DATE CON LA CIENCIA | Ríos en peligro

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Estudios confirman que modelo civilizatorio dominante contamina ríos e impacta al mar

“La ciudad está en nosotros.
[…] debería movernos a valorarla en toda su magnitud.
O darle el lugar que le corresponde entre las urgencias humanas.
Suelo fantasear con un cambio. Oigan mi desvarío.
[…]
La vida bulle. Se conversa, se discute, se ama.
El lenguaje vuelve a brillar.
No me digan poeta ni místico; si esto, lo normal,
suena a quimera, a locura, a utopía,
estamos perdidos, y no merecemos ser llamados hombres.
Merecemos las ciudades que tenemos”.
Rafael Cadenas, en Reflexiones sobre la ciudad moderna

En 1983, el poeta venezolano Rafael Cadenas ya alertaba sobre las consecuencias negativas de la ciudad moderna. Para este ensayista, el habitante de la ciudad moderna no puede enraizarse, ya que ella misma lo obliga a estar despegado de la tierra: “En ese habitante, se ha consumado la ruptura con la Tierra. Habita en un ambiente contranatural”.

Casi tres décadas después, estudios técnicos hechos por especialistas de cinco centros de investigación han demostrado, una vez más, que los procesos de configuración de la ciudad moderna —y la ciudad parásita capitalista más todavía— abonan y aportan a la destrucción de la vida. Las ciudades modernas son espacios depredadores, consumistas, nada sostenibles en el tiempo, que incorporan el consumo de materia y energía de forma desmedida, lo cual afecta y deteriora otros ecosistemas.

Como parte de un proyecto a largo plazo, especialistas del Centro de Ciencias Atmosféricas y Biogeoquímica del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC); de las universidades de Oriente, Simón Bolívar y del Sur de La Florida, y de la Fundación La Salle, construyeron una serie de tiempo para hablar de los procesos que hacen posible que la mayor cuenca anóxica de aguas abiertas del mundo, la fosa de Cariaco, exhiba hoy altas concentraciones de nutrientes que provocan la pérdida de biodiversidad. En este proyecto, la responsabilidad del IVIC fue realizar, durante seis años, mediciones para determinar la calidad del agua antes de la desembocadura de los ríos Tuy, en Miranda; Unare y Neverí, en Anzoátegui; Manzanares, en Sucre. Este estudio permitió conocer el aporte de nutrientes en la fosa de Cariaco y los efectos estacionales, transicionales, y la relación de un año respecto a otro.

¿El resultado? La fosa de Cariaco presenta una enorme marca de nitrógeno y clorofila, producto del influjo del río Tuy. ¿La razón proximal? Ciudades y poblados sin plantas de tratamiento, pueblos que descargan sus aguas cloacales al río, industrias no controladas, actividad agrícola acompañada con fertilizantes nitrogenados que terminan eutrificando los cuerpos de agua. Las cuencas hidrográficas que generan los ríos también son afectadas por las lluvias: la calidad de estas podría transformar los ecosistemas. ¿La razón distal? No solo se trata de un problema de sobrepoblación urbana sin planificación ni control; más allá, hay un modo de vida dominante irracional que se expresa en la escisión humano/naturaleza impuesta por la modernidad, con modelos de existencia que atentan contra los ciclos de la naturaleza e impactan la vida de los suelos y los cuerpos de agua.

Loreto Donoso, ingeniera química, magíster en Ingeniería Ambiental, es una de las integrantes principales de este proyecto de investigación. Esta especialista del Centro de Ciencias Atmosféricas y Biogeoquímica del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas relata que el Tuy registra un alto aporte de nutrientes, en especial de nitrógeno, proveniente de pueblos de la ribera que descargan sus desechos directamente sobre el cuerpo del río. El agua de este río que desemboca en la fosa de Cariaco, además, es corrompida por aguas industriales de los Valles del Tuy y por prácticas de cambio y uso de la tierra en los procesos del agro. Dicha concentración de nutrientes conlleva una carga importante sobre la costa que implica la costa de Cariaco.

El exceso de nutrientes disminuye el oxígeno del agua; por lo tanto, los peces que puedan estar allí van a ser menos abundantes. Esta situación no solo atenta contra la biodiversidad, sino que también menoscaba la pesca artesanal que sirve de sustento a los pueblos. A estos problemas se les suma que el agua con ricos nutrientes cuesta mucho tratarla para convertirla en agua potable, y se sabe que el Tuy es la fuente de agua de muchos poblados, entre ellos Caracas.

De los cuatro ríos estudiados, el Tuy es el más afectado: los otros son ríos de cuencas más pequeñas. Por ejemplo, el río Manzanares es una cuenca montañosa que, aunque recibe el impacto de una gran actividad agrícola, tiene una condición de afectación ambiental mucho menos grave. Hay un valor que se llama Water Polutions Learn (WPL). En esta escala, el Tuy tiene un valor de 6,3; mientras que las concentraciones de los ríos Unare, Neverí y Manzanares no llegan a un punto.

Loreto informa que, tras conocer estos indicadores de huella ecológica, hoy, un grupo de científicos/as también estudia la química del agua de lluvia y cómo su escorrentía afecta los ríos e impacta al mar. Las lluvias reflejan cambios en el uso de la tierra, a partir de los niveles de nitrógeno reactivo; es decir: el nitrógeno que aparece cuando se produce una alteración de los ecosistemas, y proviene directamente de la quema de bosques y de la quema de combustibles fósiles. El análisis de la lluvia se usa, entonces, para medir los nutrientes y los contenidos de nitrógeno presentes en ella, y para saber cuánto nitrógeno orgánico y cuánto nitrógeno inorgánico tiene. Esta información es útil de cara a determinar las variaciones de la biodiversidad de los ecosistemas y las condiciones de reproducción de la vida. Conocer la calidad de las lluvias es un termómetro muy importante para saber cómo nuestra actividad industrial, urbana y agrícola, transforma el lugar donde vivimos.

Una huella ambiental que no es inmanente a la humanidad, sino que deviene de un modelo civilizatorio dominante que ha generado daños irreparables en nuestros ecosistemas a una velocidad impresionante, en los últimos 50 o 70 años. Un problema de un modelo de consumo que sobrepasa los límites planetarios y que, para Loreto, debe ser un tema de estudio urgente en la investigación científica, como posibilidad de reflexión y urgencia de saber dónde estamos, de conocernos y, a partir de conocernos, poder buscar los mejores caminos para un mundo sustentable donde podamos vivir-viviendo y evitar que —como decía Cadenas— las ciudades se conviertan en ese desierto que se extiende sobre porciones cada vez más grandes de tierra.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto