HORIZONTE DE SUCESOS | El black metal llegó al llano (VII)

Heathcliff Cedeño

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Poco a poco fui saliendo del vapor del sueño condimentado por el alcohol y lapsus habitual de saberse fuera del lugar acostumbrado en el que se amanece. El primer trabajo cerebral fue reconstruir los últimos hechos que me llevaron a ese estado y lo primero que se me vino a la cabeza fue que visitamos a Carlos para convencerlo que nos prestara la casa.

El aire tibio de la mañana y el sol irremediablemente instalado me fueron ubicando en el espacio y, un poco después, en el tiempo. De ese estado me sacaron unos torditos que picoteaban cerca mis pies extendidos hacia la calle. La naturaleza nerviosa y acelerada de los pájaros contrastaba con mi estado inerte y somnoliento.

A mi izquierda estaba Marco, dormido en posición fetal, de espaldas a mí, y más allá, Alfredo. Carlos no estaba, por lo que deduje que al vernos dormidos prefirió la comodidad de su casa. No quise despertar a los muchachos y crucé la calle en dirección al monte donde supuestamente hubo una laguna.

Realmente lo tedioso era el camino de regreso. El cuerpo adolorido, el hambre y malestar de la resaca bajo el sol hacían del retorno algo complicado. El pueblo siempre fue pequeño, ahora ha crecido, pero se ha extendido solo en la periferia. Eso tal vez le ha dado un aire de inamovilidad porque a esas zonas solo van los que viven allí. Por eso no cuentan en el mapa mental de los que vivimos en el pueblo antes de que se constituyeran.

Cuando volví la mirada hacia donde estaban mis acompañantes vi que Marco estaba en la misma posición en la que me encontraba cuando desperté, desorientado y perturbado por la claridad desdeñosa. Terminó de reincorporarse y fue hasta donde estaba.

Ese pajúo nos dejó morir, dijo.

Lo convencí que no era tanto si comparaba el gran favor que nos había hecho al prestarnos la casa. En la reconstrucción de los hechos me dijo que la botella se había acabado a media noche y a mí me dio ladilla caminar hasta la ventanita, la única venta de alcohol 24 horas, para comprar la otra. Eso lo sabía, lo que no tenía claro era que me había acostado boca arriba para contemplar el cielo y no se dieron cuenta cuando me quedé dormido.

Heathcliff Cedeño