PUNTO Y SEGUIMOS | La eterna amenaza

Mariel Carrillo García

0

A inicios de la década del 2000, el cineasta Michael Moore realizó el ya famoso documental Bowling for Columbine, en el que expuso muy claramente varias “taras” de la sociedad norteamericana. El filme buscaba indagar en las posibles causas que llevaron a los estudiantes Eric Harris y Dylan Klebold del secundario Columbine en Colorado a armarse hasta los dientes en abril de 1999 y disparar a diestra y siniestra contra sus compañeros y profesores, causando 13 muertes y 24 heridos antes de elegir el suicidio.

Fue el más sonado caso de tiroteos en escuelas, pero no el primero ni el último en la historia reciente de ese país. La posesión y uso de armas en “derecho a la defensa”, garantizada en la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos como derecho de todos los ciudadanos, ha naturalizado no solo la posesión de armamento sino el poder de acabar con la vida de cualquiera que se considere una amenaza.

Para contrastar, Moore visitó Canadá, para descubrir que la tasa de posesión de armas y municiones era tanta o mayor a la de los estadounidenses en promedio, pero que, sin embargo, los canadienses no pensaban en accionarlas contra otras personas ante cada posible situación problemática o insegura. Es decir, mientras la mayoría de los gringos expresaron sentirse amenazados y temerosos hasta de sus vecinos, en Canadá ni se cerraban las puertas de las casas.

De acuerdo con Moore, el país se fundó y prosperó bajo la premisa del miedo, los colonos que venían “huyendo” de Europa, encontraron una gran tierra, pero llena de indígenas, la primera amenaza, y como tal, fueron exterminados. Posteriormente tuvieron miedo entre ellos mismos, y se acusaron de brujería. Cientos murieron quemados. Luego trajeron esclavos negros del África que les hicieron sumamente ricos y cuando estos se rebelaron, volvió el miedo que se expresó en la Guerra de Secesión. Se abolió la esclavitud, pero a los negros se les siguió segregando, y hasta el día de hoy, en el imaginario de la buena y blanca vecindad, constituyen una amenaza; con el negro como sinónimo de delincuente, en una imagen reforzada por los medios y cuerpos de seguridad del Estado.

Los liderazgos estadounidenses han pasado generaciones no solo alimentando esta “sensación” de inseguridad y temor permanentes en su ciudadanía, como lo evidencian sus leyes y productos culturales, sino -de alguna tortuosa manera- creyéndolo. Con el afianzamiento del país como potencia y el gran símbolo del capitalismo mundial, las cosas a “perder” eran cada vez más grandes, y esta nación eternamente asustada y mentalmente perseguida, no dejó de producir amenazas que justificaran su modo de ser, de vivir, de gobernar. Si algo me ataca, o piensa en hacerlo, es un peligro y tengo el derecho divino y legal de defenderme y exterminarlo con todas las armas disponibles, es el lema.

Para Moore, esta compleja característica del ser nacional estadounidense que funciona hacia dentro y hacia afuera, alimentada venenosamente por el sistema, explica en parte la violencia absoluta de su pueblo contra sí mismo y más aún contra el extranjero, contra la amenaza externa. Ese estado mental y el convencimiento ante ciertas premisas supremacistas desde su fundación, han justificado innumerables conflictos bélicos, invasiones e injerencias. El pueblo norteamericano no comprende la negatividad del concepto de imperialismo, porque ser imperialistas es su derecho de nacimiento. No comprende en profundidad los conceptos de solidaridad y convivencia pacífica, porque solo le han enseñado a temer y odiar al diferente.

Esa perversa lógica, llevada a los límites de creencia, la aplican con cualquier nación del mundo y hasta con las razas que no conocen, recordemos las declaraciones de Ronald Reagan (durante su presidencia) sobre los extraterrestres: “Debemos estar preparados ante la amenaza que podrían representar los alienígenas”. Más enemigos. En el vasto, desconocido e infinito universo, los yanquis solo ven enemigos. Vidas que quitar a nombre de una libertad retorcida que no es la que quieren los pueblos del mundo, y quizás ellos tampoco, si tuvieran la posibilidad de pensar de modo diferente.

Y a ese pequeño problemita, debemos sumarle los delirios megalómanos de salvadores de la humanidad, una humanidad diversa y vibrante en la que son incapaces de reconocerse, porque no saben tratar con el otro, que es siempre otro y de menor rango, aunque sean ellos mismos. Así las cosas, no es raro que por aquí seamos catalogados como amenaza inusual y extraordinaria, junto con los panas habitantes de las Pléyades, a quienes seguramente se preparan para invadir en el futuro, preventivamente, claro está.

Mariel Carrillo García