PUNTO Y SEGUIMOS | Haití, la deuda pendiente

Mariel Carrillo García

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Las imágenes, repetidas incesantemente durante días no hicieron sino recordarnos el polvo que acumulamos por siglos bajo la alfombra. Allí estaban nuevamente, como cada vez cierto número de años, despertando memorias de algo parecido a archivos dañados que manteníamos en la papelera de reciclaje, relegados pero imposibles de eliminar. Otra vez, las mismas caras negras, cubiertas de polvo, de lágrimas, de sangre; personas harapientas, gritando o mascando frases de dolor y bronca en otro idioma, pero claramente entendibles. La tierra en furia, cuando no los hombres, volvía a afincarse en ese pedazo de La Española que pareciera estar maldito por los dioses. Haití, un trozo de tierra trágico en pleno paraíso del mar Caribe. Tan cercano, y tan extraño; con su gente soportando sin explicación alguna el embate cíclico e interminable de la naturaleza y de la miseria humana.

Nuestros hermanos, protagonistas de la primera independencia de esta parte del planeta, aquellos que hace dos siglos aportaron sin dudar a la causa bolivariana, llenaron de nuevo nuestras cajitas de imágenes, con sus testimonios de pobreza, violencia, abandono e ignominia, como fantasmas negándose a que los olviden. Y ahí les vemos, algunos con pasajera lástima, otros con vergüenza, quién sabe cuántos con descarada indiferencia: “Ya bastantes problemas hay aquí”; convirtiéndonos todos en testigos y cómplices del sufrimiento del semejante, y no de uno lejano, sino el del vecino, el que también forma parte del barrio, y que por tanto define nuestro propio lugar en el mundo. Y eso habla más de nosotros que de ellos.

Y no es solo el acostumbrado “mirar para otro lado” el que nos expone, sino quizá y de manera aún más terrible, las formas que a lo largo del tiempo hemos adoptado . -siguiendo las directrices de países como EEUU- para “ayudar” a Haití.

Con las excepciones de siempre, los países de América han sido parte de falsas ONG que han desviado fondos de ayuda, han enviado tropas que violaron, abusaron, traficaron, torturaron y maltrataron a las víctimas civiles haitianas e incluso otros, como Colombia, llevan la bandera de prestar sus bien entrenados mercenarios para asesinar sin miramientos al presidente del país, sin hacerse siquiera cargo del hecho, evidenciando el poco respeto y valor que le dan a Haití como república y a sus habitantes como seres humanos. Y así, declaraciones y pantomímicas comisiones de “investigación” creadas por quienes son parte del desastre, también llenan nuestras pantallas, mientras el pueblo sufre y ni se entera.

Mientras tanto, los comunes, tampoco han hecho demasiado, ni siquiera estudiar a esa nación. Más allá de la mínima compasión con el prójimo, no hay mucha idea. ¿De qué viven? Ignoramos si cultivan y cuánto, si crían, si exportan alguna cosa. ¿Hay turismo? ¿Existe un país de ricos y otro de pobres como en la vecina Dominicana? ¿Será ruta de narcotráfico? ¿Cuál es la tasa de analfabetismo? ¿Esperanza de vida? ¿A quién le rezan? Después de liberarse de los franceses, ¿qué hicieron, qué pasó? Si no tenemos la respuesta a estas preguntas, poco podemos ayudar, ni sincera, ni organizadamente, porque no les conocemos; serán siempre el otro, el país más pobre del vecindario, el más sufrido, el desastroso, el que poco tiene que ver conmigo.

Venezuela en particular, que tiene con ese país una deuda histórica que ha tratado de saldar en los últimos años, a través de Petrocaribe y con cargamentos de ayuda y brigadas de rescate, aún tiene mucho por hacer, ningún niño o niña venezolana debe desconocer la historia haitiana ni lo que hicieron por nuestra independencia, cuando Alexandre Petión atendió el llamado de ayuda de Bolívar en una época en la que nadie lo hacía; a ese pueblo que necesita tantas cosas, le debemos respeto y no lástima. Reconocerles y recordarles su dignidad antes que su sufrir, quizá sea algo mucho más importante en su camino hacia una vida mejor.

Seamos herederos de Bolívar, no solo en las glorias, sino también en las deudas pendientes. No esperemos el momento en que los televisores y pantallas celulares, en meses o años, vengan con alguna otra mala nueva: incendio, terremoto, inundación, magnicidio, hambre, revuelta, invasión extranjera y las mismas caras de los miles de sin nombre que ni Dios ni el Diablo han logrado borrar de la faz de la tierra. Que sepan los haitianos que les conocemos y que no les vemos como menos, sino iguales, porque para nosotros la Patria es América.

Mariel Carrillo García