La Caraqueñidad | Mosca con la diabetes y otros males endémicos…

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No hay quien dude sobre la crisis que afecta transversalmente a toda la sociedad. La capital, por crisol, es un ejemplo inocultable de ello. Obsérvese el comportamiento colectivo en el medio de transporte icónico de la cuna del Libertador, el Metro de Caracas. En sus vagones repletos de pasajeros, a toda hora –semana radical o no–, una vez vulneradas las medidas de bioseguridad, la crisis muta en anarquía y esta en caos.

Como sanguijuelas con su hemoapetito llueven entre los usuarios miles de vendedores ambulantes (de todas las edades), cargados de sus incontables baratijas, chucherías, cigarros detallados y cualquier otra mercancía, sin control alguno, y a todas luces dañina para la salud pública individual y colectiva.

La línea 1, la tradicional ruta que va de Propatria a Palo Verde y viceversa, ya no se adjudica la exclusividad de esta especie que cada día se fortalece, se disemina como Gremlins. Se baja uno se montan tres. Se bajan tres aparecen 10. Se bajan esos 10 y empiezan a vender lo que sea, hasta el que había permanecido en silencio al lado tuyo sin despertar sospecha alguna.

Nadie dice nada

Los funcionarios, del ya no tan efectivo ni tan seguro medio de transporte, no dicen ni hacen nada porque inútil sería. Los informales, como células malignas, se reproducen. Aunque su intención sea subsistir, causan daños colaterales que poco les importan: desaseo en el sistema, hacinamiento, incomodidad por sus atropellados desplazamientos en vagones y estaciones, inseguridad, porque algunos –la minoría, seguramente– se han visto envueltos en hechos irregulares, causan pánico colectivo porque acosan con miradas amenazantes, mal aspecto y verbo agresivo que, de no recibir respuesta a sus histriónicos “buenos días”, lanzan improperios en nombre de Dios, ya que es obligatorio caer en sus triquiñuelas. Hay que comprarles lo que sea o regalarles alguna vaina, además de que –no hay cifras pero basta con ser usuario para comprobarlo– la mayoría de estos ofertantes olvidó que estamos en pandemia: no usan tapabocas, –¿qué es distanciamiento social?–, porque es muy difícil mantener voz audible en su propósito de venta.

Caracas somos todos

Para rematar, o como se decía antes, de ñapa, han adoptado una escuela de venta inducida –si cabe el término–. Les enseñan un lenguaje común, un comportamiento intimidante común, con palabras comunes, tipo lenguaje CEO de las redes, que seguramente les ha rendido frutos, porque hay que ver cómo venden. Reiteramos, cifras no existen, pero si usted lo duda haga un tour en línea 1 y haga la transferencia a cualquier ramificación del mancillado subterráneo para que lo compruebe.

Decíamos, con su lenguaje y tono altisonante todos sus consumidores nos llamamos igual: Caracas. Somos Caracas. ¡Epa, Caracas, buenos días! ¿Quién me dijo buenos días? ¡Dije buenos días, Caracas! –y hay que responderles y verlos a la cara con nuestra risa de asustados, de lo contrario te cae la catajarra de insultos, y ya–. Dije Caracas. Buenos días. Bu. Bu. Buenos días, es la tímida respuesta colectiva.

Coñodesusmadres, dice uno para su adentro. ¡Bueno, Caracas, dos por 300, cinco por 500 y 12 por mil! (¡Ah!, claro, ese mil es un millón de nuestro depauperado cono monetario). Te ofrecen caramelos, chocolates, chupetas, chicles y todo cuanto contenga la base de nuestro cacao, por supuesto procesado en otro país, con colorantes, sobre todo el famoso cancerígeno amarillo N° 5 y otras sustancias cuyo consumo, está comprobado, es un atentado contra la vida.

Epa, Caracas, ¿ya compraste chupetas? Entonces no te pierdas la oferta irresistible del verdadero toronto, el original, hecho en Colombia. ¡Coño! Cómpralo y verás. Y sale el pendejo, para “llevarle algo a los nietos”, y compra. Y así sucesivamente se contribuye con el caos, con la crisis, con el desempleo, con la falta de valores y motivación, con la informalidad, con el desaseo, con la vulneración de la bioseguridad y contra la salud de todos, o sea, contra Caracas que, tal como va, pronto hacinará los consultorios endocrinológicos por elevados niveles glicémicos, desbordando el famoso borderline de 110 y, ojalá llegue antes que lo declaren diabético, que requiera tratamientos impagables y entonces allí el estéril discurso será repetitivamente otro: el sabotaje o el bloqueo, según el ángulo de quien se queje.

