Cuentos para leer en casa | Cuentos breves

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Seis

Ramón Núñez

¿De quién es eso? Mío. ¿Quién te lo dio?
Una señora. ¿Dónde?… Por la escuela.
¿Seguro? Sí. Vamos a preguntarle, y ya sabes si no es verdad…
Era un bate pequeño de madera. Lo vi tirado en un garaje, y no había nadie.
-Disculpe, señora, ¿usted le regaló esto a él? ¿A él…?, por supuesto, sí, ¡hola!
Después fui a devolver aquel bate y jugué con su hijo toda la tarde.

Cinco

Ramón Núñez

Mi hermanita aún no sabía leer; pero hojeaba sin cesar un libro. Era de matemáticas elementales; pero ella imaginaba que era un libro de cuentos.
Y tuve que leerle un “cuento”; no dudé a pesar de los números. “Érase una vez”.
Después hubo tensión y sorpresa, un inesperado final que me dejó allí perplejo: “Es verdad”, balbucí. Eran cuentos, mil y uno entre cifras.

De El hermano menor. Universidad
de Carabobo, Dirección de Cultura, 2000.

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Amenazas

William Ospina

-Te devoraré –dijo la pantera.
—Peor para ti –dijo la espada.

Este tipo es una mina

Ramón Núñez

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

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Ciento seis

Alfredo Armas

De Piquijuye el tiempo no resguarda ninguna iconografía. Debió ser aindiado y malasangre. Debió padecer de alguna diarrea crónica porque, cuando no estaba ocupado en alguna violación, asesinato o robo, cuando no participaba de alguna balacera, estaba en el monte desahogando aquellos incurables intestinos lacerados.
Nombre cristiano no tuvo. Luisa María Bustillos, que le conoció muy a su pesar, no le proporcionó ningún puesto en el santoral y ni siquiera precisó su lugar de origen.
—¿No era de Zaraza?
—De Zaraza venía Cuelloepana, otro sembrador de miedos, que nunca se quitó la levita que había despojado a un cadáver. La pieza se adornaba con un terciopelo en el extremo superior y ese detalle le dio el cognomento al sujeto irascible e inescrupuloso. No se la quitó al general Manuel Veneno, porque al general Manuel Veneno lo sepultaron con la suya. Además, cuando ocurre la muerte del general Manuel Veneno ya Cuelloepana es Cuelloepana y el criminal que no dejó de serlo nunca

Ciento cinco

Alfredo Armas

El general Zenón Maracaputo contenía las turbas de La Libertadora por encargo y voluntad de Dios. Jamás ni nunca dejó de pertenecer al gobierno y era zambo, silencioso, muy fino de maneras, agradecido. Usaba capucha, vestía liquiliqui y se pasaba por la cintura una banda amarilla que le tejió la difunta Maracaputo.
Don Ricardo lo quería bastante.
—Ataca por aquí, Zenón –le aconsejaba–. Que si te baten buscas la retirada sin exponerte. ¿No ves ese farallón? El que cae por ese farallón si ya no lo ha alcanzado una bala se desnuca.
—Pero ¿con qué gente, Don Ricardo? Primero hay que reunir la tropa.
—La buscas.
—Sí, se los quito al paludismo.
El general Zenón Maracaputo jamás se desciñe su banda amarilla y jamás deja de tener esperanzas en la revolución.

De Agosto y otros difuntos. Monte Ávila Editores. Caracas, 1972.

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La sombra del paraguas

Iliana Gómez Berbesí

Ha querido hablar solamente de misterios que se relacionen con el agua. Por eso, cuando presiente al espíritu arrastrando su carga, buscando en dónde apoyarla, ella despabila el sueño y se apresura a darle asiento. Aunque no sería difícil averiguar que allá, de donde venía, también estaba lloviendo.

Al cabo de una hora los objetos se abomban y ella se siente con tanto líquido metido en el cuerpo, que mira hacia el techo y se dice: Debe estar seco.

Con toda esa tristeza de impedimento, insiste en seguir viviendo a través de la ventana. Borrosamente descubre la figura de una joven que ajusta su paraguas.

Y en esto que el agua fluye indiscriminadamente, espantando la posibilidad de lo cierto, empujando residuos de barrio, hacia quien sabe qué clase de puertos, a ella le sorprende el tremedar de otros párpados. Siempre ha dudado de los reflejos, pero esta vez su cigarrillo le confirma la sospecha. Es que por la acera, aún transita su sombra dormida debajo del paraguas.

La manzana

Ana María Shua

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

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El emperador de China

Marco Denevi

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? –dijo–. Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

El pozo

Luis Mateo Díez

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que solo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. «Este es un mundo como otro cualquiera», decía el mensaje.

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Hablaba y hablaba

Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Carta del enamorado

Juan José Millás

Hay novelas que aún sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

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Carta del enamorado

Juan José Millás

Hay novelas que aún sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

Un sueño

Jorge Luis Borges

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.