PUNTO Y SEGUIMOS | Cuestión de confianza

Mariel Carrillo García

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Hugo Chávez se ganó la confianza del pueblo, no solo por su personalidad carismática, sino principalmente por su capacidad pedagógica, su sentido del deber y responsabilidad que le llevó siempre a prometer y cumplir -algo inusitado en la política nacional-, así como a asumir gallarda y transparentemente errores cometidos, pero no con una disculpa vacía, sino con un nuevo plan para compensar.

Nunca una rendición, sino el ofrecimiento de otra forma de conseguir los objetivos planteados. De esta manera, el soberano entendió que el objetivo, la meta, el sueño, era una Venezuela independiente y soberana, con un sistema de gobierno socialista que privilegiara al ser humano sobre el capital y se relacionara armoniosamente con las otras naciones, en un mundo que, con el empeño de los pueblos unidos y organizados, llegara a ser multicéntrico y pluripolar.

Semejante plan requeriría el esfuerzo de todos, no por una vida, sino por varias, y muy especialmente el esfuerzo de los militantes de la Revolución Bolivariana y el pueblo venezolano, destinados por la naturaleza del proyecto a sufrir ataques y amenazas de todo tipo por parte de los vividores de un sistema creado para destruir a quienes le adversan y todo lo que se les atraviese en su afán de acumular riquezas. Chávez lo explicó claramente, una y otra vez, y con mucho énfasis en aquellas oportunidades en las que los ataques fueron particularmente cruentos, como el golpe de Estado o el paro petrolero.

Explicó el plan, de dónde venía, para qué servía y cómo podíamos lograrlo, en cada intervención pública, en cada Aló Presidente, en cada Consejo de Ministros televisado, en cada discurso nacional o internacional, en cada entrevista, guiando e involucrando a la gente de manera incesante y consistente. La formación política ideológica era clave, y por ello se aseguró que esa formación creciera en red, en las comunidades y, por supuesto, a través del partido, mismo que, además de maquinaria electoral, debería fungir como ente formador.

Esa visión, y la construcción de conciencia y Poder Popular organizado es la que ha permitido resistir los embates de los adversarios, quienes cada vez juegan más sucio y sin contemplaciones; sin embargo, es innegable que, con la muerte de Chávez se perdió gran parte de esa energía que mantenía el ritmo constante en la construcción de nuestro socialismo. Los años pos Chávez, de ajuste después del golpe anímico, de reacomodo de las piezas y los cuadros del chavismo, así como del recrudecimiento en el ámbito económico y político de los ataques imperiales, minaron la acumulación de capital político ideológico y, básicamente, empezamos a “comernos los ahorros”.

Ahora, como no veíamos hace diez años, se notan los vacíos, las dudas y las desviaciones entre muchos de los nuestros, afectados todos por la falta de maestros, por la falta de compañeros que prediquen con el ejemplo, como hacía el Comandante. No es raro que, ante la presión que ejerce el bloqueo en un país acostumbrado al derroche y los excesos, la idea de “ceder” o de volver de algún modo a “la Venezuela de antes” parezca un precio lógico y pagable a cambio del afloje de la asfixia; lo que sí es raro para una Revolución, es que esas “ideas” estén en las cabezas de quienes toman las decisiones en nombre de millones, y que el pragmatismo de la política real, expresado en “estamos en tiempos de guerra y se vale todo” nos termine costando nada más y nada menos que el proceso político mas radical e importante de América Latina en los últimos 20 años.

Mientras el Comandante se plantaba de frente, explicando y dando cátedra -lo que no quiere decir, obviamente que no se guardara el silencio debido ante puntos claves del quehacer político- reafirmaba la confianza popular sin pedirla. Se la ganaba con su transparencia y con el involucramiento de la sociedad en todos los aspectos del devenir político, económico y social de la nación; porque el objetivo no era evitar la caída -por X o Y- del Estado burgués, sino el de construir un estado comunal, un invento nuestro, ni copia ni calco.

En estos días difíciles, lejos de recibir formación, moral y luces, el pueblo recibe pedidos de fe. Confianza ciega, ciega porque no se deja ver nada sustancial, ya no somos parte de la toma de decisiones, se anuncian anuncios de los anuncios, se presentan leyes sujetas a secreto sumarial y se llena la televisión pública de programas banales y propaganda religiosa. El soberano confía, pero no a cambio de un paraíso del que nadie tiene pruebas. Es imperiosa la necesidad de volver a las raíces, pero a las de la Revolución, porque los ahorros que nos dejó Chávez no van a durar para siempre. Es cuestión de confianza, no de fe.

Mariel Carrillo García