LETRA DESATADA | Paz y amor

Mercedes Chacín

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El Tratado de Versalles (1919) no evitó la Segunda Guerra mundial. Y la historia posterior la escribieron y la escriben los vencedores (soportados en una poderosísima industria cultural) que se repartieron el planeta como si esta bola de tierra (¿o de agua?) que habitamos fuera un botín de una banda de ladrones y no un complejo ecosistema en el que convive el ser humano.

Versalles es una ciudad de Francia unas cuantas veces menos grande que Ciudad de México. Después que se firmó el Tratado de Versalles muchas firmas se han estampado en cientos de páginas para acordar la paz. Hay gente que se pregunta (aquí o en el exterior) ¿Qué se discute en México?, como si la palabra “paz” fuera un conjunto vacío. Valga acotar que no es la primera vez que el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y las oposiciones venezolanas se sientan en una mesa de negociaciones. Y como esta columna se trata también de contar historias contemporáneas, necesario es decir que el plural en la palabra “oposición” sin duda cambió la efectividad de los diálogos de paz entre dos grupos de venezolanos y venezolanas. Lamentablemente no es una cuestión solo de este gentilicio. Potencias extranjeras han sido protagonistas y autoras del despojo que ha sufrido el patrimonio de Venezuela por uno que otro firmante del Tratado de Versalles.

No obstante, el logro de reunir a todas las oposiciones incomoda al imperio en decadencia (ocupado como está con otras guerras en el planeta) y al gobierno colombiano. La parte pacífica venezolana (unida ya en una sola voz) llega a Ciudad de México con la moral en alto, porque ese conjunto vacío en el que siempre quieren meter a la paz, debe mantenerse lleno de voluntad política, pero sobre todo de amor por la gente.

Tal vez, la diferencia entre las partes, no solo sea por garantías electorales o elecciones presidenciales ya. Tal vez lo que nos una sea un ingrediente que es una especie importante para un plato que puede llamarse, tranquilamente, “Diálogo de paz y amor”. El odio acabó con la vida (1914) del archiduque de Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del imperio astro húngaro. Los magnicidios se siguen contando.

La guerra -ya no se sabe de cuál generación- en la que está sumida Venezuela desde que decidimos volver a ser soberanos e independientes, empezó en abril de 2002. Casi 20 años después tiene un saldo de bajas humanas incuantificable, pues las armas con las que nos atacan, dirigidas al control de las emociones y las voluntades, tienen un fin nada intangible valorado en miles de millones de dólares. El odio es su principal munición y ha rendido frutos.

Por eso se entiende perfectamente que los enemigos externos del pueblo venezolano quieran acabar con ese proceso de negociación. A quienes creemos en la paz no nos quita el sueño si lo que nos llevó a Ciudad de México fue un juego trancado o una jugada magistral, donde poco importe si la cochina nos quede ahorcada. O a ellos. Como en el amor entre dos, si un día se quieren tomar caminos distintos, los peroles, los amigos, los recuerdos y las amarguras a repartir, terminan en un acuerdo de vida. El pueblo venezolano, el que está aquí y el que está afuera, se merece este diálogo impulsado por el lado pacífico (oposición democrática y gobierno) que permita ver al país diverso que somos. Es el amor entre esos dos grupos humanos lo que nos mueve. Dice un amigo que lo que hay al final del túnel no es luz, es plomo. Aspiro y espero que esté más pelado que rodilla e’ chivo. Amor y paz. Sigamos.

Mercedes Chacín