PUNTO Y SEGUIMOS | Pa’ trás ni pa’ coger impulso

Mariel Carrillo García

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La gente de la oposición ha instaurado un imaginario en el que el chavista es -por definición- un personaje de pocas luces, vago, flojo, amante de bebidas espirituosas de bajo costo, gritón, maleducado, mal vestido, desdentado, y pare usted de contar, porque ellos, en contraparte, son la gente “decente y pensante” de este país. No sorprende que semejantes ideas estén instaladas en la tradicional clase dominante, siempre clasista, racista y elitista; que defiende sus intereses y se pertrecha en su mundo de fantasía, donde el otro, ese ser inferior, es minoría, no necesariamente en términos numéricos pero si en términos cualitativos. En ese sentido, nunca va a importar que el chavismo gane elecciones, porque esa mayoría -en su mente- no es apta para decidir, no merece tener el mismo derecho que ellos tienen porque son “menos” en todos los aspectos que ellos valoran.

Este fenómeno es natural en las clases oligárquicas de todo el mundo, y un aspecto fundamental del capitalismo, en cuanto construye y sustenta moral y culturalmente al sistema. Hay una escena en la película Titanic (1997) en la que comienzan a llenar los botes salvavidas y la madre de la protagonista pregunta si están separados por clases, la hija indignada le explica que no hay suficientes y que por lo tanto van a morir la mitad de los pasajeros; entonces el prometido de Rose -un magnate multimillonario- sentencia: “sí, pero no la mejor mitad”. Esta creencia, hecha dogma en la minoría que posee el 80% de las riquezas del mundo, ha sido clave para que se mantenga tan eficientemente la explotación del hombre por el hombre, sobre todo desde el momento en que lograron que gran parte de la masa que debe vivir con lo poco que los ricos no acumulan también se lo creyera.

Así las cosas, se ve en el planeta, en la oposición de derecha en Venezuela e incluso dentro del gobierno, a muchos que creen que los que saben, los que entienden, los capacitados para tomar las grandes decisiones, son unos pocos, y que el pueblo debe confiar ciegamente en que esos iluminados -especialmente en temas como la economía- sean quienes determinen las formas de vivir de todos. Creer que la formación y el conocimiento debe ser reserva de pocos es típico del capitalismo, pues de otro modo, ocurre el despertar, el deseo de liberación y el lógico estallido de una mayoría que se da cuenta de la injusticia y la crueldad que representa este sistema en el que vivimos.

La Revolución Bolivariana supuso que las mayorías despertaran, que tomaran consciencia de sí mismas y de su poder cuantitativo y cualitativo, mismo que se iba reforzando con una fuerte inversión en educación y con una política de formación ideológica que permitiera que el poder perdiera esa macabra concentración y se ampliara en su ejercicio a la comunidad organizada, rompiendo desde adentro una de las bases fundacionales del capitalismo y dándole legitimidad y sustento al proceso revolucionario.

Con un proceso así a cuestas, el pueblo venezolano comenzó a entender el valor de los números y adquirió consciencia de su rol fundamental en el funcionamiento de su comunidad, del país, de la región, y del mundo. Vio cómo en la lucha de clases él también contaba con armas, así como la gran tarea que significaba desmontar el sistema de creencias que el enemigo de clase instauró durante siglos.

Es por eso que hoy preocupa la “relajación” que desde nuestro lado observamos en la batalla ideológica, la vuelta solapada o frontal de discursos y productos de la industria cultural que remiten a esos valores que han sostenido el sistema que se quiere desarmar; las ideas de que quienes “saben” son cierto tipo de personas, que no todos pueden tener todo, que el esfuerzo individual es el único que vale, el jalamecatismo, el pónganme donde “haiga”, el pobre es pobre porque quiere y en fin, una interminable lista de vicios y falsas creencias que nos llevan a perder tanto de eso que ganamos con tanto esfuerzo desde 1999. Desde el lado del chavismo, es imperdonable retroceder. Ni para coger impulso. Ni para desaparecer sanciones. Ni para que los pocos de siempre se tranquilicen.

Mariel Carrillo García