Cuentos para leer en casa | Verbenas

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Antón Riveiro Coello

Marcial de Parada, más conocido como Verbenas, murió en el hospital de Piñor y no vio cumplido así su deseo de hacerlo ante una orquesta, una ilusión que él, con su asistencia suiza a las fiestas, había propagado con tal eficacia que, en la provincia de Ourense, eran pocos los que no lo sabían.

Era natural de Niñodaguia, una aldea de veinte vecinos, y había abandonado su casa natal para venirse a las Casas Baratas. Tenía todas las fincas a barbecho. Porque había estado trabajando en una fábrica de bombillos en Dortmund y había vuelto a los setenta con una paga que le garantizaba vida holgada y sus mayores vicios, que venían siendo la adquisición desmedida de cintas de música y la asiduidad a los locales de alterne para procurar el amor subalterno de las putas.

A diario lo único que hacía era construir rutinas a la espera del fin de semana, cuando sacaba el cuaderno reticulado donde tenía anotadas todas las fiestas de la provincia, catalogadas por escrupuloso orden de preferencia, y acudía con una sumisión fanática antes de que los músicos comenzasen a tocar. Su presencia en las fiestas era tan fija que hubo veces en las que alguna orquesta esperó por él, como si se tratase de un músico más.

Su llegada causaba gran expectación. Aparecía siempre en taxi, exhibiendo su poblada barba blanca y la alegría frondosa de su sonrisa festiva, y atravesaba los saludos y las burlas de los niños para cuadrarse ante la orquesta. En invierno vestía una zamarra con solapas de piel de zorro y en verano un traje gris cruzado de bandas negras. Bailaba solo, con una pasión lunática que hacia explotar carcajadas insensatas a las que él nos prestaba la mayor atención, y su gozo era tal que, a veces, la vida parecía salirle por los ojos. Náufrago entre las parejas, celebraba los amores ajenos y en los descansos frecuentaba los puestos para beber copas de licor café que fertilizaban los zarandeos de sus bailes y acababan por ponerle en los ojos esa felicidad parásita de los borrachos. Y siempre se quedaba hasta el final, cuando ya los estrados se quedaban limpios de instrumentos. Entonces volvía a sacar el cuaderno, donde también tenía una lista pormenorizada de locales de putas que lo habían acogido, y en esa atmósfera canalla solía hacer noche. Las más de las veces, como él no llegaba en condiciones para el amor, lo acostaban en cualquier catre y cuando despertaba siempre tenía a su lado una puta que, para cobrarle unos servicios inexistentes, elogiaba el arrojo que él había puesto en el acto. El pobre agradecía esas alabanzas postizas, anotaba el nombre de la mujer para la próxima ocasión y, después de consultar las páginas de su agenda, partía hacia donde hubiese cohetes, alboradas y sesiones vermú.

FIN
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EL AUTOR

(Galicia, España, 1964). Es autor, entre otros, de los siguientes libros: Valquiria (1994), Animalia (1999), Homónima (2001), As rulas de Bakunin (2000), Casas Baratas (2005), Laura no deserto (2011), Os elefantes de Sokúrov (2015) y A ferida do vento (2016). Ha sido galardonado y reconocido en un gran número de certámenes entre los que destacan el Álvaro Cunqueiro de narrativa, Manuel García Barros de novela, Café Dublín de narrativa, Pedrón de Ouro, Manuel Murguía, Camilo José Cela, así como algunos premios internacionales como el Max Aub y el NH de relatos