LIBROS LIBRES | Orlando Araujo: ¡Amigo mío!

Gabriel Jiménez Emán

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Escribo esta reseña justo el día en que Orlando Araujo estaría cumpliendo 93 años (14 de agosto) y varios amigos en todo el país rinden tributo a una vida y una obra de temperamento cambiante, desde el más elevado rigor crítico hasta la poesía más desenfadada, escrita en las servilletas de los bares. Orlando Araujo es una de las más versátiles figuras literarias del siglo XX. A los 28 años ya se graduaba en la Universidad con Lengua y creación en la obra de Rómulo Gallegos (1955), obra que impresionó al propio autor de Cantaclaro. El temperamento frenético de Orlando Araujo le lleva a escribir algunos de los mejores relatos de nuestro país, y de sus crónicas más brillantes.

Orlando Araujo

Bohemio y dionisíaco, Orlando no cesa de escribirles cartas y poemas a las mujeres y cuentos a los niños. Por otra parte, y como si fuese otra persona, lleva a cabo libros sesudos de crítica literaria o de análisis político o histórico. Gana el concurso de cuentos de El Nacional en los años sesenta y al mismo tiempo publica uno de sus ensayos más serios como La palabra estéril sobre Manuel Díaz Rodríguez, La obra literaria de Enrique Bernardo Núñez; prosiguiendo su labor crítica con el que es quizá su mejor libro en este terreno, Narrativa venezolana contemporánea (1975), obra considerada imprescindible en el momento de valorar y actualizar el legado de los narradores venezolanos del siglo XX, donde al desenfado de su escritura une su rigor valorativo.

Muchos de nosotros nos preguntábamos de dónde sacaba tiempo Orlando Araujo para escribir tanto, si debía dar clases, asesorar instituciones, atender a su familia, o se lo veía apostado conversando, rodeado de amigos y de bellas mujeres. Al vernos exclamaba de pronto: “¡Amigo mío!”. Era de una generosidad tremenda y de una simpatía contagiosa. Se exaltaba con frecuencia y se ponía a cantar rancheras o boleros, o decía de memoria poemas clásicos. Era de una personalidad arrolladora, y en no pocas ocasiones el ron –su bebida favorita– le hacía perder el sentido de orientación.

Murió joven. Pero su obra permanece: sus bellos cuentos para niños de Manuel Vicente pata caliente (1977); la lucidez histórica y psicológica que muestra en su Operación Puerto Rico sobre Venezuela (1967) y Venezuela violenta (1968), o el conocido Contrapunteo entre la vida y la muerte: ensayo sobre la poesía de Alberto Arvelo Torrealba (1974); sus Crónicas de caña y muerte (1982) –donde incluyó un texto mío– son admirables, aparte de las que considero sus obras maestras: Compañero de viaje (1970), Barinas son los ríos, el tabaco y el viento (1982), Glosas de piedemonte (1980), Siete cuentos (1977) y El niño que llegó hasta el sol (1979). A su pueblo natal de Calderas hemos ido varias veces a celebrar su vida y su obra con amigos de Barinas, Mérida, Trujillo, Lara y allí, en aquellas calles empedradas y frescas, rendimos homenaje a su memoria cada vez que podemos. Su calidad humana y su obra de frescura renovada siempre estarán allí para nosotros.

Gabriel Jiménez Emán