LIBROS LIBRES | El primer libro de mi biblioteca, y el último de William Faulkner

Gabriel Jiménez Emán

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Hacerse la ilusión de ser escritor es una de las utopías más grandes que uno puede forjarse. Desde niño he estado siempre entre libros, sobre todo porque mi padre, poeta y escritor, también estaba rodeado de ellos. De modo que estos mágicos objetos siempre andaban por ahí cerca. Apenas aprendí a leer, me adentré en la biblioteca de mi padre como quien entra a un universo desconocido y maravilloso. En cada uno de los libros había un país y en cada país un mundo, y todos esos mundos valía la pena explorarlos. De modo que acepté el reto y me dejé arrastrar por esos mágicos universos.

Primero me prometí que tendría mi propia biblioteca. Soñaba con eso, fui coleccionando libros. Unos los compraba en librerías y otros me los daban mi padre, mi madre, mis amigos o hermanos. Y poco a poco me fui recorriendo las pocas librerías que había en San Felipe, hasta que un buen día vi un libro de tapa amarilla muy bonita donde aparece (lo veo en este instante) un automóvil antiguo con una sombrilla, en un diseño extraordinario. Su título es Los rateros, la última novela de William Faulkner, publicada un año después de su muerte, 1963. Yo a los 12 años no había visto una edición tan bella de una novela, esta vez de la colección Plaza y Janés para el círculo de lectores.

Tenía en mis manos una novela del gran Faulkner, premio Nobel de Literatura admirado por Rómulo Gallegos, cuyas novelas fueron siempre difíciles de leer, buen discípulo como fue de James Joyce. Nunca pude saber si era una de las mejores obras suyas debido a la mala traducción, llena de ripios y giros literales. No logré leerla completa, pero la coloqué en mi mesa de noche hasta que pudiera comprarme una biblioteca. Reuní dinero entre mi familia hasta recabar la suma de 100 bolívares y la mandé a hacer con un carpintero de la séptima avenida en San Felipe, un viejo ebanista que trabajaba la madera como un poeta trata sus mejores versos.

William Faulkner vivió 65 años. Un año después de su muerte le confieren a esta novela póstuma Los rateros, el premio Pulitzer. Se trata del gran narrador del sur de los Estados Unidos, el profundo sur; su obra influyó en narradores de todo el mundo, pero antes de ello Faulkner debió trabajar como carpintero, lavaplatos, mensajero y dependiente de tiendas, antes de que se le reconociera como escritor. Algunas de sus obras son: La paga de los soldados (1926), Mosquitos (1927), Sartoris (1929), El sonido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Desciende, Moisés (1942), Intruso en el polvo (1948), Réquiem por una momia (1951) y Una fábula (1955). Con el dinero que ganó con sus premios compró casas para vivir mejor con su familia, se lo gastó todo. Después escribió para Hollywood y publicó obras menos herméticas para no morirse de hambre. Casi nunca salió de su pueblo natal. Oxford, en Mississippi.

Yoknapatawahpa, su pueblo imaginario, fue quizá uno de los lugares que inventó para llevar a un plano universal su terruño. De esa idea surgieron quizá Comala, Luvina y Macondo.

Gabriel Jiménez Emán