¿Está otra vez Florentino cantando con el Diablo?

Clodovaldo Hernández

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Desde que salió a la luz su primera versión, a principios de los años 40, el poema Florentino, el que cantó con el Diablo, fascinó a los académicos y puso a contrapuntear parejo a los copleros.

No a cualquier coplero, desde luego, porque es un texto difícil, que mezcla palabras del habla campesina profunda con otras de alto vuelo intelectual. Aunque se estima que hay más de treinta versiones de esta confrontación de gargantas, arpa, cuatro y maracas, por su extensión y por los atributos vocales que demanda, la más conocida es la de dos cantadores míticos: Juan de los Santos Contreras (“el Carrao de Palmarito”) y José Romero Bello. Esto sin hablar de la versión operística de Antonio Estévez, la Cantata Criolla, que ha llegado a ser un ícono en sí misma, con el concurso de las mejores voces líricas del país; o de la película, filmada en 2000.

Por su lado, los expertos en literatura han alucinado con el poema y con el resto de la obra de Arvelo Torrealba, justamente por ser poesía culta inspirada en lo más esencialmente popular del llano venezolano, una combinación encomiable que solo pueden lograr personas con la conjunción de vivencia y formación que tuvo este autor.

Grandes especialistas y escritores han analizado cada verso de este largo relato rimado, encontrando siempre detalles reveladores de su gran envergadura artística. Para solo mencionar dos de los más importantes, Alexis Márquez Rodríguez y Orlando Araujo dedicaron enjundiosos trabajos al artista y a su poema más conocido.

Numerosas tesis de licenciatura y posgrado se han elaborado en las diversas escuelas de Letras. Uno de ellos, el de Frank Pérez Contreras, bajo la tutoría nada menos que de Alberto Rodríguez Carucci, en la Universidad de Los Andes, se titula Camino del desamparo, Florentino y el Diablo: poesía y códigos poéticos de Alberto Arvelo Torrealba y fue muy útil para construir esta nota.

En esos dos círculos disímiles (la Academia y el canto recio) se movía esta obra cuando experimentó un reimpulso que habría asombrado al propio autor. Fue de la mano –o, mejor, de la voz– del Comandante Hugo Chávez Frías que Florentino y el Diablo salió de esos dos cotos cerrados y transmutó en parte de la simbología cultural del proceso político venezolano del siglo XXI.

Faltaba un año para el centenario del nacimiento de Arvelo Torrealba (quien nació en 1905) y habían pasado ya más de 30 de su fallecimiento (que ocurrió en 1971) cuando el poema del coplero que derrotó al demonio se hizo ícono de la campaña política por la ratificación de Chávez en la Presidencia, en el referendo que se realizó por mandato de la Constitución de 1999, un episodio innovador y vanguardista en la historia política mundial.

Chávez, que se sabía el canto de punta a punta, lo puso a valer como banda sonora de la campaña de Santa Inés, una de las más brillantes de todas las victorias que obtuvo el líder bolivariano, sobre todo cuando se analizan los aspectos estratégicos y tácticos.

Los analistas, ya no de la prosa nativista de Arvelo Torrealba, sino de las campañas electorales y de formación de imagen política, aseguran que a partir de este momento y del éxito obtenido con la personificación de Florentino, Chávez logró apuntalar su liderazgo sobre la figura del héroe que derrota a los adversarios comunes y también a los sobrenaturales.

El Comandante desarrolló de tal modo esta línea del humilde y astuto juglar que vence a Satanás en persona, que pudo llevarla al escenario mundial cuando en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, en 2006, pronunció su célebre frase: “Aquí todavía huele a azufre”, con la cual, parafraseando uno de los versos de Florentino, puso al Diablo global a pasar trabajo.

La huella quedó impresa en la confrontación entre la Revolución Bolivariana y sus adversarios locales e internacionales y se ha preservado incluso después de la partida física de Chávez. Prueba de ello es que aún hoy se hace valer la épica del contrapunteo en las difíciles relaciones del Gobierno con sus oponentes, en especial con los que han tomado siempre caminos violentos y traicioneros, fácilmente equiparables con lo demoníaco.

Al comentar las actuales conversaciones y negociaciones con “las oposiciones”, el presidente Nicolás Maduro ha reforzado la visión que esos encuentros son, palabras más palabras menos, “con el enemigo malo”. Y no se trata solo del diálogo de México, donde es notoria la presencia de varios “capitanes de las tinieblas” en el campo político; también lo ha dicho Maduro sobre los acercamientos al empresariado y -¡uy!- a la jerarquía eclesiástica católica, que igualmente ha tenido sus recurrentes conductas luciferinas.

Tal como en el poema, en la campaña de Santa Inés en 2004, los representantes de la Revolución esperan vencer a los Belcebú mediante la sagacidad y tenacidad en el debate y, apelando a la invocación de las tres divinas personas y a una ristra de vírgenes, santas, santos y arcángeles, que hizo imposible la respuesta del Diablo.

¿Lo lograrán?

Hasta ahora la música sigue sonando sin que haya trascendido mucho del contrapunteo en la mesa mexicana o en los otros escenarios de diálogos sectoriales. El presidente Maduro se ha tomado muy en serio su rol de Florentino. En sus declaraciones y actitud trasluce la del coplero cuando aceptó el reto del ángel caído: “Sepa el cantador sombrío / que yo cumplo con mi ley / y como canté con todos / tengo que cantar con él”.

Y la confianza en la victoria que muestra tiene el tono seguro del protagonista del poema cuando alienta a los espectadores: “No se asusten compañeros, / déjenlo que yo lo atajo, / déjenlo que pare suertes, / yo sabré si le barajo; / déjenlo que suelte el bongo / pa’ que le coja agua abajo; / antes que Dios amanezca / se lo lleva quien lo trajo”.

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Ese Diablo es algo serio

Para entender el significado que Florentino, el que cantó con el Diablo, tiene para los llaneros hay que reflexionar acerca del peso de las presencias paranormales en esas interminables pampas.
Duglas Moreno, en su tesis doctoral de la Universidad de Carabobo: Lo siniestro en el imaginario de la leyenda fantástica en la llanura venezolana, lo expone así: “La realidad del llano es fuente de creación literaria. Su universo simbólico se ha visto plasmado en cuentos, novelas, poesía, dramaturgia, coplas y numerosas leyendas. Esta producción narrativa ha hecho que ficción y realidad sean dos modos autonómicos y complementarios en la fijación del mundo de la llaneridad”.
El llano está repleto de aparecidos como La Llorona, La Sayona, El Sombrerón, El Silbón o El Jinete sin cabeza. Entonces, luce natural la presencia del antagonista de Florentino –Satanás en persona–, quien se define a sí mismo como dueño absoluto de la sabana, con atributos de seres reales: “Con el sol soy gavilán / y en la oscuridá mochuelo, / familia de alcaraván / canto mejor cuando vuelo; / también como la guabina / si me agarra me le pelo, / también soy caimán cebao / que en boca’e caño lo velo”.
No es extraño que al más prominente de los cantantes que interpretó al maligno, “el Carrao de Palmarito” –llanero al fin– se le haya aguado el guarapo varias veces durante la grabación de disco. ¡Ave María purísima!