PARABIÉN | Cuando caen las estrellas

Rubén Wisotzki

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1.

Jueves 12 de agosto, 6:20 pm

Por primera vez escribiremos hoy, con más de una semana de antelación a su publicación, este Parabién. La razón se explica sola: hoy lloverán estrellas. Como si no fuera suficiente argumento para proceder a invocar la mejor palabra posible, so pretexto que el ambiente, el entorno, la escena, las circunstancias todas, colaborarían apropiadamente en la mejora de nuestra escritura inmediata, el poeta Stefan George nos dice en un verso, justo hoy, que las estrellas no caen, sino que todo lo contrario, ascienden.

Deseosos como estamos siempre de llegar a ese lector de uno que no existe en su realidad más inmediata, comprendemos que el tema o el porqué de estas palabras, los perciba absolutamente desenfocado e innecesario. Nunca desestimaremos las razones de ese lector que no existe. Él quiere leerse en lo que uno escribe, quiere encontrarse, quiere saber de sí pero que sea dicho desde enfrente, quiere que enriquezcan o nutran su ideario, que lo sustenten, que lo refuercen y que, si es de contradecirlo, sea desde su ideario o imaginario.

2.

Pero hoy lloverán, o ascenderán, -según George-, estrellas. ¿Quién puede pedirle a alguien que cierre los ojos o que quite la mirada? No nos pidan, entonces, que dentro de un rato no alcemos la vista a ver si entre el monte que nos protege y limita, uno de los fenómenos que justificará la noche y, por ende, el día (no hay una cosa sin la otra). Y nos gustaría creer que por aquellos lados míos también el lector de esto que no existe, asista al espectáculo y procure encontrarle, como lo intentaremos nosotros por acá, más de un significado.

Claro que podemos decidirnos por ver, en vez de las estrellas, aquello que se estrella o que está estrellado. Habrá quien rechace la sugerencia de ver lo que más se pueda de la bóveda celeste por considerarla inoportuna. “¡Con tanta desgracia por ver alrededor de uno!” (“¡y con uno!”, agregaríamos), dirá el impoluto. Pero también sabemos que el ser humano posee sobradamente, como pocas especies sobre la tierra, la capacidad de precisar, diagnosticar y valorar qué es lo que está mal. No criticamos, faltaba más, esa extraordinaria capacidad. Bienvenida siempre la crítica y más la autocrítica. Pero sí creemos necesario dejar constancia de esa aptitud, en claro contraste con las dificultades que tenemos, tal vez nosotros en unos de los primeros puestos de la fila, dónde está el bien, lo bueno, lo gratificante.

3.

Viernes, 13 de agosto, 1:07 am

Aunque no era necesario, ya que nos encontramos lejos de la iluminación artificial de la ciudad, subimos a lo más alto de la montaña. La última vez que vivimos una experiencia semejante, recordamos en silencio, fue por los lados de Camatagua, hace ya incontables años. Esa noche creímos ver caer a más de una estrella fugaz. Hablamos de creer porque suele suceder que en los acontecimientos excepcionales se escabulle el principio de realidad y aparece, resplandeciente, la fantasía, la imaginación, el ideal.

Viernes, 13 de agosto, 5:20 am

Hemos visto en el cielo oscuro un par de estrellas fugaces, en plena caminata nocturna, alumbrados apenas por una pequeña linterna. La lluvia en cuestión fueron dos gigantescas gotas fulgurantes, lagrimeantes. Fueron dos instantes. Primero el impacto, la sorpresa, la descolocación ante el fenómeno, ante el destello. ¿Qué es esa luz que aparece y desaparece? ¿Es acaso algo más que un suceso astronómico? ¿Qué significado(s) posee la aparición y desaparición de una luz no esperada a pesar de su anunciación? ¿Somos elegidos o somos señalados? ¿Estamos llamados a esperar a algo, a hacer algo, a ser algo?

(Lo primero a señalar aquí, de madrugada, debería ser que, caminando, de noche, estás obligado a procurar ver lo más posible el camino pedregoso, la ruta dificultosa, las pequeñas plantas que humedecidas por el rocío son gelatinas, el paso inseguro, el músculo forzado. Pocas veces en realidad puedes darte la oportunidad de ver el cielo. El resto es cosa de los escritores).

Pero, en un momento, te detienes y obedeces al propósito: miras hacia arriba. Y justo en ese momento, y no en otro, -he aquí la magia-, la estrella que nos convocó cumple y pasa ante nosotros. Si te atienes a las leyes de la ciencia, al discurso científico, a los postulados que todo lo aclara (“no aclares que oscureces”, nos dice siempre la calle), lo mide, lo explica y lo justifica, pierdes la oportunidad de la trascendencia. Y si no venimos a eso, convénzanos los cultos y eruditos, a qué vinimos a esta vida.

¿Qué significa trascender? Según el diccionario, el que injustificadamente muchas veces negamos, pero que es el instrumento, además de los giros y aportes propios de cada uno, que nos unifica y nos concentra en torno a una misma lengua, por lo tanto a una misma línea de comprensión, “trascender” es la consecuencia de lo importante que tiene una cosa. Como siempre decimos, aquí hay una invitación, ahora le toca al lector que imaginamos, con su reflexión, corregir, nutrir y dimensionar esta propuesta de pensamiento.

4.

Sábado, 14 de agosto, 10:23 am

(Todos hemos sido, somos, necesitamos ser, una suerte de Ptolomeo*. Todos, racional o irracionalmente, hemos sido el “centro del universo”, o de nuestro propio universo. De los problemas, el nuestro, siempre será el mayor, el nunca antes vivido, nunca antes, ni nadie, como lo hemos vivido nosotros. Nos creemos los más elegidos como los más condenados. Somos tan tontos. Será seguramente que se cumple a rajatabla ese gran dicho de Wordsworth, -“Poco vemos en la naturaleza que sea nuestro”- que forzar inútilmente lo que significamos y lo hacemos, arrogantes, desde el centro, desde donde todo se ve y todo te ve).

*Claudio Ptolomeo (100 d.C. – 170 d.C.) Uno de los primeros y principales astrónomos de la humanidad, cuyo gran aporte fue considerar que la Tierra ocupaba el centro del universo.

Pongamos en acción, ya en el final, el principio que es inherente a todo ser pensante, el de la contradicción. Decíamos que una lluvia de estrellas es un acto único que merece atención. Y no creemos que exageremos, pero todos hemos visto en algún momento una lluvia de estrellas, incluso aquellos que no han estado nunca ante una. El poder del ser humano, como nunca antes en entredicho, contiene la espectacular capacidad, ausente en otros animales, de “ver” cosas ante sí, situaciones, escenarios, que no suceden, al menos ante la “vista” de los demás. “La imaginación crea”, dijo Hegel en su momento.

Todos hemos visto pasar o caer una estrella. Quizás Stefan George guarde en su palabra la razón poética: todos necesitamos que nuestra estrella ascienda. Para bien.

Rubén Wisotzki