistán a Irak, superponiendo a la imagen esplendente del guerrero las figuras más tranquilizadoras del policía, el médico o el tendero de la esquina”, explica Giglioli.

Quizá valga la pena mirar en nuestra propia experiencia las consecuencias de este enfoque aplicado a naciones enteras. Nos ha pasado o hemos sido testigos de que cuando se brinda ayuda privamos de derechos a la ayudada o ayudado. Si regalas unas monedas o comida a alguien que tiene hambre, ¿con qué derecho esa persona cuestiona el monto o las características de la ayuda que le hemos brindado?

A esa persona, pero vale también para toda una nación, el gesto “humanitario” le priva de cualquier subjetividad y también de cualquier derecho. El único derecho que se le reconoce es el derecho al socorro. Con mucho acierto y claridad, dice Giglioli que “empequeñecidas respecto a lo que se les ha hecho, tienen lágrimas, pero no razones”.

A las víctimas se les impone silencio. En su nombre hablan las ONG de la intervención, como médicos y reporteros sin fronteras, o estrellas de la canción, la televisión y el cine. Estas voces asumen el discurso en nombre de las llamadas “víctimas”. Unos lo hacen en abierta subordinación a los intereses imperiales, pero hay quienes ingenuamente colaboran con los ejércitos invasores, amparados en la idea de que quien apoya a la víctima no puede equivocarse.

En todo caso, se transforman en los únicos testigos con legitimidad que hablan en nombre de la población que ha sido puesta como víctima, porque “La verborrea del relato humanitario aumenta en proporción directa al silencio de los supervivientes”.

La técnica de lo “humanitario”, que se disfraza de una acción fraternal o solidaria, es un ejercicio de los más poderosos destinado a convertir en súbditos a quienes toque. Giglioli cita al mánager de una organización humanitaria que le dice que un campo de refugiados “no tiene necesidad de democracia para sobrevivir”.

Desde la óptica del autor, lo que tenemos hoy es “una moral de monstruos en cuanto que tiene a la víctima en su centro, pero al monstruo como único principio activo”, es decir, una moral que pretende hacernos creer que el poder imperial ayuda a los débiles cuando los invade, destruye, asesina y tortura.

Freddy Fernández | @filoyborde