La calle estaba desolada. Queríamos ir a la casa de Carlos Metralleta, pero el hambre nos hizo posponer la visita. Caminamos hasta la Rómulo Gallegos y ahí nos despedimos con el compromiso de vernos al final de la tarde.

Me quedé solo y no tuve más remedio que ir a la casa. Sin embargo decidí tomar el camino más largo. Unos perros raquíticos y un señor igual de escuálido fue lo único que conseguí en el camino. Cuando llegué a la reja de la casa dudé un momento antes de tocar para que me abrieran la reja. Después de golpear dos veces el candado contra el metal de la cerradura apareció la tía Margarita.

-Se te enfrió la comida, dijo, y se fue de nuevo al chinchorro que no se veía, pero que el crujir en el techo que producía el vaivén era necesario para confirmarlo. Fui a la cocina, destapé el plato y me lo llevé directo a la pieza, que por ser la de los hermanos mayores era la última de unas construcciones irregulares que fueron ampliando la casa sin sentido.

Al espectáculo dantesco de desorden, paredes manchadas y mal olor se sumaban varios afiches que le agregaban un tono decadente a la escena. El aire de pobreza no es necesario mencionarlo porque eso no le agregaba nada.

Metallica cuando aún no se había vuelto pangola, Mercyful Fate, Black Sabbath y The Beatles eran algunos de los afiches que adornaban las paredes. Creo que más de una vez mi tía y mi abuela salieron espantadas por el rostro espeluznante de King Diamond y su habitual pose de parecer que te muestra algo invisible que lo está quemando, pero igual sostiene con arrechera.

Ahora que estoy viejo me doy cuenta de lo abominable que nos veíamos para los familiares. Si ya la adolescencia en sí misma nos da ese estigma, que no pudieran interpretar esa oscuridad en apariencia y proceder era aún más complicado para ellos que para nosotros. Sin embargo, creo que la música, con todo y lo estruendosa, nos salvó de caer en otros huecos peores.

Dejé el plato a un lado de la cama y me acosté dejando los pies apoyados en el piso. Los vapores envolventes de la tarde y los carbohidratos me sumergieron en un sueño denso y pantanoso del que me sacó uno de los hermanos más pequeños. No sabía qué hora era ni cuánto tiempo había estado en ese trance, pero el motivo por el que me despertaron y la luz del día me hicieron calcular la hora.

Heathcliff Cedeño