CARACAS EN ALTA | Sentarse

Nathali Gómez

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A veces es necesario parar y sentarse. Cuando lo haces, el mundo se detiene unos segundos, mientras suena un suspiro, y la cabeza se pone en orden. Los pensamientos necesitan asentarse.

Además de sentarte en las sillas conocidas de tu casa puedes probar en los escalones del edificio, en un muro en la calle, en el asiento de una camionetica, en el banco en alguna plaza o en la terracita de un restaurante. En cualquier sitio habrá una razón (o más) para hacerlo.

El gusto de sentarse, además de ser una oportunidad para el descanso, es una forma de pedirle una tregua al tiempo mientras encuentras una forma de engañarlo, o al menos intentarlo.

En Caracas cualquier lugar con un poco de sombra es adecuado. En algún banco de una plaza te sientas y empiezas a ser testigo de ese micromundo en movimiento donde suele haber niños, abuelos, parejas y mascotas. Es difícil encontrar algo que no se pueda hacer allí: conocer a alguien, hablar sobre temas ligeros o complejos, esperar a algún conocido, darte un beso, discutir, comer, sacar cuentas, mirar al cielo, jugar con un niño.

Cuando te sientas acompañado de alguien se abre la puerta de la conversación, de las ideas masticadas, digeridas y compartidas en un ambiente neutral. Dos o más personas sentadas hablando invitan a unirse, así no las conozcas. La teatralidad de sus gestos y el peso que adquieren las palabras, que son las protagonistas, tienen un secreto atractivo para cualquiera que disfrute el hablar con los otros. Seguramente te ha pasado y te has detenido un poco a tratar de escuchar qué dicen para dar tu veredicto o tu opinión en un diálogo interior que proyectas hacia los hablantes.

Otra cosa pasa cuando te sientas solo, sin conversación de por medio. En este caso el diálogo es contigo. Te quedas mirando hacia algún punto, evalúas las opciones, te tomas un café, escuchas alguna canción y descubres que estas en un lugar donde aunque no estés acompañado de otra persona, tienes tu propia compañía.

Nathali Gómez