A dar el ejemplo

Caracas, conciencia. Aunque esos panas se están rebuscando con trabajo. Aunque el trabajo dignifica. Aunque tengas muchas ganas de “llevarle algo a tu nieto” o desees saciar tu desequilibrado apetito por chatarra, por favor, en tus manos y en tu decisión está la posibilidad real de enmendar la anormal situación.

Cambiar de actitud puede modificar algunas conductas. Además de que el sistema de transporte no es para esos menesteres de compra y venta buhoneril, a pesar de que ciertamente su mercancía cuesta “1000 bolos que no enriquecen ni empobrecen a nadie”, como dicen en una de sus frases más reiteradas junto a “le compro su dólar a la tasa del BCV”, ¡qué bolas!, y no hay efectivo en los bancos, ¿cómo y quién explica este fenómeno?

Caracas, ya sabes. Piensa en ti. No te amedrentes y reeduca con nueva acción. Si quieres tu chocolate o lo que sea, Caracas, adquiérelo fuera del tan agredido sistema de transporte público, otrora ejemplo de eficiencia y eficacia y, de una cultura impecable. Caracas, sin pelear con nadie, estás convocada a rescatar valores, salud y a dar el ejemplo que una vez diste.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS
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PARROQUIAADENTRO

Esquina de Las Monjas

Llegamos a la última entrega referente a las esquinas que colindan con la Plaza Bolívar de Caracas. El nombre de la esquina de Las Monjas se origina en los tiempos coloniales, debido a que allí estuvo el Convento de la Inmaculada Concepción, el cual fue popularmente conocido como el de las Monjas Concepciones o “cigarral de virtudes”.

En 1636, fecha en la que doña Juana de Villela, viuda del capitán don Lorenzo Martínez y su hija doña María de Villela, enlutada del regidor don Bartolomé Masabel, fundan la congregación que toma como sede una amplia casa de dos plantas, que más tarde, por Real Licencia, fue convertida en convento.

Doña Juana tomó el hábito junto a sus cuatro hijas, tres sobrinas y dos jóvenes damas; al mismo tiempo que desembolsó para gastos iniciales del convento la alta suma de siete mil ducados castellanos (el “ducado” fue una antigua moneda de oro español).

Gracias a las limosnas de los vecinos, este convento pudo ser recuperado después del terremoto de 1641 y, para el año 1700 ya contaba con un capital de cuatrocientos mil pesos.

Es en ese lugar, durante la Guerra de Independencia, las autoridades realistas obligaron a la madre superiora del convento a tener como prisionera a doña Luisa Cáceres de Arismendi.

En su esquina sureste estuvo el Colegio Seminario de Santa Rosa, fundado en 1690, el cual, por Real Cédula de 1721, fue convertido a la Real y Pontificia Universidad de Caracas. En su capilla se reunió el Primer Congreso de Venezuela, que declaró la Independencia el 5 de julio de 1811. En dichos espacios funcionan en la actualidad el Concejo Municipal y la Alcaldía de Caracas.

En tiempos del gobierno del general Guzmán Blanco se decretó la Ley de Clausura de los Conventos y demás congregaciones religiosas, siendo así que las monjas Concepciones fueron obligadas a salir de su convento el 9 de mayo de 1874, llevándose solo los objetos de uso personal. La edificación fue demolida y en su lugar se encuentran actualmente las oficinas de la AN.

En su lado noroeste estuvo el botiquín y restaurante “La Francia”, del señor Carlos Corvo, nombre que se le dio años después al edificio que albergó locales de joyerías.

La esquina fue conocida como: Del Colegio o de la Opinión Nacional, nombres que no prosperaron, por lo que hoy seguimos llamado al lugar esquina de Las Monjas.

Julio González Chacín. Fundador †. Renny Rangel Salazar. Ricardo Rodríguez Boades. Gabriel Torrealba Sanoja.
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