Septiembre es un poema

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Septiembre huele a reparación. A este mes lo inventaron para que los liceístas que no aprobaban las materias en julio, las “repararan”, como cualquier carro, un mes después. Yo saqué  todo mi bachillerato en septiembre. Ello porque Dios le puso a mi pueblo un río y un morichal que me atraían más que el Álgebra de Baldor y sus 100 palomas que no eran 100 ni eran palomas. Cuando los gringos quisieron hacer allí una piscina, los sacamos a piedras de gomeras desde aquellos matorrales. Fue la primera derrota del imperialismo en América Latina. Yo aprendí a hablar con los araguatos, los perros de agua y las cotorras, pero no con las tragavenados porque estas comen calladas, como manda el manual. Tampoco entendía por qué alguien que solo quería ser poeta (un émulo de Dios) lo ponían a sufrir con la trigonometría y el teorema. Las palmeras del morichal abanicaron mi primer amor y el río refractó la lágrima de mi primer descorazonamiento. Los logaritmos me partieron el alma hasta que entendí, gracias a Isidore Ducasse, que la Tabla de Mendeleiev también es un poema.

EARLE HERRERA