Así fue el “revolcatorio” de la oposición en 2004

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Este domingo 15 se cumplen 17 años del fracasado intento de revocarle el mandato al Comandante Hugo Chávez, un capítulo que es pertinente recordar.

El referendo revocatorio fue la estrategia de la oposición luego de intentar el golpe de abril, el circo de la plaza Altamira, el paro-sabotaje petrolero y patronal, un referendo consultivo y las primeras guarimbas, todo ello entre 2002 y 2004.

Para los opositores derrotados en el golpe, en la ridiculez de Altamira y en el costosísimo paro, era crucial que el referendo se hiciera en 2003. Lo era porque todas esas maniobras, si bien resultaron fallidas en su objetivo de derrocar a la Revolución Bolivariana, habían logrado el perverso objetivo de dejar al país en una situación muy precaria. Debe recordarse que el sabotaje de la industria petrolera llevó a cero nuestros ingresos por exportación y, por el contrario, obligó a importar combustible por primera vez en la historia.

Ese estado de ruina era el clima ideal para una victoria de la propuesta de revocar a Chávez.

Por ello, la estrategia que conduce al triunfo de Chávez en agosto de 2004 comienza algo más de un año antes cuando se hace un balance objetivo y descarnado de los daños sufridos y se emprenden movimientos que le otorguen el mayor margen de tiempo posible a la recuperación y, simultáneamente, arranca el más ambicioso conjunto de políticas sociales que se hubiesen intentado hasta entonces. Habían nacido las misiones.

Ciertamente, los programas de salud, educación y alimentación emprendidos en medio de la difícil coyuntura de 2003, con el apoyo fundamental de la Cuba de Fidel Castro, fueron la carta determinante en el juego que habría de dirimirse, voto a voto, en agosto de 2004.

La puesta en marcha de las misiones Barrio Adentro, Mercal, Robinson, Ribas y Sucre fueron el segundo aire de un gobierno que había arrancado con planes de atención a las más urgentes necesidades populares (ejemplo, el Plan Bolívar 2000), pero que había perdido parte de su impulso en el combate por la supervivencia política.

Es imposible comprobarlo, pero es una hipótesis muy creíble que Chávez habría sido revocado si el referendo se hubiese realizado el primer semestre de 2003, con la economía hecha pedazos y una sensación de falta de rumbo. En cambio, apenas un año después, las misiones sociales habían reinyectado el optimismo a densas capas de la población excluida.

Y esas legiones de electores salieron aquel día a defender su esperanza.

Las jugadas dilatorias del chavismo se apoyaron en graves fallas, taras y desatinos opositores, como la tendencia de la dirigencia contrarrevolucionaria a hacer trampa. Por ejemplo, la inclusión de las llamadas firmas planas en la solicitud del referendo les permitió a los representantes del Gobierno objetar un número significativo de planillas y obligar a parte de los solicitantes a ratificar su firma.

Las acciones destinadas a retrasar la consulta cumplieron, además, una función táctica: hacer pensar a la oposición que Chávez estaba rehuyendo el combate, cuando, en realidad, estaba procurando acopiar todas las fuerzas disponibles para usarlas en el momento oportuno.

Esto quedó claro en junio de 2004, cuando el Comandante, en una de sus alocuciones más célebres, aceptó el reto. Lo tenía todo tan pensado que utilizó como inspiración la Batalla de Santa Inés, definitoria de la Guerra Federal, en la que se utilizó la táctica de fingir una desbandada para llevar al enemigo hasta un terreno donde quedaría vulnerable y en inferioridad de condiciones. En la refriega dirigida por Ezequiel Zamora, ese lugar fue justamente la localidad llanera de Santa Inés. En la pugna de 2004, el equivalente de Santa Inés fue una campaña electoral brillante, apoyada en la leyenda de Florentino y el Diablo, del poeta barinés Alberto Arvelo Torrealba, cuyos pasajes enteros se sabía Chávez de memoria.

La aceptación del reto fue un verdadero golpe de opinión. El presidente reflejó una seguridad impactante y desmontó parcialmente la campaña de la oposición, que se basaba en el hecho de que Chávez se negaría a admitir la iniciativa. Eso le daría fuerza a la matriz según la cual era un dictador que no estaba dispuesto a cumplir con un precepto establecido en la Constitución que él mismo había promovido. La cadena nacional de Chávez, puesta en escena con gran cuidado por los detalles, dejó a más de un asesor de la derecha con los ojos como platos.

La meritoria campaña tuvo su clímax el día del proceso electoral, cuando el pueblo chavista mostró una determinación similar a la de los mejores momentos de la, para ese momento, breve historia de la Revolución Bolivariana. Fueron instantes equiparables al gran triunfo de 1998, contra una derecha unida por el desespero; momentos similares a la gigantesca movilización del contragolpe de abril de 2002; horas parecidas a las de la terca resistencia de diciembre de 2002, aquella Navidad sin gasolina, sin productos de primera necesidad y hasta sin beisbol, pero con los tanques llenos de mística.

El episodio fue una derrota fulminante para todos los factores coaligados de la reacción: los viejos y nuevos partidos de la derecha, la mafia de los medios de comunicación privados, el empresariado, la jerarquía eclesiástica y, desde luego, para Estados Unidos, siempre gran cabecilla de todas las operaciones antibolivarianas.

El “revolcatorio”, como algunos le llamaron, dejó a la oposición en terapia intensiva y le dio a Chávez la nueva legitimidad que le permitió concluir su accidentado mandato para ser reelecto en 2006 y 2012. Aquella fue, sin duda, una de las grandes victorias de Chávez, casi tan legendaria como la del mítico coplero Florentino.

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17 años esperando por las pruebas

La madrugada del 16 de agosto de 2004, luego de que Chávez diera su discurso triunfal en el Balcón del Pueblo, la ciudad fue bañada por una de esas lluvias que siempre acompañaron al Comandante. Ya al filo del amanecer los dirigentes de la Coordinadora Democrática (que así se hacía llamar la alianza opositora en ese entonces) dieron una rueda de prensa para denunciar fraude.
El vocero de la pataleta fue Henry Ramos Allup, quien en los videos y las fotografías de ese patético momento aparece flanqueado por los otros líderes del antichavismo, todos con cara de gol en contra.
Ramos Allup, con léxico ampuloso y leguleyo, dijo que en las siguientes 24 horas presentarían las pruebas para sustentar la denuncia de fraude y solicitar la intervención de los organismos internacionales.
Han transcurrido 17 años, vale decir, 204 meses o 6 mil 209 días, o sea, más de 149 mil horas sin que se haya consignado ningún indicio serio. Solo hubo una surrealista explicación de Enrique Mendoza, que –según pudo apreciarse– no entendió ni él mismo, y la presuntuosa tesis de un tecnócrata paquetero sobre “el cisne negro”.
Esa irresponsable denuncia de fraude ha marcado, por cierto, el rumbo de la oposición desde entonces. Allí se ubica uno de los cimientos de la campaña de desconfianza de la derecha en el voto que tanto daño le ha hecho a Venezuela.
Todavía se están pagando las consecuencias.

Clodovaldo Hernández