Antonio Mora

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Comienzo

Encerrado (¿desde cuándo?) en la última habitación de la casa, L.F. no se atreve siquiera a asomarse a la pequeña ventana ojival que posiblemente da al jardín, ni mucho menos acercarse a la puerta (¿de bronce?, ¿de madera?) cuyo dintel corta la bisectriz del extraño triángulo de luz que parece provenir desde el exterior. Y es que L.F. sabe (le llevó bastante tiempo entenderlo) que no es sino un personaje creado por un escritor perezoso e irresponsable, el cual en su abulia apenas abocetó aquella mansión y en otro esfuerzo posterior, más infame aún por inconcluso, lo dejó a él en ese limbo del que no se atreve a asomarse al exterior, pues intuye que afuera solo lo esperan el vacío y la más horrible de las nadas. Sin embargo, L.F. sueña, en esos momentos en que todas las estaciones del tiempo parecen mezclarse ante los sentidos y el espacio se contrae a planos incomprensibles, con alguien que se siente ante la vieja máquina de escribir abandonada, retome la historia y…

Pero yo no voy a echarme encima ese muerto.

Flash

El pintor se ve detenido ante la tela. Nada se mueve en el taller ni en el cuadro. Una golondrina entra en escena. En la habitación el pájaro se inmoviliza a la izquierda del jarrón que está junto al caballete. En el cuadro se la ve inmóvil sobre la cabeza del pintor. El encargado del museo espanta la golondrina con un trapo rojo. El espectador toma el cuadro y sale del salón. El transeúnte que tropieza con el hombre que sale de la galería alcanza a ver; a) un caballete de madera; b) una puerta; c) una cagada de golondrina; d) un hombre de boina que desde la ventana abierta en la tela del cuadro le dice adiós.

De Crónicas de Acirema y otros cuentos.
Fondo Editorial Fundarte. Caracas, 2010.