LA CARAQUEÑIDAD | El tren mágico de Caracas

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No se trata de un capítulo robado a Manuel Scorza, Isabel Allende, Eugene Ionesco ni al Gabo. –Sería un honor, y una proeza que no perseguimos, redactar aunque sea un renglón con tan calificado estilo. Sin dudas, hacerlo resultaría una extraordinaria fantasía–. Pero luce inevitable relatar lo que sucede en la cotidianidad del Metro de Caracas sin aproximarse al realismo mágico o a una pieza del más puro absurdo…

El concurrido medio de transporte, llamado en sus inicios “la solución para Caracas”, ya no lo es tanto. Vulnerable ante la anarquía imperante en la capital venezolana, es escenario de caos donde se percibe la inocultable crisis, inducida y propia –con el extravío del Manual de Carreño, el desgaste de costumbres tradicionalistas, los buenos modales y los valores, hoy en peligro de extinción–, donde lo increíble y lo incierto tienen tierra fértil.

En el neurálgico sistema subterráneo el usuario, sin buscarlo, se topará con irreales realidades. Vendedores de chucherías y de ilusiones, timadores, carteristas y un montón de gente honesta y trabajadora. A los malditos inconscientes que a estas alturas de la pandemia hacen del tapaboca un collar, se les une –con el debido respeto a los verdaderamente jodidos–, un ciego que ve, una sorda que oye, un parapléjico que no solo camina sino que corre más rápido que Usain Bolt y un lisiado que salta más que la campeona olímpica y mundial Yulimar Rojas.

(Ojo: Captadores de talentos deportivos, apunten sus brújulas hacia esas profundidades de Caracas para renovar las bases de las venideras selecciones nacionales. Igualmente, los encargados de las artes histriónicas, sumérjanse que material hay de sobra).

Usted quizás será testigo de victimarios que mutan en víctimas porque tienen una componenda preparada, bien ensayada y perfectamente ejecutada, que casi siempre logra el objetivo y se quedan con el teléfono celular, el bolso o cualquier otra pertenencia de valor del desafortunado elegido.

El usuario común podrá comprobar que se trata de grupos organizados que actúan con más sincronización que los duetos de salto chino y nado ruso recién exhibidos en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020.

Andan en combo

Ningún discurso ofertante atropella al otro. Se dan chance entre sí. Son del mismo combo. Todos deben captar público casi hasta embobarlo. Todos deben convencer. Todos deben vender. Unos, unas cosas; otros, otras. A precios inigualables. Ofertas casi irresistibles que invitan a ser cómplice del caos. Y allí radica el gran error. De cliente puede usted pasar a víctima en un santiamén.

Cada acto pareciera estar resguardado por los predicadores de diversos credos que se intercambian de vagones, de andenes y de “payasos” –esos que les responden las oraciones y siguen sus embriagantes letanías para que usted caiga en la trampa; son del mismo equipo–. Unos creen en Dios, otros en santos, otros en vírgenes, otros llaman pecadores a estos por idólatras para quienes piden la represión que enviará Jehová según su Atalaya. Otros hablan de Changó y del guerrero Ogún en perfecto africano, aunque no saben conjugar el verbo ser en su español originario.

Congestión en el subterráneo con pandemia y sin pandemia.

Velocistas y otras especies

Una de las cosas más inverosímiles es que el usuario conoce estos ardides y sigue mordiendo el anzuelo. Entra en escena el señor de la pierna visiblemente lesionada. Con cara de mucho dolor pide ayuda para la cirugía que resulta tan urgente y de vital importancia igual que hace cinco o seis años que tiene el trillado guion. No ha perdido ni pierna ni vergüenza. No le den, dice una voz no identificada en el hacinado vagón. Podría trabajar en vez de pedir, riposta una doña. Casi nadie aporta. Visiblemente airado echa maldiciones que resultan repelidas por una rezandera improvisada, cuyo diálogo luce en sincronía con lo prediseñado. El tren se detiene. Una sola bendición para ese usuario que por nuevo –o por miedo– le dio algo. Y llueven maldiciones para quienes no cayeron en su trampa. Al abrir la puerta sale como alma que lleva el diablo, sin muestras de dolor alguno, cruza el andén y a empujones –con fortaleza y mucha malicia– atropella a mujeres, niños y gente de la tercera edad, porque él es un pobre lisiado que merece misericordia y debe abordar ese vagón para seguir en su labor de martillo incesante. Coñuesumadre, dice uno para adentro.

El tren sigue su viaje. Apenas avanza, entra en escena el ciego que se muestra contrariado cuando ve que le dieron un billete de 200 mil que ya no acepta nadie –menos en período de reconversión monetaria–. La muchacha, que luce un cartel en el que explica que su sordera se debe a un terrible accidente de moto, voltea cuando le ofreces cinco dólares. Coño, así sí. Y de repente se oye un estruendoso mentón de madre de parte del mudo –que era el parrillero en la misma moto chocada por la sorda– cuando comprueba que nadie cree más sus mentiras.

Un mudo le dijo a una sorda que un ciego la está mirando. Eso pasa a diario en nuestro Metro de Caracas, que usted puede abordar con la plena certeza de que hará un tour animado por el realismo mágico que le ofrece la capital, donde además verá escaleras mecánicas que no son mecánicas nada, aire acondicionado que genera calor y funcionarios que no funcionan, y que debieron intentar algo con respecto a ese pasajero que con un impacto de bala en su pierna sangrante, con traje de quirófano –según su propio testimonio–, como un Houdini citadino, logró zafarse de las esposas y de sus custodios en el hospital Pérez de León. ¡Pa’ qué más!

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS